Etiquetado: trabajo

Duelo y paro (II). Cuando te dicen que no

"Facepalm on the phone". Marcus Sümnick

Cuando a una persona en paro le dicen que “no” desde un trabajo que solicitó suceden básicamente dos cosas desde el punto de vista del duelo. Una, a nivel “macro”: se reactiva su duelo por haber perdido aquel trabajo que tenía y que, por los motivos que fuera, era importante para ella, con todo lo que eso supone. Dos, a nivel “micro”: con cada negativa que recibe durante el tiempo que está en paro se producen “pequeñas” pérdidas (y cada una va reactivando las anteriores, o se va sumando a ellas, como cada cual quiera verlo).

No hay recetas mágicas para encontrar trabajo (y tampoco para hacer que el duelo desaparezca), pero la persona que ha perdido su trabajo y está en búsqueda activa de otro no debe olvidar ciertas cosas ante la negativa de una empresa a contratarla:

Cuando te llamen de esa empresa que te entrevistó o recibas una contestación negativa a tu candidatura, permítete sentir aquello que te nazca. Probablemente se te ponga un nudo en el estómago, o te tiemble la voz mientras contestas a las explicaciones, o te entren ganas de llorar, quizá de cogerles por las solapas y preguntarles ¿pero por qué? o te dé por pasear por tu casa como un león enjaulado para canalizar tu rabia… También se dispararán tus pensamientos o los dirás en voz alta: otra vez, claro, así no hay manera, es el cuento de nunca acabar, está claro que nunca voy a dar el perfil, no lo entiendo, lo he hecho todo, yo era un buen candidato, otra vez igual, nunca voy a conseguir trabajo (es decir: nunca le voy a gustar a ninguna empresa…).

¡Es normal! El cuerpo, la mente, todo nuestro ser reacciona y se expresa ante una mala noticia. Y que todo eso salga, que coja forma, que se haga consciente, es bueno para ti. Tus reacciones de rabia, de tristeza, de impotencia, de pesimismo, de vergüenza, de vulnerabilidad, las que sean, ante el rechazo de una empresa no significan necesariamente que tú seas un derrotista y un pesimista. Eres un ser humano: tienes derecho a tu dolor. Estás en paro y te han rechazado: tienes derecho a tu dolor. De otro modo, ¿qué se espera entonces que hagas o que digas? ¿”Ah, de acuerdo, muchas gracias” y que pases a la siguiente cosa con el mejor de los ánimos? Si conseguir el trabajo te importaba de verdad, esperar que hagas esto no es realista y, desde luego, no es bueno para ti (a no ser que lo que necesites sea minimizar tus sentimientos y tus reacciones para sostenerte en un primer momento y poder entrar en ellos más tarde… en cuyo caso, ¡adelante, permítetelo también!).

Cuéntaselo a alguien. Recibir un abrazo, una frase de apoyo (no tópica, no hecha, sino sincera y auténtica), un pequeño mimo de parte de una voz amiga, ayuda. Busca el contacto con alguien de tu confianza y que sepas que te va a acoger ante la mala noticia de no haber sido contratado (otra vez) y cuéntaselo. Basta con una conversación cortita por whatsapp si no podéis charlar durante más tiempo. Es muy raro que al contactar con alguien y desahogarte -aunque sea en cuatro frases- no te reporte algo de consuelo, alguna sugerencia útil, otra perspectiva y, quién sabe, quizá unas risas (que igual te vienen muy bien).

Cuando hablo de una frase de apoyo auténtica y no “hecha” me refiero a que decirle a una persona que está en paro (como tantas actualmente en nuestro país, con perspectivas más que inciertas, después de meses intentando salir de ahí sin éxito, con una sensación de frustración tremenda) “No te desanimes” probablemente es muy bienintencionado, pero tampoco es realista y, seguramente, no ayuda mucho a esa persona. Es decir, es poco empático. Te has quedado en paro, llevas un año sin trabajar, te han rechazado ya de varias entrevistas (tanto de tu perfil como de perfiles muy inferiores), ya no se te ocurre con quién hablar… “pero tú no te desanimes, ¿eh?”.

Cuidado con las frases que decimos con la intención de ayudar: son un terreno muy resbaladizo. Porque la gente se desanima y (aunque ya se le ha ocurrido a ella primero) no puede dar al stop del desánimo y luego al play del ánimo sólo con quererlo o con que tú se lo digas. Es fundamental que, si verdaderamente queremos apoyar a la persona en paro que está recurriendo a nosotros, le demostremos que hemos captado su mensaje. A veces basta con un simple “¡Qué putada!, ¡cuánto lo siento!” para reconfortarla. Si añadimos un sincero: “¿Se te ocurre algo que pueda hacer por ti [en tu búsqueda de trabajo]?” estupendo. Y si, encima, vamos y lo cumplimos, entonces estaremos siendo de mucha ayuda.

Sigue caminando. Sí, al principio no apetece y no le ves el sentido pero, cuando han pasado unos minutos, unas horas, unos días (el tiempo que tú necesitas) seguro que te das cuenta de que no te queda más remedio que seguir intentándolo: seguir buscando a quién pedir trabajo, a quién ofrecer tus servicios, cómo autoemplearte, dónde seguir investigando, a qué curso apuntarte, qué trámites tienes que emprender para darle forma a esa idea que se te ha ocurrido, con quién hablar… Eso no significa que tengas que recuperar tu supermotivación de repente y a la primera. Después de un “no” (después de una pérdida significativa) cuesta recuperarse y hay que ir buscando el equilibrio entre los momentos de reordenar tus recursos y volver a ponerlos en marcha y esos otros momentos en los que necesitas quejarte o lamentar tu situación.

Foto: “Facepalm on the telephon”. Marcus Sümnick

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Duelo y paro (I): Y ahora, ¿qué soy?

Foto. "The hand was still at hand". Aurelio Asiain

¿En qué trabajas?

Soy psicólogo. Soy médico. Soy profesora. Trabajo en un bar. Estoy de enfermera en un hospital. Técnico de iluminación en un teatro. Panadera. Trabajo como teleoperadora. Soy arquitecta. Soy dependiente en una librería. Tengo un pequeño negocio de catering con unos amigos. Administrativa, soy administrativa en una multinacional. Soy el coordinador de una asociación. Recepcionista en una tienda del centro. Soy portero de finca. Soy, soy, soy, soy, soy…

Hasta que un día dejas de ser. Y de tener. Y de estar. Y de trabajar.

¿En qué trabajas?

Pues mira, era psicólogo, pero justo ayer me despidieron. Era médico. Era profesora. Trabajo, trabajaba en un bar, pero cerraron. Estaba de enfermera en un hospital. Fui técnico de iluminación en un teatro, durante un tiempo, ahora no soy nada, quiero decir, no hago nada.

Parémonos a pensar un momento. ¿Cuántas veces, a lo largo de una semana, de un mes, de un año, varios años seguidos, le explicamos a alguien en qué trabajamos para contarle quiénes somos? ¡Muchísimas! Más de las que nos imaginamos (y eso sin contar las veces que tenemos que ponerlo por escrito en formularios diversos). Una vez y otra respondemos a esa pregunta y, con el tiempo, llegamos a hacerlo tantas veces que la automatizamos sin darnos cuenta, lanzando siempre la misma contestación: un parrafito modelo (en qué trabajamos y qué hacemos en nuestro trabajo, en dos, tres, cuatro frases) que apenas sufre modificaciones (si acaso, introducimos pequeñas variaciones aquí y allá cuando detectamos que nos hemos aburrido de dar siempre la misma explicación).

Y eso somos. Claro está que nuestra identidad la conforman muchas más cosas aparte del trabajo, pero qué fácil y socorrido es, cuando no sabemos por dónde entrarle a alguien o cuando alguien no sabe por dónde entrarnos: dar al play y soltarle nuestro parrafito, esa seña de identidad que hemos solidificado a fuerza de repetirla y que tenemos tan integrada.

Pero, ¿qué sucede cuando perdemos nuestro trabajo? De repente, de la noche a la mañana, tenemos que aprender a definirnos de otra manera, casi con las mismas palabras pero con un enfoque completamente diferente.

Al principio cuesta, hay que amasar las nuevas frases con paciencia hasta que las hacemos nuestras y nos dejan de ser extrañas. Integrarlas hasta que dejamos de luchar con ellas cada vez que reactivan en nuestra mente un regusto amargo, porque son el gran titular de nuestra nueva situación. El regusto de pensar o contarle a alguien -y por eso oírlo de nuestra viva voz- que ya no somos lo que éramos, que trabajábamos en algo (éramos algo) y ahora ya no.

Como en cualquier duelo, la pérdida del trabajo también supone un inevitable mordisco a nuestra identidad, un mordisco que hay que cuidar, limpiar y proteger, aunque sea suturando. Porque, como en cualquier duelo, el mordisco puede sanar transformando ese trozo de piel en otra cosa.

Al principio -o durante un tiempo- nuestra nueva identidad nos genera confusión. Quizá no sabemos si podemos seguir utilizando la identidad de antes para presentarnos a los demás y para pensarnos a nosotros mismos. Es importante que, durante el paro, encontremos una manera de definirnos que nos resulte cómoda, veraz, que no nos haga daño y que explique a los demás y a nosotros mismos lo que queremos decir de nosotros mismos.

Es cierto: no ayuda que los demás no se fijen en el regusto amargo que nos deja recordar -o decir en voz alta, una y otra vez- que ya no trabajamos. No ayuda la incertidumbre de no saber cuándo volveremos a ser algo, a ser alguien, a través de nuestro trabajo. No ayuda ver que los demás no tienen esos mordiscos ni esos costurones en sus pieles. Y tampoco ayuda hacer y hacer para salir de ahí sin que aparezca ni una sola señal de que se acerca la recompensa. Pero sí ayuda convencerse de que hay que ponerse en marcha o continuar marchando, hacer todo lo que sea necesario para que podamos decir -y decirnos (sin mentir)- que, fuéramos lo que fuéramos en el pasado, ahora somos lo que decidamos ser. Aunque seamos personas en paro.

Foto. “The hand was still at hand”. Aurelio Asiain