Etiquetado: tristeza

La mujer del vagón

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Madrid. Un día entre semana hacia las cuatro de la tarde. Una mujer de unos treinta y tantos años entra en el vagón del metro. Se sienta, cruza levemente los pies, que echa hacia atrás bajo el asiento, y se pierde a ratos tras la pantalla de su móvil, a ratos con la mirada en el cristal de enfrente, en silencio. Nada llama especialmente la atención en ella. Melena negra suelta sobre los hombros, americana blanca, camiseta de rayas, vaqueros ceñidos oscuros, bailarinas negras en los pies, cara de rasgos universales.

Al cabo del rato, por sorpresa, algo en ella empieza a llamar la atención. Sus ojos, ligeramente maquillados, comienzan a brillar. Poco después, ese brillo de sus ojos comienza a vibrar, hasta que una fina línea brillante empieza a caer desde ellos hacia abajo, surcando sus mejillas universales. El brillo, la vibración, la línea brillante son tan sutiles que hay que fijarse un poco primero para advertirlas y, después, otro poco para darse cuenta de lo que realmente son. La chica de unos treinta y tantos está llorando de una manera tan sutil, tan discreta, que parece mentira que la tristeza pueda estar envuelta de tanta templanza.

Pronto el brillo de sus ojos se hace más grueso, alimentando las líneas brillantes que descienden hasta su barbilla. La mujer parpadea, mira ahora hacia abajo, ahora otra vez a la ventanilla. Por un momento parece que la sutileza del principio va a convertirse en una tormenta, como si esta alegoría del silencio fuera a descomponerse en un mar de gestos y sollozos. Pero no. La mujer no se inmuta ni hace aspavientos, no se emborrona su cara de rasgos universales tocando sus lágrimas, sino que deja que vayan cayendo una a una por ese cauce recién abierto, con delicadeza y silencio, una tras otra, como si llorar fuera un acto tan presentable como respirar o sonreír.

Su cara está seria pero la cabeza está erguida: el vagón entero parece llenarse con la dignidad de esta mujer que llora sola, en silencio, parpadeando con un control tan profundo que ni una sola lágrima se derrama más allá del que parece que es su camino natural.

Tres, cuatro estaciones más allá, se levanta. Por fin pasa –en un gesto rápido y hábil que más parece una caricia que una corrección- una mano larga, blanca, por su cara universal y de líneas brillantes. Hace un leve gesto con la cabeza, como si quisiera que su melena negra se recolocara sobre los hombros en su lugar exacto. Da un par de pasos hacia la puerta, parpadeando despacio. Poco después de que el vagón se detenga, levanta con firmeza la pequeña palanca para que las puertas se abran.

La mujer sale al andén, camina hacia la derecha, alta, elegante, acorazada dentro de su americana blanca de entretiempo y sus vaqueros ceñidos. Las puertas del vagón se cierran, precedidas del silbato. El metro arranca, dejándola dentro de sus pasos allá, más allá, en mitad de la estación, que queda suspendida durante unos segundos en un fragante aroma entre compungido e impresionado.

Foto. Metro 4, Magdalena Roeseler.

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Cinco cosas que el duelo NO es

"Another head hangs lowly" de Riccardo Romano

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, acuden cada semana a las consultas profesionales y a los grupos de ayuda mutua para recibir apoyo y acompañamiento en la integración de sus pérdidas. Poco a poco –y afortunadamente- va extendiéndose una nueva concepción del duelo, más abierta y profunda, con la ayuda inestimable de quienes comparten esta experiencia tan trascendental.

Sin embargo, y a pesar de los intentos de la psicología por ofrecer a la sociedad un acercamiento serio, riguroso y claro de lo que es el duelo, persisten hoy en día ciertas creencias erróneas al respecto que conviene ir desmontando poco a poco. Probemos, para ello, a comentar de manera resumida algunas de las cosas que el duelo no es.

El duelo NO es una enfermedad. El duelo actúa desestabilizando enormemente la vida de las personas, especialmente su psiquismo, que puede quedar seriamente alterado durante un cierto periodo de tiempo, variable de persona a persona. Para entendernos, esta alteración se manifiesta en lo que podríamos llamar un intenso malestar psicológico. Aunque la persona sienta que “se está volviendo loca”, aunque no se reconozca, aunque sea incapaz de llevar la misma vida que llevaba antes de la pérdida, incluso aunque tenga que convivir un una gran tristeza durante mucho tiempo, el duelo no es una enfermedad mental, no es una depresión y no requiere por sí mismo ninguna medicación para hacerlo desaparecer.

El duelo NO es algo que solo aparezca tras una muerte. El duelo es la reacción psicológica compleja que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. Tradicionalmente se ha asociado a pérdidas debidas a muerte, ya que, por su naturaleza drástica e irreversible, esas pérdidas tienden a ser acontecimientos clave en la biografía de una persona. Sin embargo, debemos ampliar el concepto de pérdida e incluir en él todo tipo de separaciones y rupturas (divorcios, el fin de una amistad), no cumplimiento de importantes proyectos o deseos (suspender un examen crucial, ser rechazado para un trabajo muy anhelado o por alguien con quien deseábamos establecer una relación, descubrir la infertilidad), cambios normativos y no normativos en el ciclo vital de una persona (conciencia de vejez, emancipación de los hijos e hijas, cambios de domicilio o de lugar de residencia), deterioro de la salud (envejecimiento, enfermedades, mutilaciones), cambios en la estructura de nuestra personalidad o marco de creencias (pérdida de la fe, decepciones importantes), sin olvidar aquellas situaciones vitales que, por su complejidad, dan lugar a un duelo multifacético (por ejemplo, en personas adoptadas).

El duelo NO es algo raro. Por mucho que ahora lo nombremos y señalemos, incluso aunque se haya convertido en una pujante materia de estudio dentro de la psicología y de otras disciplinas, el duelo no es algo excepcional ni novedoso. No es algo que acabemos de descubrir ni es algo que solo les pase a un cierto número de personas (aquellas con problemas psicológicos o tendentes a la melancolía). El duelo es un proceso psicológico normal por el que pasamos todas las personas en diferentes momentos de nuestra vida: cada vez que perdemos algo que nos importa o a alguien a quien nos sentimos especialmente vinculados. Y esto, con sus particularidades históricas y culturales, ha sido así siempre.

El duelo NO es algo simple. A pesar de que asociemos su manifestación al llanto y la tristeza y resolvamos su causa asociándola a la mera muerte de alguien, lo cierto es que entender el duelo está muy lejos de poder despacharse así. El duelo es un proceso complejo en sus causas, en sus manifestaciones y en su desarrollo. No es algo lineal, corto ni fácil de explicar. Aunque establezcamos generalizaciones derivadas de nuestra observación y experiencia, es un proceso enormemente misterioso además de personal e intransferible, del que cada persona puede dar cuenta sólo en la medida en que le permiten sus palabras (aun cuando a veces es imposible ponerle palabras al dolor).

El duelo NO es una cadena perpetua. Ya hemos dicho que la experiencia del duelo es intensa, que está asociada al malestar, que todas las personas pasamos por ella (para saber todo esto no hace falta leerlo en un blog, basta con mirarse a uno mismo) y, quizá, lo peor de todo: que puede ser muy larga. Pero el duelo no es una condena para toda la vida, aunque al principio lo parezca. El testimonio que cada uno podemos aportar y la experiencia profesional de quienes acompañamos durante un periodo de tiempo prolongado a personas en duelo nos dan la buena noticia: aunque nada vuelva a ser igual, la mayoría de la gente resuelve satisfactoriamente su duelo, es decir, puede continuar con su vida y sus relaciones de una manera normalizada y saludable.

A lo largo de los próximos meses iremos abordando en el blog éstas y otras cuestiones relacionadas con el duelo.

Foto: “Another head hangs lowly” de Riccardo Romano

El último día de playa

"La chaise", David Wanaku

Todos los años sucede y ningún año nos damos cuenta… hasta que sucede. Siempre hay un día, al final del verano, en el que vamos a la playa por última vez pero no sabemos que es la última. Llegamos barruntando que ya nos quedan pocos días para tomar el sol, para bañarnos en el mar, para bucear y pasear por la orilla o dormitar en la arena… pero que no es el último, que pretendemos ir todavía más veces. Al menos una, seguro.

Sabemos que es de los últimos días pero no hemos decidido que sea el último. Aún quedan días de calor, nos decimos. Aún quedan días de vacaciones. Nuestra intención puede ser repetir mañana mismo o el próximo fin de semana. Volveremos y, entonces, nos daremos el último baño, el último paseo, la última cabezadita con el gorro sobre los ojos. Puede que, incluso, aún nos queden dos o tres días más.

Todos los años sucede que vamos a la playa pensando que aún nos queda al menos otro día y, por la razón que sea, ese día nunca llega. Ya está, ya fue, el otro día fue el último (hasta el verano que viene) aunque no estaba planeado que así fuera.

¿Y si hubiera estado planeado? Nos preguntamos. Si hubiera estado planeado hubiéramos ido más tiempo, respondemos en seguida. Habríamos ido a pasar el día, no nos habríamos ido tan temprano, nos habríamos bañado más veces, habríamos paseado hasta más lejos, nos habríamos hecho más fotos, habríamos tomado algo antes de marcharnos a casa, habríamos buceado más o hecho unos largos hasta la boya o mirado más detenidamente la espuma ir y venir entre nuestros tobillos enterrados en la orilla…

Pero tendrá que ser ya el verano que viene. Porque de repente cambió el tiempo y se aproximó el otoño. Porque nos rompimos una pierna y era un engorro ir con la escayola a la playa. Porque surgieron otros planes y luego ya sí que cambió el tiempo. Porque nos acabó dando pereza.

Entonces el verano se va disolviendo poco a poco y seguimos con nuestras vidas con lo que va tocando en cada estación, hasta el siguiente día en que, sin saberlo, será el último, hasta el siguiente verano que se acabe sin que lo planeemos, sin que nos demos cuenta. Como si todo pudiera acabar de repente, como nos pasa siempre con los días de playa.

Foto: “La chaise”, David Wakamu