Etiquetado: psicología

Los aspectos culturales del duelo (II): el lenguaje

Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid). Foto. Felipe Gabaldón

El lenguaje es un vivo reflejo de las acotaciones socioculturales a la muerte y el duelo. No en vano, es el modo en que un grupo humano segmenta el mundo para poder nombrar cada uno de esos segmentos y comunicarse. El lenguaje pone de manifiesto cómo nuestro momento histórico y nuestro lugar condicionan nuestra vivencia privada y compartida de la pérdida.

Para empezar, hay que considerar las palabras que empleamos para referirnos al hecho de que una persona deja de vivir. Solo en español (y siguiendo las definiciones de la RAE) encontramos cinco términos al respecto: muerte, fallecimiento, defunción, deceso y óbito.

A ellas hay que añadir otras expresiones más o menos eufemísticas: desaparición, fin, faltar, perder, tránsito o trance. También algunas más coloquiales y vulgares: palmarla, estirar la pata, quedarse fiambre, quedarse tieso, pasar a mejor vida.

Por otro lado, igual que a menudo se confunde “duelo” con “tristeza”, otro error que se da con cierta frecuencia es confundir “duelo” con “luto”. Hagamos un paralelismo con los términos ingleses, por escoger un idioma no latino que, sin embargo, también diferencia entre estos tres conceptos. En inglés encontramos las palabras grief, bereavement y mourning. Como en español, aunque parezcan intercambiables, no lo son. La primera de ellas, grief, alude a la “aflicción”, es decir, a una emoción sinónimo de tristeza. La segunda, bereavement, expresa lo que en psicología llamamos “duelo”, es decir, el proceso psíquico, de carácter adaptativo, que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. La tercera, mourning, es lo que en español conocemos como “luto”: las manifestaciones culturales asociadas a la muerte de alguien (por ejemplo, en nuestra cultura, vestir de negro o poner una bandera a media asta). Sea en el idioma que sea, conviene ser exactos con el lenguaje y no confundir unas cosas con otras.

Al margen de la definición del término “duelo” que una y otra vez empleamos en este blog, cabe decir que la RAE nos aporta otra acepción de esa palabra que viene muy al caso de los aspectos socioculturales: “Reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio, o a los funerales”.

Las palabras y expresiones que empleamos para referirnos a la pérdida vienen marcadas por lo que en nuestra sociedad, en el momento actual, se considera aceptable o inaceptable. Importa tanto lo que decimos como lo que no decimos, pues muchas expresiones cumplen una función de ocultación, distanciamiento y minimización del hecho de la muerte. Una cosa es hablar de “morir” y otra es decir “nos ha dejado”, “cuando yo falte”, “falta desde hace X años”, “hemos perdido a…”, “se nos ha ido”. Estas expresiones no son 100% ocultadoras en sí mismas pues, si hablamos de “pérdida”, es normal que digamos “hemos perdido a Fulanito” en lugar de “Fulanito ha muerto” y todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, pasan a ser un mecanismo de evitación-negación propiamente dicho cuando sólo hablamos en estos términos y lo hacemos con la intención de sortear el impacto de la palabra “muerte”. No solo el individuo, sino también sociedades enteras se proveen de protecciones de este tipo, al coste de generar una desconexión del hecho de la pérdida.

También debemos prestar atención a los usos y costumbres lingüísticos que ponemos en marcha ante una muerte (por ejemplo, es paradigmático el pronunciar frases hechas como “te acompaño en el sentimiento” o ejecutar el ritual social compartido e institucionalizado de “dar el pésame”). De nuevo, es la palabra la que vehicula las costumbres compartidas y, mediante las etiquetas institucionalizadas, aporta una guía y una pauta, es decir, da estructura en los momentos relacionales y sociales de desestructuración (aquellos en los que hay un gran impacto, la gente duda de sus roles y necesita herramientas inmediatas para saber cómo relacionarse ante un acontecimiento doloroso).

Por último, no podemos olvidarnos de otro de los elementos lingüísticos por antonomasia en el ámbito de la muerte y el duelo: la esquela. Poner una esquela guarda un estilo muy característico en cada cultura y tiene la función social de comunicar un fallecimiento, a menudo de convocar al funeral y, en el caso de las esquelas religiosas, apelar a la conexión espiritual con los otros solicitando una “oración por el alma” del fallecido. Por otro lado, cuando se van reproduciendo periódicamente tiempo después de la muerte, las esquelas pasan a convertirse en un ritual en sí mismas.

El lenguaje, el medio a través del cual segmentamos el mundo para poder contárnoslo a nosotros mismos y entre nosotros, es inevitablemente el medio a través del cual segmentamos la pérdida para poder contárnosla.

Foto: Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid), Felipe Gabaldón

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El psicólogo, profesional vulnerable

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

Está muy extendida la creencia de que los psicólogos somos una especie de chamanes superdotados: superdotados de superpoderes que nos permiten escrutar a través de la piel y los huesos a las personas con las que nos relacionamos, adivinar sus pensamientos, desentrañar sus intenciones, sus motivos. Analizarlos, en una palabra, o, incluso, psicoanalizarlos con sólo dos o tres minutos de conversación sobre un tema cualquiera.

Esto, por supuesto, no es cierto. Los psicólogos somos personas normales, medias, con una inteligencia media, unas trayectorias de vida medias, unos defectos medios… y unos superpoderes medios también, me temo. Eso sí, tenemos una profesión que nos exige tener (e ir desarrollando) un puñado de cualidades referidas a las relaciones entre seres humanos: capacidad crítica, empatía, sensibilidad, prudencia, contención, habilidad para indagar y responder… Es decir, buenas o muy buenas habilidades comunicativas y de análisis. No son cualidades exclusivas de la profesión de psicólogo, por supuesto, pero en ella son cruciales, sobre todo en el campo de la psicoterapia. Sin ellas, nuestra labor está condenada al fraude y la mala práctica y, por tanto, a convertirse en un acto fallido.

Por eso, aunque nos entrenemos en algunas habilidades que tienen que ver con captar lo que les pasa a los demás y ayudarles… no, no somos perfectos, ni somos iluminados, ni gozamos de un bienestar excelente, ni saltamos porque sí de felicidad, fruto todo ello de nuestros superpoderes y supersabiduría. Igual que los médicos enferman, que a los fontaneros se les rompen los grifos, que a los peluqueros se les cae el pelo y que los herreros tienen en su casa cuchillos de palo entre otros pocos de metal, los psicólogos y psicólogas también tenemos lo nuestro: nuestras heridas. Trabajamos con las de los demás, sí, por lo que hemos de tener las nuestras más que controladas, localizadas y en aceptable estado de revista. Pero están ahí.

La labor del psicólogo es, como ninguna otra, la de un profesional vulnerable. Y, aunque parezca paradójico, esta vulnerabilidad no es un déficit ni una torpeza a corregir, sino una herramienta esencial en su trabajo.

Por otro lado, la vulnerabilidad del psicólogo tiene algunas particularidades si la comparamos con la de otros profesionales: si la comparamos con la relación que otros profesionales tienen con sus partes dañadas. El médico que trata el cáncer de un paciente no está tratándose el suyo propio con su acto profesional, igual que el fontanero no puede estar arreglando su grifo y a la vez el de su cliente, ni el peinado de un peluquero tiene influencia alguna en el peinado excelente que pueda realizarle o no a una persona (ni puede peinarse a la vez que peina a otros). Incluso el herrero puede comer con cuchillos de palo si le place sin que su trabajo en la herrería se vea, en modo alguno, afectado. Esto no sucede así con quienes trabajamos con personas en el campo de la psicología: llevamos nuestra herida a la consulta, la tenemos con nosotros en la interacción con nuestros pacientes (localizada, controlada e, insisto, a ser posible en aceptable estado de revista). La tenemos activada, vibrando, a la vez que conectamos con la herida del otro. Y, si sucede el milagro, si nuestro trabajo es bueno, si damos con el paciente capacitado para sanarnos y nos abrimos a él, nuestra herida puede transformarse también durante nuestra labor.

El psicólogo no está obligado a ser feliz ni hay que presuponerlo de él: no es un dios de la sabiduría que conoce los misterios del bienestar que están ocultos para sus semejantes. Es una persona igual a ellos, un ser humano cuya característica diferenciadora (aunque sea solo desde el punto de vista profesional) es que ha escogido una profesión que le obliga a hacerse cargo de su dolor y, por tanto, de su crecimiento personal, para poder ayudar a otros con el suyo. Está obligado a prestar atención a su sufrimiento, acogiéndolo para poder acoger el de los otros. No puede por menos que entender que es inhumano estar sanado del todo, pero que estar herido no significa que no pueda trabajar. Nuestras heridas, adecuadamente tratadas, son una de nuestras herramientas de trabajo, son parte del proceso de relación de ayuda con nuestros pacientes. En la línea de Henri Nouwen, son el punto de partida de nuestro trabajo y la base de toda su autenticidad.

De cómo se relacione el terapeuta con sus heridas dependerá en gran medida cómo se relacione con las personas a las que acompañe.

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

10 mitos sobre el duelo

Ornickarr Greenbarrow

Como ya vimos en el post 5 cosas que el duelo no es, el duelo es todavía una experiencia muy desconocida y sobre la que persisten creencias erróneas que nos conviene ir reformulando.

Para completar lo que ya comentamos entonces presentamos a continuación 10 de esos presupuestos con los que la sociedad en general, incluyendo a menudo a las personas en duelo, se va moviendo dentro de la confusión:

MITO 1 El duelo se resuelve aproximadamente en un año. No es cierto. El duelo es un proceso complejo y muy personal, por lo que el periodo de tiempo para “resolverlo” satisfactoriamente varía en función de múltiples factores. En cualquier caso, dura tanto como cada persona necesita. Lo que sí es cierto es que en el duelo tienen una gran importancia las fechas, festividades y aniversarios, así como los diferentes periodos del calendario. Vivir cada ocasión por primera vez sin la persona fallecida son hitos importantes en el proceso y, para que eso suceda, hace falta (al menos) un año.

MITO 2 El duelo es como una depresión. De hecho, son términos prácticamente sinónimos. Ya dijimos que es un grave error confundir el duelo con una enfermedad, por ejemplo, con la depresión. Aunque ambos comparten en ocasiones ciertas manifestaciones (abatimiento, desilusión, tristeza profunda, llanto, desapego de la vida, apatía), conviene recordar que la depresión es una enfermedad mental con sus propias causas y criterios diagnósticos y hay que diferenciarla del duelo, que es una reacción normal y adaptativa ante la pérdida de algo o alguien significativo.

MITO 3 Dentro de los diferentes tipos de muerte, hay unas que son peores que otras. No podemos convertir el duelo en una competición de méritos para ver quién ha tenido la peor desgracia y quién está sufriendo más. Nadie está dentro de nuestra mente ni de nuestro corazón para comprobar cuánto nos importaba lo que hemos perdido. Sin embargo, en duelo podemos hablar de factores de riesgo de complicación que, como su nombre indica, apuntan al riesgo (no a la seguridad) de que ese duelo generará más sufrimiento y evolucionará peor que otros.

MITO 4 Cuando la muerte es “natural”, sobre todo de una persona mayor, no genera duelo. En el duelo, al final, quitadas todas las capas superficiales, lo que importa es la vinculación que yo tenía con quien he perdido: qué significaba para mí, por qué necesitaba a esa persona, quién era yo gracias a ella. Una muerte puede ser, aparentemente, muy “inocente”, con todos los componentes de naturalidad y normalidad y, sin embargo, estar acompañada de ciertos factores de riesgo que puedan complicar en un momento u otro ese duelo. Y, en última instancia, aunque no concurra ningún factor de riesgo, ya hemos dicho que nadie es quién para juzgar cuánto nos duele lo que hemos perdido.

MITO 5 Los hombres lo llevan mejor, para ellos es diferente, se recuperan antes. Durante años se ha hablado del duelo “en hombres” y el duelo “en mujeres”. Con la llegada de enfoques más modernos, ha empezado a hablarse de “duelo masculino” (más dado a la acción, orientado a “continuar con la vida”) y “duelo femenino” (más dado a la introspección, al hablar y compartir sentimientos, orientado a la pérdida). De esta manera, si bien es cierto que los hombres tienden a tener un cierto tipo de duelo y las mujeres tienden a tener otro, puede haber hombres que desarrollen un duelo más “femenino” y mujeres que desarrollen un duelo más “masculino”. O que cada uno, en diferentes momentos de su proceso, pasen por ambos tipos de duelo. Cada uno hace lo que puede con su pérdida y organiza su experiencia como puede y como sabe para poder soportarla.

MITO 6 Quien más llora es quien más dolor tiene. Ya hemos dicho que el duelo es un proceso complejo y misterioso, donde están presentes muchas emociones, muy alteradas, mezcladas, como en una explosión o ebullición muy desordenada. No reduzcamos duelo a tristeza y, por tanto, a llanto. En el duelo también hay culpa, rabia, miedo y vergüenza. Y, aunque parezca mentira, también hay alegría y sorpresas y momentos de paz y de estar en otras cosas. El llanto es solo una manera más de expresar el dolor y puede ser muy tramposo (hay gente con mucha facilidad para llorar y eso no significa que estén fatal; también hay gente que no llora nunca o casi nunca –o la que no vemos hacerlo porque ya viene “llorada” de casa– y eso no significa por sí mismo que sean más fuertes o se encuentren mejor).

MITO 7 Las personas jóvenes lo llevan mejor. Tienen toda la vida por delante, pueden tener más hijos, encontrar otras parejas… Si has leído hasta aquí podrás adivinar por dónde van los tiros: ser joven no significa ser más feliz, igual que ser hombre no significa ser más fuerte, ni ser mujer es ser más sensible. Las personas jóvenes, como las de más edad, tienen sus propios recursos pero también sus desventajas. No todos los jóvenes son iguales y también en la juventud están presentes los factores de riesgo para que el duelo se complique. En cualquier caso, como no nos vamos a cansar de repetir, el respeto siempre por encima: da igual tener toda la vida por delante (¿quién la tiene?) y con ello miles de oportunidades. Al final, todos somos seres humanos y a cada uno nos duele lo que nos duele.

MITO 8 Para resolver el duelo lo que hay que hacer es despedirse de la persona. Desgraciadamente, típico ejemplo de receta que los y las profesionales de la psicología que no saben mucho sobre duelo dan a las personas en duelo. Despedirse, dejar ir, soltar… Claro que todo esto está presente en el duelo y es necesario para dar pasos adelante. Pero todo en su justo momento (y el justo momento solo puede indicarlo la persona en duelo). A menudo, sobre todo al principio, hay una necesidad imperiosa, poderosa, ineludible y llena de contenido: la de no despedirse, no decir adiós, no dejar ir, no todavía. ¡Respetémosla!

MITO 9 Lo mejor que puede hacer una persona en duelo (y cuanto antes) para recuperarse es pasar página y orientarse a la vida. Centrarse en la pérdida es de depresivos. De todas partes le vienen a la persona en duelo consejos, sugerencias, ¡órdenes! que le indican que lo que le conviene es seguir adelante, que ya es el momento, que ya ha pasado mucho tiempo y que estar dándole vueltas a la pérdida no le hace ningún bien. No lo olvidemos nunca: el duelo es un proceso muy complejo y muy misterioso y, cuando aparece, parece invadirlo todo y ocupar toda nuestra vida, pero no olvidemos que ahí dentro cabe todo y que hay un momento para centrarnos en el dolor y otro momento para orientarnos a la vida. Y ambos momentos son necesarios.

Y MITO 10 El duelo es un proceso lineal de cinco fases (shock, negación, negociación, depresión y aceptación); vamos saltando de una en una hasta llegar a la quinta y, una vez ahí, todo habrá acabado. Durante décadas se ha consolidado la creencia simplista de que todo duelo tiene cinco fases por las que todo el mundo pasa, normalmente en el mismo orden hasta, felizmente, dejarlo correctamente elaborado. Cierto es que el duelo es un proceso dinámico (con cambios) por lo que a la fuerza tiene que poder dividirse en algún tipo de fases o etapas, pero de ningún modo todo el mundo pasa por todas ellas, ni en el mismo orden. De hecho, otras importantes aproximaciones teóricas más modernas no hablan de fases, sino de tareas, procesos duales, reconstrucción de significados… sin limitarse a reducirlo todo a una concepción clásica pero que se ha quedado obsoleta en algunos aspectos. Lo veremos en próximos posts.

Foto: Walls don’t cry, Ornickarr Greenbarrow

El duelo, un proceso complejo

"..." de Pollobarba

El duelo -expresión de una gran pérdida- siempre da la palabra a infinidad de pequeñas y medianas pérdidas, materiales e inmateriales, que acompañan a ese desgarro principal, a ese gran titular que describe la gran separación. Por eso el duelo es tan largo: son tantas cosas, es tanto el material que, para vivirlo (ordenarlo, tomar conciencia de él, descubrirlo, darle una y mil vueltas), hace falta mucho tiempo.

En foros especializados se dice, por ejemplo, que el duelo de las personas adoptadas es un duelo “multifacético” o “multifactorial”: incluye muchas pérdidas y de diverso orden. Y así es, sin duda. Pero, en realidad, ¿qué duelo no lo es? ¿En qué duelo (cada uno con su especificidad) no se pierden miles de momentos (pasados, presentes y futuros), posesiones, perspectivas, identidad, relación, lo que se toca y lo que no se toca, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe, tantas caras de una misma pérdida? ¿Qué duelo es compacto, único, plano? El duelo siempre es multifacético, por eso decimos que es complejo. Ninguna pérdida significativa es una sola: todas vienen acompañadas de una infinidad de versiones parciales, daños colaterales de los que la persona va tomando conciencia durante su proceso.

El duelo, cuando es verdaderamente intenso y responde a una pérdida muy significativa, pone “en cuestión” nuestra estructura de la personalidad, nuestro marco existencial, nuestras creencias (sobre cómo funciona el mundo, sobre quiénes somos nosotros y los demás), nuestros valores (aquello a lo que damos importancia en nuestra vida: nuestra particular “agenda política” de prioridades), nuestros principios (las grandes líneas de actuación sobre las que regimos nuestro día a día y nuestras relaciones y que se nutren, por supuesto, de esos valores y creencias), nuestra red relacional (tan importante para nuestra supervivencia: el apoyo, la empatía, la ayuda recibidas).

En definitiva, nuestros grandes duelos ponen a prueba nuestro ser y estar en el mundo. Eso no significa, aunque a veces lo parezca, que nos desintegremos por completo y se nos vaya la cabeza definitivamente: la mayoría de las personas tenemos suficientes recursos como para resistir el embate de una gran pérdida sin por ello caer en una desintegración total de nuestro psiquismo y nuestra vida (recordemos que, incluso cuando es intenso, un duelo no deja de ser un proceso normal por el que pasamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida desde que el mundo es mundo). Pero ese cuestionamiento global sí nos indica la multifactorialidad del duelo, su complejidad.

Podríamos decir que el duelo es como un árbol robusto, alto, frondoso, con un tronco enorme y rugoso del que salen largas y poderosas ramas y de estas, otras ramas más finas y de estas, otras ramas más finas aún. Y todas ellas están cubiertas de cientos de hojas que, tintineantes, van cambiando de color, van cayéndose o dando lugar a flores, dejando espacio para los nidos de los pájaros, los saltos de los pequeños animalillos, la luz por unos lados sí y otros no, la sombra espesa. El duelo no es una columna lisa, es un árbol. Y un árbol nunca es solo un árbol: es un espacio enmarañado que cobija a otros seres y todos sus movimientos.

Foto: “…”. Pollobarba

 

 

Las normas en los Grupos de Ayuda Mutua

"Chairs" by Emdot

¿Eres miembro de un grupo de ayuda mutua y no te sientes a gusto con su manera de funcionar? ¿Te encargas de facilitar un grupo de ayuda mutua y notas que se te va de las manos, que algo falla en vuestra dinámica? Presta atención a este post, porque es muy probable que encuentres en él la razón del problema.

Las dinámicas de grupo son algo tremendamente complejo y, a menudo, es difícil desentrañar los motivos por los cuales las cosas no van bien, el grupo deja de ser útil a sus miembros y se acaba diluyendo. En el caso concreto de los grupos de ayuda mutua (GAM), lo más probable es que si no funcionan, si sus miembros no están a gusto, se deba a que no se están respetando las normas.

¿Qué normas son esas? Veamos. Los GAM son grupos de personas que se reúnen con cierta periodicidad para compartir la experiencia de vivir una situación determinada que todos sus miembros tienen en común y que les resulta problemática. En ellos se habla, por supuesto, pero los GAM no son tertulias, ni foros de debate, ni conferencias, ni un conjunto de diálogos cruzados entre sus miembros, como si se estuviera en un bar o en una reunión de amigos. Si eres miembro de un GAM o conduces uno y crees que tu grupo se parece a una de esas cosas presta atención: ¡no se están cumpliendo las normas!

Un GAM es un grupo en el que la gente comparte su experiencia para ayudarse entre sí. Cuando una persona es miembro de uno de estos grupos es porque está atravesando una situación bastante problemática o dolorosa en su vida, lo que le hace estar vulnerable, dolorida, necesitada de confianza y seguridad o de encontrar personas afines en las que verse reflejada y poder compartir todo aquello que no puede compartir con la gente de la calle, con sus familiares y amigos. Por eso, para que exista ese espacio sagrado de seguridad y respeto, de intimidad, es necesario observar unas cuantas normas, que le dan sentido y estructura al grupo. Las detallamos a continuación:

Ser puntual. Parece sencillo, incluso una tontería, pero la puntualidad indica que el miembro del grupo respeta al grupo y está disponible para él. Naturalmente, a veces es difícil encontrar una hora que a cinco, seis, ocho personas les venga bien, pero en la medida de lo posible es necesario encontrar esa hora y hacer un esfuerzo por estar todos, o casi todos, a en punto, listos para empezar.

Hablar de uno/a mismo/a. Además de una buena manera de no caer en comparaciones, podemos considerar que hablar “desde el yo” también es una norma del grupo per se. Lo que está claro es que si una persona acude al grupo es para trabajar algo de misma, para compartir su experiencia, para expresar cómo ella se siente, qué piensa, etc. No acude al grupo para interpretar la vida de los demás, ni para dirigir el grupo o convertirse en su portavoz ni para emplear el tiempo en otros temas que no respondan a los objetivos del grupo.

No comparar. Ya hemos dicho en alguna ocasión que todo el mundo tiene derecho a su dolor, sea cual sea su historia. Nadie es más ni menos que nadie, el dolor de cada persona es sagrado, misterioso, completamente respetable. Que lo comparta con nosotros es un gesto de generosidad enorme que debemos agradecerle. Por tanto, presuponer en voz alta que alguien está en mejor situación que uno mismo respecto al duelo, que lo tiene más fácil, que su vida es mejor, que, por eso, no debería quejarse tanto, es mostrar poco respeto hacia esa persona. Y sin respeto el grupo no puede funcionar.

No juzgar. Todos somos seres humanos y ningún miembro del grupo es un santo iluminado, capaz de decir a los demás lo que hacen bien y lo que hacen mal. Por eso, aunque somos humanos y es inevitable que el juicio aparezca en nuestros pensamientos, tenemos que acompañarlo de la certeza de que, aunque a nosotros nos parezca que una persona no va bien, o no está haciendo lo suficiente por “avanzar”, o hace lo que no le conviene, en realidad está haciendo en cada momento lo que sabe, lo que puede y lo que necesita. No le decimos a nadie lo que está bien ni lo que está mal. Cada persona tiene que encontrar sus propias respuestas.

No aconsejar. Nadie en el grupo es un pozo de sabiduría experto en lo que a otro miembro del grupo le conviene. Lo que para nosotros está bien y es adecuado en un momento dado puede que para otra persona carezca de sentido, o sea perjudicial, o resulte ofensivo. Además, no hay cosa que más moleste que recibir un consejo que no se ha pedido y que creemos no necesitar, sobre todo en un momento en que estamos vulnerables, susceptibles, irritables o cerrados. Esto no significa que la sabiduría del grupo no se pueda compartir, ¡al contrario! Por eso, hablando cada uno desde su propia experiencia, podemos ponerla al servicio del grupo porque tiene un gran valor, pero no lo hacemos en forma de consejo sino en forma de regalo al grupo para quien lo quiera coger desde la libertad.

No interrumpir. Ya hemos dicho que un GAM no es una tertulia o una charla convencional (esto es, una conversación en la que todo el mundo se interrumpe, se compara, se juzga, se aconseja, salta de un tema a otro…) sino que es algo diferente. Es un espacio en el que varias personas con un problema o una situación vital muy dolorosa se reúnen para compartir algo que, a veces, les es muy costoso compartir. Cada una tiene para ello unos minutos, que aprovecha como quiere y como puede. Es su espacio y es su tiempo, y debemos respetarlo, escuchándola con toda nuestra atención y toda nuestra presencia, sin interrumpirla, sin ocupar su tiempo, sin cortar el hilo de su intervención y dejando que la persona que facilita el grupo vaya acompañando a esa persona de manera controlada.

Preservar la confidencialidad. Probablemente esta sea la norma más importante de todas, la más sagrada, la que define mejor que ninguna otra la naturaleza de un GAM. Va más allá de la discreción y prudencia con que nos reservaríamos lo escuchado en una conversación normal. Lo que se dice durante la sesión de un GAM, lo que se escucha, es para el grupo y queda dentro de la sesión. No lo compartimos con nadie más. Tampoco, una vez acabada la sesión, vamos a una persona y le reabrimos su tema si ella no ha tomado la iniciativa, volcando sobre ella nuestras impresiones u opiniones.

La persona encargada de conducir o facilitar la sesión del grupo es la encargada de explicar a los miembros del grupo las normas, su objetivo y su utilidad. Es la primera obligada a respetarlas y la que tiene la obligación de hacerlas cumplir, con la debida flexibilidad. Que el GAM sea una tertulia más o un espacio seguro en el que compartir nuestra intimidad y nuestro dolor depende de ello.

Foto: “Chairs” de Emdot