Etiquetado: terapia

Las fuentes de la esperanza

4253047724_385677a2c5_b

La vida a veces puede ser muy árida. Malas noticias, malas épocas, malos augurios o malos recuerdos nos salen al paso de manera a veces excesiva y siempre inoportuna. Cuando aparecen –y pueden hacerlo en el momento que menos esperamos, cuando mejor estamos o cuando ya habíamos empezado a encontrarnos bien- cuesta no solo encontrar el rumbo, sino también disfrutarlo. Faltan el sentido y la alegría y los nubarrones pueden llegar a generarnos mucha angustia.

En los momentos de desaliento, de desesperanza, cuando todo se ha complicado o ha vuelto a complicarse, cuando el bienestar que tanto nos había costado tejer se emborrona, se hace más urgente que nunca volver a las fuentes de inspiración: esas personas y actividades que nos refrescan y nos hacen descansar de nuestras heridas, aunque sea momentáneamente.

A veces no basta con recordar que el dolor pasará, a veces no basta con nuestra intuición proyectada hacia el futuro. Lo queramos o no, una realidad cotidiana que no deseamos se impone y toca estar en el dolor… a la espera de reencontrar una fuente que lo mitigue.

En esos momentos donde queremos que se abra el cielo celebramos lo poco o mucho que consigue hacerlo. El anhelo de esperanza se hace fuerte en nuestro corazón y, aun sin saberlo, parece orientar nuestros sentidos hasta encontrarla. El ser humano está programado no solo para separarse del dolor rehuyéndolo, sino también para mitigarlo provocando o buscando en la medida de sus posibilidades las circunstancias que lo compensen. Las fuentes que nos proporcionan luz, que nos inspiran y nos recuerdan incansablemente la belleza de la vida son necesarias en cualquier momento pero disponer de ellas, tenerlas cerca, saber discernir el camino que nos las devuelve es imprescindible cuando la soledad se convierte en desolación.

Puede ser escuchar a alguien en quien confiamos o que nos recuerda aquello para lo que nos estamos esforzando, o bien disfrutar de una actividad relajante que pueda aliviar nuestra agitación interior. A veces es solo reposar y esperar a que escampe adoptando una postura en la que lo que duele, duela menos.

Saber regresar a las fuentes de descanso o encontrarlas a nuestro paso es un don de ineludible entrenamiento y es, en sí misma, una habilidad de autocompasión: saber cuidar de uno mismo no solo porque sí, que ya es un buen motivo, sino porque cuando estamos mal lo merecemos más que nunca. Esto es lo que distingue el capricho del mimo, el autocuidado simpático del bálsamo solidario con uno mismo.

Foto. Pra lavar a alma e refrescar a cuca, Tiago Munch

Anuncios

¿Cuántos colores tiene la pérdida?

3240352324_1b7bc696e0_b

En este blog hemos insistido varias veces en la necesidad ampliar la idea de pérdida para poder entender el concepto de duelo. Realizar este ejercicio, enriquecerlo, es el primer paso para acompañar y acompañarnos en esos momentos.

A menudo, cuando hablamos de pérdida o duelo, imaginamos una situación concreta en que la persona ha perdido (hace mucho o poco tiempo) un bien, una relación, un “objeto” determinado que tanto él como los demás pueden delimitar y observar, identificando claramente el tronco de la pérdida, aunque después haya que tener en cuenta sus múltiples ramificaciones.

Sin embargo, en otras ocasiones, se hace obligatorio incluir en la idea de pérdida todas esas situaciones más abstractas, a menudo vinculadas a periodos fluidos de la vida que no se sabe bien cuándo empiezan o cuándo acaban pero que son fuente de pérdidas incalculables.

Pensemos, por ejemplo, en la vejez. Es una época de la vida que concluye con la muerte pero cuyo inicio cuesta identificar y conlleva por sí misma muchas pérdidas no concretas (al menos en su nombre): salud, presencia social, vulnerabilidad económica, soledad, miedo a un futuro que nadie conoce y un presente desconcertante… ¿Cómo debe ser estar al final, después de haber vivido tanto?

Pensemos en la pérdida “múltiple” de los niños y niñas que son adoptados -ya sea por las llamadas vías nacional o internacional- y que han perdido su contexto de origen: su familia, su hogar, su nacionalidad, su idioma, su nombre… Observemos a todos esos niños que han llegado a nuestro país desde puntos muy lejanos del planeta para ser protegidos y a aquellos que, habiendo nacido aquí, tienen que cambiar drásticamente de cuidadores por una medida judicial. Observemos también a esos adolescentes, jóvenes y adultos en los que se van convirtiendo con el paso de los años y planteémonos: ¿cómo debe ser estar dividido, sentir que una parte de quien eres viene de un “fuera” borroso o incierto?

Hablando de la separación y los orígenes, ¿qué ocurre con una persona inmigrante o alguien que vive en el exilio? ¿Cuántos colores tiene la pérdida de tu país? El desarraigo, la fragmentación entre la persona y su entorno, la vivencia de una brecha entre tu espacio actual y tu lugar de referencia describen una enorme pérdida en multitud de personas que pasa muchas veces desapercibida… Miremos a nuestro alrededor, a tantas personas que viven estas circunstancias de manera por razones muy diversas y planteémonos: ¿cómo es sentirse lejos?

Por último, parémonos a pensar en una persona homosexual. Es alguien que se ha criado (con suerte) en silencio, en un entorno sin referentes, con amenazas insidiosas de exclusión y mensajes explícitos de inadecuación. Eso si no viviendo situaciones de violencia, rechazo y falta de apoyo y aceptación por parte de las diferentes capas de su entorno a edades muy tempranas y comprometedoras para la formación de una identidad sólida y personalidad sana. Hagámonos una pregunta (o varias): ¿cómo es crecer sin tener claro qué otro tienes que ser?

Plantearse estas preguntas, además de un medio para ejercitar nuestra consideración amplia y diversa de la pérdida y el duelo, es sembrar semillas de compasión.

Foto. Colour: the spice of life, Peggy Reimchen

¿Dónde están los hombres?

178147467_d2ad811636_b

Muchos de los profesionales y voluntarios que atendemos a personas en duelo, ya sea en consultas privadas o asociaciones, nos hemos hecho alguna vez esta pregunta. Ello se debe a que, indefectiblemente, los grupos a los que atendemos, nuestras consultas, así como los cursos en los que nos formamos, están ocupados en una medida muy significativa por mujeres, siendo la presencia masculina más bien una excepción, cuando no pura ausencia. De aquí la curiosidad (¿dónde están los hombres?) y también la inquietud: ¿por qué las mujeres acuden más a terapia?

A estas le siguen otro tipo de dudas, siempre en busca de una explicación. ¿Tienen las mujeres un peor pronóstico en duelo y por eso acuden más a terapia? ¿Lo que caracteriza a las mujeres es su tendencia a hablar y compartir -también en el duelo- y por eso los GAM están llenos de mujeres?

Habrá quien dirá: Ellas son más frágiles, necesitan más ayuda, por eso acuden a terapia. Los hombres, como son más fuertes y prácticos, en seguida se reorganizan, miran hacia delante. Otros dirán, en cambio: Ellas son más sensibles, se responsabilizan más de su pérdida, les encanta compartir. Ellos huyen del dolor y se refugian en la evitación, por eso casi nunca acuden a terapia.

Pero siempre, también cuando repasamos las estadísticas de salud mental que informan de incidencias y prevalencias, frecuencias, tratamientos, abandonos… vuelve a aparecer la pregunta, al menos en lo que se refiere a la elaboración de la pérdida:

¿Dónde están los hombres?

Dicho de otra manera, ¿qué están haciendo los hombres en duelo mientras sus madres, esposas, hermanas, amigas, hijas acuden a la consulta de un psicólogo o a un grupo de ayuda mutua? ¿Están desatendidos? ¿Evolucionarán peor? Detrás de estas cuestiones se esconde otra mucho más insidiosa pero que no debe pasarnos desapercibida entre la palabrería sobre hombres y mujeres: ¿es acudir a terapia de duelo la mejor estrategia de afrontamiento de un duelo?

Los hombres son diferentes a nosotras, ellos van más a su bola, no les gusta compartir, no se les da bien hablar de sus sentimientos. Estos son comentarios reales que he escuchado en sesiones de grupo a mujeres en duelo. Pero, ¿son los hombres tan diferentes a las mujeres? En algunas cosas sí, por supuesto. En otras (las importantes) me temo que no tanto como a muchos y muchas les gustaría defender. Detrás de algunos comentarios, sin duda fruto de la escasa reflexión, lo que hay es un gran prejuicio: los hombres son diferentes a nosotras (son peores); ellos van más a su bola (nosotras nos ocupamos más de las cosas, de nosotras, de los demás); no se les da bien compartir sus sentimientos (en cambio, aquí estamos nosotras, exponiendo y compartiendo semana tras semana nuestro mar de lágrimas).

Por eso es tan importante entender que en el duelo hay diferentes estilos de afrontamiento y diferentes necesidades en cada momento del proceso. Además, deberíamos dar gracias porque, cuando algo terrible sucede, cuando alguien querido muere, cuando las familias, los grupos a los que pertenecemos, se desestabilizan por una pérdida importante, haya alguien que se mantiene firme en los primeros momentos, días, semanas, que no se derrumba, que no llora desconsoladamente [una conducta maravillosa y sanísima, pero muy difícil de combinar con tareas prácticas o que exijan concentración], alguien que mantiene la serenidad y la frialdad y es capaz de organizar, tomar decisiones, sostener a los que sí se han derrumbado… Deberíamos dar gracias a todos esos hombres.

Y a todas esas mujeres. Porque lo que se olvida es que muchas veces, ¡muchas! son ellas las que adoptan esa postura que critican más o menos veladamente. De acuerdo: han pedido ayuda, están sentadas en las butacas de nuestras consultas, o camufladas entre sus compañeras del grupo de ayuda mutua, pero eso no significa que todas estén llorando o que lo hagan siempre, que tengan una gran conexión con sus sentimientos, que sean capaces de identificarlos y dejárselos sentir, que les guste hablar de ellos y lo hagan con profusión…

Hay tantas mujeres que se comportan en sus duelos de la manera tradicionalmente atribuida a los hombres… Y viceversa. ¡Y es perfecto tal como es! ¿Acaso no tener delante a diez señores en duelo exponiendo su experiencia quiere decir que ellos no están elaborándola adecuadamente a su manera, que no están hablando de ello, compartiéndolo con sus personas de confianza o sintiéndolo en soledad? Los habrá que no, naturalmente, pero cuántos habrá que sí, aunque las estadísticas no lo recojan.

Hablar, llorar sin parar, volver una y otra vez sobre los mismos temas, dejarse embargar por el dolor y hacer todo esto fácilmente con cualquier persona o delante de muchas, son estrategias de afrontamiento tan legítimas como callar, no llorar, reservarse, compartir solo de vez en cuando y con ciertas personas escogidas, orientarse a la acción. Ninguna de ellas es mejor ni peor que otras, ninguna de ellas indica por sí misma una elaboración sana del duelo. Dependerá siempre de la intensidad, duración y frecuencia con que se lleven a cabo y, sobre todo al hablar de duelo, de su función y del momento del proceso en que se produzcan. Y lo más importante: tanto hombres como mujeres utilizan –en mayor o menor medida- cualquiera de esas estrategias.

Foto: Men at church, Tojosan

Los factores de protección

5152600950_286e227b48_b

La semana pasada hablamos sobre los llamados “factores de riesgo”: aquellas condiciones que favorecen un desarrollo del duelo más problemático de “lo normal”, incluso de que degenere en una patología.

Con ser interesante conocer lo que puede complicar las cosas, tanto más lo es el reflexionar sobre qué puede protegernos de pasarlo aún peor o de traspasar drásticamente los límites de la salud.

En las circunstancias de la pérdida pocas veces tenemos una “responsabilidad en primera persona”. No siempre podemos controlar el momento, el lugar, el “clima” en el que se produce una pérdida, sobre todo una muerte. Somos dueños de lo que decimos y hacemos nosotros pero no de lo que dicen o hacen los demás. La vida es caótica y salvaje y nosotros, aun con nuestras capacidades, somos incapaces de salvarlo todo.

Sin embargo, dentro de esas circunstancias, sí que hay cosas que se pueden cuidar. Un factor de riesgo de complicación (si no se elabora adecuadamente el trauma que genera) es no haber podido hacer algo que sí podía haber estado en nuestras manos pero que, por ejemplo, alguien nos impidió hacer una vez producida la muerte. Por eso es bueno permitir que, dentro de lo posible, cada persona se comporte frente a la pérdida como necesite (en relación con ver o no el cadáver, tener acceso o no a cierta información, participar en rituales, etc.).

Respecto a lo que depende de la persona doliente, lo que más previene el sufrimiento excesivo durante el duelo y más favorece la reconstrucción posterior de la persona es, a veces, lo más difícil pero también lo más cotidiano: llevar una vida plena, agradable y con sentido. ¿Qué significa eso? ¿Ser superhombres, supermujeres, gurús de la felicidad, de la sabiduría, del éxito? No, nada de eso. Lo malo de la vida, lo negativo, lo que no nos gusta, lo que nos preocupa o nos da miedo, lo que no queremos ver, quienes no queremos ser, lo que odiamos de nosotros, lo imperfecto, lo vulnerable… todo eso también forma parte de la vida con toda su naturalidad. Por eso no hablo ni de santos ni de ángeles, ni de superhéroes o superheroínas. Hablo de gente que toma su parte de responsabilidad en su bienestar.

Por eso, sin ser ángeles ni superhombres y asumiendo todo lo naturalmente negativo de la existencia humana, es posible acercarse a una vida razonablemente plena, relativamente agradable, con un cierto sentido. ¿Cómo? Siendo personas creativas, con iniciativa, intereses e inquietudes. Personas abiertas a la vida, conectadas con el entorno más próximo y también con el mundo. Fundamental: personas con una vida social satisfactoria. Personas con un propósito vital relativamente encauzado. Es decir, construyendo día a día una vida tal que, después del tortuoso viaje que supone el duelo, tengamos un sitio agradable al que volver, un puerto agradable al que regresar. Muy cambiados, de acuerdo. Puede que, incluso, sin reconocer muchas cosas de aquella antigua vida nuestra. Al principio frágiles, pero luego más fuertes que antes, siempre que hayamos ido integrando cada vez más aspectos de las experiencias por las que hemos pasado.

Al margen del duelo, está claro que la vida no siempre es fácil, que a menudo cuesta conseguir lo que se quiere o faltan los motivos para la alegría. Cierto: no todo depende de querer estar bien, de decidir sentirse bien. Pero es indudable que prestar atención a lo que nos hace sentirnos bien y estar bien en la vida, entrenarnos en ello, aporta una parte importante a esa prevención. A veces no apetece, no podemos o no sabemos, de acuerdo, ¡no somos perfectos! Pero después toca reponerse y poner lo que podamos de nuestra parte, aunque sólo podamos un poquito, hasta donde lleguemos. Tener un tono vital orientado a proyectos, ilusiones, relaciones, disfrute, aprendizaje, nos ayudará a combatir aquellos factores de riesgo que no dependen de nosotros.

Es (en parte) responsabilidad nuestra ir creando cada día un hogar agradable (nuestra vida) al que poder regresar después de los malos viajes. Es responsabilidad nuestra prevenir, crear esas condiciones que nos protegerán y nos harán menos duros el duelo y la reconstrucción. Por eso, independientemente de las pérdidas que podamos tener, en la medida de nuestras posibilidades y respetando nuestros ritmos y nuestras zonas de sombra, es “de vida o muerte” que cada día trabajemos nuestros intereses, nuestros gustos, que cuidemos a la gente importante de nuestro alrededor, que nos interesemos por este mundo y esta vida en los que estamos y a los que pertenecemos, lo queramos o no.

PD. Tanto si lo anterior falla como si no, hay otro factor de protección frente al duelo complicado: acudir a terapia de duelo.

Foto. Las Golondrinas, Oriol Salvador.

El psicólogo, profesional vulnerable

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

Está muy extendida la creencia de que los psicólogos somos una especie de chamanes superdotados: superdotados de superpoderes que nos permiten escrutar a través de la piel y los huesos a las personas con las que nos relacionamos, adivinar sus pensamientos, desentrañar sus intenciones, sus motivos. Analizarlos, en una palabra, o, incluso, psicoanalizarlos con sólo dos o tres minutos de conversación sobre un tema cualquiera.

Esto, por supuesto, no es cierto. Los psicólogos somos personas normales, medias, con una inteligencia media, unas trayectorias de vida medias, unos defectos medios… y unos superpoderes medios también, me temo. Eso sí, tenemos una profesión que nos exige tener (e ir desarrollando) un puñado de cualidades referidas a las relaciones entre seres humanos: capacidad crítica, empatía, sensibilidad, prudencia, contención, habilidad para indagar y responder… Es decir, buenas o muy buenas habilidades comunicativas y de análisis. No son cualidades exclusivas de la profesión de psicólogo, por supuesto, pero en ella son cruciales, sobre todo en el campo de la psicoterapia. Sin ellas, nuestra labor está condenada al fraude y la mala práctica y, por tanto, a convertirse en un acto fallido.

Por eso, aunque nos entrenemos en algunas habilidades que tienen que ver con captar lo que les pasa a los demás y ayudarles… no, no somos perfectos, ni somos iluminados, ni gozamos de un bienestar excelente, ni saltamos porque sí de felicidad, fruto todo ello de nuestros superpoderes y supersabiduría. Igual que los médicos enferman, que a los fontaneros se les rompen los grifos, que a los peluqueros se les cae el pelo y que los herreros tienen en su casa cuchillos de palo entre otros pocos de metal, los psicólogos y psicólogas también tenemos lo nuestro: nuestras heridas. Trabajamos con las de los demás, sí, por lo que hemos de tener las nuestras más que controladas, localizadas y en aceptable estado de revista. Pero están ahí.

La labor del psicólogo es, como ninguna otra, la de un profesional vulnerable. Y, aunque parezca paradójico, esta vulnerabilidad no es un déficit ni una torpeza a corregir, sino una herramienta esencial en su trabajo.

Por otro lado, la vulnerabilidad del psicólogo tiene algunas particularidades si la comparamos con la de otros profesionales: si la comparamos con la relación que otros profesionales tienen con sus partes dañadas. El médico que trata el cáncer de un paciente no está tratándose el suyo propio con su acto profesional, igual que el fontanero no puede estar arreglando su grifo y a la vez el de su cliente, ni el peinado de un peluquero tiene influencia alguna en el peinado excelente que pueda realizarle o no a una persona (ni puede peinarse a la vez que peina a otros). Incluso el herrero puede comer con cuchillos de palo si le place sin que su trabajo en la herrería se vea, en modo alguno, afectado. Esto no sucede así con quienes trabajamos con personas en el campo de la psicología: llevamos nuestra herida a la consulta, la tenemos con nosotros en la interacción con nuestros pacientes (localizada, controlada e, insisto, a ser posible en aceptable estado de revista). La tenemos activada, vibrando, a la vez que conectamos con la herida del otro. Y, si sucede el milagro, si nuestro trabajo es bueno, si damos con el paciente capacitado para sanarnos y nos abrimos a él, nuestra herida puede transformarse también durante nuestra labor.

El psicólogo no está obligado a ser feliz ni hay que presuponerlo de él: no es un dios de la sabiduría que conoce los misterios del bienestar que están ocultos para sus semejantes. Es una persona igual a ellos, un ser humano cuya característica diferenciadora (aunque sea solo desde el punto de vista profesional) es que ha escogido una profesión que le obliga a hacerse cargo de su dolor y, por tanto, de su crecimiento personal, para poder ayudar a otros con el suyo. Está obligado a prestar atención a su sufrimiento, acogiéndolo para poder acoger el de los otros. No puede por menos que entender que es inhumano estar sanado del todo, pero que estar herido no significa que no pueda trabajar. Nuestras heridas, adecuadamente tratadas, son una de nuestras herramientas de trabajo, son parte del proceso de relación de ayuda con nuestros pacientes. En la línea de Henri Nouwen, son el punto de partida de nuestro trabajo y la base de toda su autenticidad.

De cómo se relacione el terapeuta con sus heridas dependerá en gran medida cómo se relacione con las personas a las que acompañe.

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

Las normas en los Grupos de Ayuda Mutua

"Chairs" by Emdot

¿Eres miembro de un grupo de ayuda mutua y no te sientes a gusto con su manera de funcionar? ¿Te encargas de facilitar un grupo de ayuda mutua y notas que se te va de las manos, que algo falla en vuestra dinámica? Presta atención a este post, porque es muy probable que encuentres en él la razón del problema.

Las dinámicas de grupo son algo tremendamente complejo y, a menudo, es difícil desentrañar los motivos por los cuales las cosas no van bien, el grupo deja de ser útil a sus miembros y se acaba diluyendo. En el caso concreto de los grupos de ayuda mutua (GAM), lo más probable es que si no funcionan, si sus miembros no están a gusto, se deba a que no se están respetando las normas.

¿Qué normas son esas? Veamos. Los GAM son grupos de personas que se reúnen con cierta periodicidad para compartir la experiencia de vivir una situación determinada que todos sus miembros tienen en común y que les resulta problemática. En ellos se habla, por supuesto, pero los GAM no son tertulias, ni foros de debate, ni conferencias, ni un conjunto de diálogos cruzados entre sus miembros, como si se estuviera en un bar o en una reunión de amigos. Si eres miembro de un GAM o conduces uno y crees que tu grupo se parece a una de esas cosas presta atención: ¡no se están cumpliendo las normas!

Un GAM es un grupo en el que la gente comparte su experiencia para ayudarse entre sí. Cuando una persona es miembro de uno de estos grupos es porque está atravesando una situación bastante problemática o dolorosa en su vida, lo que le hace estar vulnerable, dolorida, necesitada de confianza y seguridad o de encontrar personas afines en las que verse reflejada y poder compartir todo aquello que no puede compartir con la gente de la calle, con sus familiares y amigos. Por eso, para que exista ese espacio sagrado de seguridad y respeto, de intimidad, es necesario observar unas cuantas normas, que le dan sentido y estructura al grupo. Las detallamos a continuación:

Ser puntual. Parece sencillo, incluso una tontería, pero la puntualidad indica que el miembro del grupo respeta al grupo y está disponible para él. Naturalmente, a veces es difícil encontrar una hora que a cinco, seis, ocho personas les venga bien, pero en la medida de lo posible es necesario encontrar esa hora y hacer un esfuerzo por estar todos, o casi todos, a en punto, listos para empezar.

Hablar de uno/a mismo/a. Además de una buena manera de no caer en comparaciones, podemos considerar que hablar “desde el yo” también es una norma del grupo per se. Lo que está claro es que si una persona acude al grupo es para trabajar algo de misma, para compartir su experiencia, para expresar cómo ella se siente, qué piensa, etc. No acude al grupo para interpretar la vida de los demás, ni para dirigir el grupo o convertirse en su portavoz ni para emplear el tiempo en otros temas que no respondan a los objetivos del grupo.

No comparar. Ya hemos dicho en alguna ocasión que todo el mundo tiene derecho a su dolor, sea cual sea su historia. Nadie es más ni menos que nadie, el dolor de cada persona es sagrado, misterioso, completamente respetable. Que lo comparta con nosotros es un gesto de generosidad enorme que debemos agradecerle. Por tanto, presuponer en voz alta que alguien está en mejor situación que uno mismo respecto al duelo, que lo tiene más fácil, que su vida es mejor, que, por eso, no debería quejarse tanto, es mostrar poco respeto hacia esa persona. Y sin respeto el grupo no puede funcionar.

No juzgar. Todos somos seres humanos y ningún miembro del grupo es un santo iluminado, capaz de decir a los demás lo que hacen bien y lo que hacen mal. Por eso, aunque somos humanos y es inevitable que el juicio aparezca en nuestros pensamientos, tenemos que acompañarlo de la certeza de que, aunque a nosotros nos parezca que una persona no va bien, o no está haciendo lo suficiente por “avanzar”, o hace lo que no le conviene, en realidad está haciendo en cada momento lo que sabe, lo que puede y lo que necesita. No le decimos a nadie lo que está bien ni lo que está mal. Cada persona tiene que encontrar sus propias respuestas.

No aconsejar. Nadie en el grupo es un pozo de sabiduría experto en lo que a otro miembro del grupo le conviene. Lo que para nosotros está bien y es adecuado en un momento dado puede que para otra persona carezca de sentido, o sea perjudicial, o resulte ofensivo. Además, no hay cosa que más moleste que recibir un consejo que no se ha pedido y que creemos no necesitar, sobre todo en un momento en que estamos vulnerables, susceptibles, irritables o cerrados. Esto no significa que la sabiduría del grupo no se pueda compartir, ¡al contrario! Por eso, hablando cada uno desde su propia experiencia, podemos ponerla al servicio del grupo porque tiene un gran valor, pero no lo hacemos en forma de consejo sino en forma de regalo al grupo para quien lo quiera coger desde la libertad.

No interrumpir. Ya hemos dicho que un GAM no es una tertulia o una charla convencional (esto es, una conversación en la que todo el mundo se interrumpe, se compara, se juzga, se aconseja, salta de un tema a otro…) sino que es algo diferente. Es un espacio en el que varias personas con un problema o una situación vital muy dolorosa se reúnen para compartir algo que, a veces, les es muy costoso compartir. Cada una tiene para ello unos minutos, que aprovecha como quiere y como puede. Es su espacio y es su tiempo, y debemos respetarlo, escuchándola con toda nuestra atención y toda nuestra presencia, sin interrumpirla, sin ocupar su tiempo, sin cortar el hilo de su intervención y dejando que la persona que facilita el grupo vaya acompañando a esa persona de manera controlada.

Preservar la confidencialidad. Probablemente esta sea la norma más importante de todas, la más sagrada, la que define mejor que ninguna otra la naturaleza de un GAM. Va más allá de la discreción y prudencia con que nos reservaríamos lo escuchado en una conversación normal. Lo que se dice durante la sesión de un GAM, lo que se escucha, es para el grupo y queda dentro de la sesión. No lo compartimos con nadie más. Tampoco, una vez acabada la sesión, vamos a una persona y le reabrimos su tema si ella no ha tomado la iniciativa, volcando sobre ella nuestras impresiones u opiniones.

La persona encargada de conducir o facilitar la sesión del grupo es la encargada de explicar a los miembros del grupo las normas, su objetivo y su utilidad. Es la primera obligada a respetarlas y la que tiene la obligación de hacerlas cumplir, con la debida flexibilidad. Que el GAM sea una tertulia más o un espacio seguro en el que compartir nuestra intimidad y nuestro dolor depende de ello.

Foto: “Chairs” de Emdot