Etiquetado: psicología

La mujer del vagón

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Madrid. Un día entre semana hacia las cuatro de la tarde. Una mujer de unos treinta y tantos años entra en el vagón del metro. Se sienta, cruza levemente los pies, que echa hacia atrás bajo el asiento, y se pierde a ratos tras la pantalla de su móvil, a ratos con la mirada en el cristal de enfrente, en silencio. Nada llama especialmente la atención en ella. Melena negra suelta sobre los hombros, americana blanca, camiseta de rayas, vaqueros ceñidos oscuros, bailarinas negras en los pies, cara de rasgos universales.

Al cabo del rato, por sorpresa, algo en ella empieza a llamar la atención. Sus ojos, ligeramente maquillados, comienzan a brillar. Poco después, ese brillo de sus ojos comienza a vibrar, hasta que una fina línea brillante empieza a caer desde ellos hacia abajo, surcando sus mejillas universales. El brillo, la vibración, la línea brillante son tan sutiles que hay que fijarse un poco primero para advertirlas y, después, otro poco para darse cuenta de lo que realmente son. La chica de unos treinta y tantos está llorando de una manera tan sutil, tan discreta, que parece mentira que la tristeza pueda estar envuelta de tanta templanza.

Pronto el brillo de sus ojos se hace más grueso, alimentando las líneas brillantes que descienden hasta su barbilla. La mujer parpadea, mira ahora hacia abajo, ahora otra vez a la ventanilla. Por un momento parece que la sutileza del principio va a convertirse en una tormenta, como si esta alegoría del silencio fuera a descomponerse en un mar de gestos y sollozos. Pero no. La mujer no se inmuta ni hace aspavientos, no se emborrona su cara de rasgos universales tocando sus lágrimas, sino que deja que vayan cayendo una a una por ese cauce recién abierto, con delicadeza y silencio, una tras otra, como si llorar fuera un acto tan presentable como respirar o sonreír.

Su cara está seria pero la cabeza está erguida: el vagón entero parece llenarse con la dignidad de esta mujer que llora sola, en silencio, parpadeando con un control tan profundo que ni una sola lágrima se derrama más allá del que parece que es su camino natural.

Tres, cuatro estaciones más allá, se levanta. Por fin pasa –en un gesto rápido y hábil que más parece una caricia que una corrección- una mano larga, blanca, por su cara universal y de líneas brillantes. Hace un leve gesto con la cabeza, como si quisiera que su melena negra se recolocara sobre los hombros en su lugar exacto. Da un par de pasos hacia la puerta, parpadeando despacio. Poco después de que el vagón se detenga, levanta con firmeza la pequeña palanca para que las puertas se abran.

La mujer sale al andén, camina hacia la derecha, alta, elegante, acorazada dentro de su americana blanca de entretiempo y sus vaqueros ceñidos. Las puertas del vagón se cierran, precedidas del silbato. El metro arranca, dejándola dentro de sus pasos allá, más allá, en mitad de la estación, que queda suspendida durante unos segundos en un fragante aroma entre compungido e impresionado.

Foto. Metro 4, Magdalena Roeseler.

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Las fuentes de la esperanza

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La vida a veces puede ser muy árida. Malas noticias, malas épocas, malos augurios o malos recuerdos nos salen al paso de manera a veces excesiva y siempre inoportuna. Cuando aparecen –y pueden hacerlo en el momento que menos esperamos, cuando mejor estamos o cuando ya habíamos empezado a encontrarnos bien- cuesta no solo encontrar el rumbo, sino también disfrutarlo. Faltan el sentido y la alegría y los nubarrones pueden llegar a generarnos mucha angustia.

En los momentos de desaliento, de desesperanza, cuando todo se ha complicado o ha vuelto a complicarse, cuando el bienestar que tanto nos había costado tejer se emborrona, se hace más urgente que nunca volver a las fuentes de inspiración: esas personas y actividades que nos refrescan y nos hacen descansar de nuestras heridas, aunque sea momentáneamente.

A veces no basta con recordar que el dolor pasará, a veces no basta con nuestra intuición proyectada hacia el futuro. Lo queramos o no, una realidad cotidiana que no deseamos se impone y toca estar en el dolor… a la espera de reencontrar una fuente que lo mitigue.

En esos momentos donde queremos que se abra el cielo celebramos lo poco o mucho que consigue hacerlo. El anhelo de esperanza se hace fuerte en nuestro corazón y, aun sin saberlo, parece orientar nuestros sentidos hasta encontrarla. El ser humano está programado no solo para separarse del dolor rehuyéndolo, sino también para mitigarlo provocando o buscando en la medida de sus posibilidades las circunstancias que lo compensen. Las fuentes que nos proporcionan luz, que nos inspiran y nos recuerdan incansablemente la belleza de la vida son necesarias en cualquier momento pero disponer de ellas, tenerlas cerca, saber discernir el camino que nos las devuelve es imprescindible cuando la soledad se convierte en desolación.

Puede ser escuchar a alguien en quien confiamos o que nos recuerda aquello para lo que nos estamos esforzando, o bien disfrutar de una actividad relajante que pueda aliviar nuestra agitación interior. A veces es solo reposar y esperar a que escampe adoptando una postura en la que lo que duele, duela menos.

Saber regresar a las fuentes de descanso o encontrarlas a nuestro paso es un don de ineludible entrenamiento y es, en sí misma, una habilidad de autocompasión: saber cuidar de uno mismo no solo porque sí, que ya es un buen motivo, sino porque cuando estamos mal lo merecemos más que nunca. Esto es lo que distingue el capricho del mimo, el autocuidado simpático del bálsamo solidario con uno mismo.

Foto. Pra lavar a alma e refrescar a cuca, Tiago Munch

Saber parar

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Nos hemos acostumbrado a un modo de vida frenético, estructurado en torno a la productividad, la rapidez y la inmediatez. Esto, combinado con una buena salud, nos hace funcionar cotidianamente con una ilusión de invulnerabilidad, es decir, movidos por la creencia de ser omnipotentes y tener una fortaleza física y anímica enormemente flexible.

Sin embargo, no somos omnipotentes: somos biología finita y corruptible. Esto, antes que la muerte, nos lo enseña la enfermedad. La enfermedad nos obliga a parar: es contraria a la productividad óptima, a la rapidez y a la inmediatez. Nos exige otro ritmo.

No hablo necesariamente de enfermedades graves, que ponen en tela de juicio nuestra supervivencia y nuestra funcionalidad, incapacitándonos para prácticamente todo aquello que no consista en estar en la cama. Romperse una pierna, coger una gripe, tener que someterse a una intervención quirúrgica más o menos aparatosa, pueden suponer también “grandes” experiencias de detención en las que nuestra fragilidad se manifiesta con una claridad irritante. ¿Qué mensaje nos llega de estas situaciones?

Las pequeñas y grandes experiencias de detención ponen a prueba nuestro ritmo frenético y poco ajustado al riesgo real de ruptura que caracteriza a la vida: cuestionan nuestra manera voraz de funcionar (más orientada al poseer y al hacer que al ser). A veces, estas experiencias de detención nos sobrevienen sin previo aviso y justo en el momento en que más ocupados estamos, más cosas tenemos que hacer, más compromisos tenemos que atender. Es bueno que nos demos cuenta de que la pérdida de la salud (aunque sea momentánea y sin graves consecuencias) es una pérdida importante y nos reclama su lugar.

Al principio nos resistimos, hacemos grandes esfuerzos por minimizarla (si podemos, continuamos trabajando con el mismo ritmo). Luego, la detención se va haciendo cada vez más y más inexcusable y no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que hay que parar. Nos desesperamos, porque una voz en nuestro interior, entre angustiada y cabreada, quizá la voz de la responsabilidad, nos martillea insistentemente con un lamento: “¡No puedo parar, tengo tantas cosas que hacer!”. Intentamos reorganizarnos mientras admitimos que ese gripazo, esa apendicitis, ese brazo roto, requieren de nosotros una nueva manera de estar y una mirada profunda (y crítica) a nuestra manera de funcionar. Entonces vivimos detenidos por un tiempo, reposando más o menos a regañadientes y encontrándonos más o menos mal, conviviendo con ese vacío de actividad, ese silencio de acción al que no estamos acostumbrados y del que se nos fuerza a huir.

Poco a poco (a veces de una manera demasiado progresiva para nuestro gusto), va llegando la recuperación y retomamos nuestra actividad. Por el camino hemos encontrado dolor físico, preocupación por nuestras múltiples responsabilidades desatendidas, deseablemente el cariño y la atención de algunas personas que, solícitas, se han encargado de cuidarnos o de interesarse por nuestro estado. Quizá no hemos extraído ningún aprendizaje de ello y tampoco pasa nada (limitarse a vivir plenamente la experiencia de detención, el parar, aunque sea refunfuñando, también está bien). Lo importante es, al menos, ser conscientes del contraste y de la importancia del saber funcionar a diferentes ritmos. Al fin y al cabo, lo queramos o no, vamos a seguir parando una y otra vez hasta el final.

Foto. Go through it, José Manuel Ríos Valiente.

¿Cuántos colores tiene la pérdida?

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En este blog hemos insistido varias veces en la necesidad ampliar la idea de pérdida para poder entender el concepto de duelo. Realizar este ejercicio, enriquecerlo, es el primer paso para acompañar y acompañarnos en esos momentos.

A menudo, cuando hablamos de pérdida o duelo, imaginamos una situación concreta en que la persona ha perdido (hace mucho o poco tiempo) un bien, una relación, un “objeto” determinado que tanto él como los demás pueden delimitar y observar, identificando claramente el tronco de la pérdida, aunque después haya que tener en cuenta sus múltiples ramificaciones.

Sin embargo, en otras ocasiones, se hace obligatorio incluir en la idea de pérdida todas esas situaciones más abstractas, a menudo vinculadas a periodos fluidos de la vida que no se sabe bien cuándo empiezan o cuándo acaban pero que son fuente de pérdidas incalculables.

Pensemos, por ejemplo, en la vejez. Es una época de la vida que concluye con la muerte pero cuyo inicio cuesta identificar y conlleva por sí misma muchas pérdidas no concretas (al menos en su nombre): salud, presencia social, vulnerabilidad económica, soledad, miedo a un futuro que nadie conoce y un presente desconcertante… ¿Cómo debe ser estar al final, después de haber vivido tanto?

Pensemos en la pérdida “múltiple” de los niños y niñas que son adoptados -ya sea por las llamadas vías nacional o internacional- y que han perdido su contexto de origen: su familia, su hogar, su nacionalidad, su idioma, su nombre… Observemos a todos esos niños que han llegado a nuestro país desde puntos muy lejanos del planeta para ser protegidos y a aquellos que, habiendo nacido aquí, tienen que cambiar drásticamente de cuidadores por una medida judicial. Observemos también a esos adolescentes, jóvenes y adultos en los que se van convirtiendo con el paso de los años y planteémonos: ¿cómo debe ser estar dividido, sentir que una parte de quien eres viene de un “fuera” borroso o incierto?

Hablando de la separación y los orígenes, ¿qué ocurre con una persona inmigrante o alguien que vive en el exilio? ¿Cuántos colores tiene la pérdida de tu país? El desarraigo, la fragmentación entre la persona y su entorno, la vivencia de una brecha entre tu espacio actual y tu lugar de referencia describen una enorme pérdida en multitud de personas que pasa muchas veces desapercibida… Miremos a nuestro alrededor, a tantas personas que viven estas circunstancias de manera por razones muy diversas y planteémonos: ¿cómo es sentirse lejos?

Por último, parémonos a pensar en una persona homosexual. Es alguien que se ha criado (con suerte) en silencio, en un entorno sin referentes, con amenazas insidiosas de exclusión y mensajes explícitos de inadecuación. Eso si no viviendo situaciones de violencia, rechazo y falta de apoyo y aceptación por parte de las diferentes capas de su entorno a edades muy tempranas y comprometedoras para la formación de una identidad sólida y personalidad sana. Hagámonos una pregunta (o varias): ¿cómo es crecer sin tener claro qué otro tienes que ser?

Plantearse estas preguntas, además de un medio para ejercitar nuestra consideración amplia y diversa de la pérdida y el duelo, es sembrar semillas de compasión.

Foto. Colour: the spice of life, Peggy Reimchen

Cuando el calendario es nuestro enemigo

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El primer día que entré a un grupo de duelo como voluntario era mediados de noviembre. La navidad (no ya la auténtica, la del calendario de verdad, sino la del calendario social, la de los adornos en los edificios y los polvorones en los supermercados antes de que llegue diciembre) estaba muy próxima. Con su constelación de señales luminosas y sonoras, su despliegue estridente lleno de ambivalencias, anunciaba la cercanía de unas fiestas muy señaladas y entrañables para todos.

Recuerdo a aquel grupo de hombres y mujeres, la mayoría de ellos de mediana edad, que habían perdido a sus parejas unos meses antes. Sentados en un gran círculo en aquella enorme sala iban compartiendo sus experiencias, como hacían cada semana. No olvidaré que aquel día el tema estuvo presente en muchas de sus intervenciones, por no decir en todas. Y lo que transmitían al hablar era un humo inequívoco, que quedaba flotando en la sala por encima de todos nosotros a medida que lo iban desgranando uno a uno, cada cual con sus palabras: miedo, rechazo y desgana frente a la Navidad que se aproximaba.

Con el tiempo, a medida que fui acudiendo a más y más sesiones, descubrí que lo que sucedió con la Navidad no sería un hecho aislado, sino que estaría presente a lo largo de todo el año. Después de la Navidad vendría San Valentín. Y después, la Semana Santa. Y después, Sant Jordi. Y después, las vacaciones de verano y el día de Todos los Santos… Y pronto vendría otra vez la Navidad. Y, mientras tanto, un cumpleaños tras otro, el suyo, el de ellos, el de los hijos, el aniversario de la boda, el aniversario de la muerte, el aniversario de la enfermedad, una comida familiar, un encuentro anual de amigos, las fiestas del pueblo… Así pasaban el año aquellos hombres y mujeres que habían perdido a sus parejas: de fecha en fecha, permanentemente señalados por un sinfín de acontecimientos sociales y privados, un rosario de primeras, segundas, terceras veces sin la persona con quien lo habían compartido todo hasta poco tiempo antes.

Lo mismo sucede con el resto de personas que han perdido a un ser querido, no importa cuál. Hay algo en la batalla del duelo que se va descubriendo poco a poco: que entre los muchos enemigos (la soledad, la incomprensión, el desconcierto, las cargas sobrevenidas…) hay uno igual de sutil pero siempre puntual, el calendario. Una especie de tela de araña a la que hay que ir acostumbrándose, de la que hay que aprender a desembarazarse o con la que hay que aprender a convivir. El tiempo, la medida pegajosa de las cosas. También en el duelo.

El día a día ya pone de manifiesto de manera más o menos evidente el malestar, pero las fechas señaladas son momentos de mucha tensión para las personas en duelo, incluso antes de que lleguen. Se asocian a una emotividad muy fuerte, a una gran incomodidad. Generan un gran miedo, especialmente cuando se viven por primera vez sin la persona fallecida (o por segunda vez, si la primera estuvo muy próxima a la muerte y pasó desapercibida o bien se hizo un gran esfuerzo para pasarla por alto). Las personas en duelo afirman, entonces: “Temo que llegue ese momento, no sé cómo reaccionaré, será un día muy duro”. He escuchado en más de una ocasión (y de dos…) un urgente deseo: “De buena gana me acostaría el día 20 de diciembre y me levantaría el 7 de enero”.

Las fechas importantes dejan al descubierto de manera simbólica toda nuestra añoranza y la pesadez de la ausencia, las cuales, en realidad, ya están muy presentes el resto de días aunque sean días cualesquiera. Por otro lado, muchas personas en duelo afirman, con posterioridad: “No fue tan horrible como esperaba” o “En realidad puedo decir que pasé un buen día” o, incluso, “Fue un día bonito, hicimos tal o cual cosa para recordar, fue duro pero nos ayudó…”. Lo cierto es que uno nunca sabe a ciencia cierta qué experimentará en una determinada circunstancia hasta que está en ella.

Se aproxima la Navidad y puede que estas fechas sean difíciles para ti. Quizá guardas muchos recuerdos de navidades felices junto a tu ser querido y es normal que este año (o que cada año desde que no está contigo) temas que vayan a ser días duros que quisieras evitar o tengas la certeza de que no son un buen momento y que quisieras ahorrártelo. ¡Tiene tanto sentido no querer pasar por todo ello o temer que vaya a suponer un mal trago! Sin embargo, esos días llegarán y puedes hacer algo para tu autocuidado mientras los vives y para el cuidado de aquellas personas con las que tienes que compartirlos. Aquí tienes una información útil que puede que te sea de ayuda.

Foto. Navidad, SebaC.

Los factores de protección

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La semana pasada hablamos sobre los llamados “factores de riesgo”: aquellas condiciones que favorecen un desarrollo del duelo más problemático de “lo normal”, incluso de que degenere en una patología.

Con ser interesante conocer lo que puede complicar las cosas, tanto más lo es el reflexionar sobre qué puede protegernos de pasarlo aún peor o de traspasar drásticamente los límites de la salud.

En las circunstancias de la pérdida pocas veces tenemos una “responsabilidad en primera persona”. No siempre podemos controlar el momento, el lugar, el “clima” en el que se produce una pérdida, sobre todo una muerte. Somos dueños de lo que decimos y hacemos nosotros pero no de lo que dicen o hacen los demás. La vida es caótica y salvaje y nosotros, aun con nuestras capacidades, somos incapaces de salvarlo todo.

Sin embargo, dentro de esas circunstancias, sí que hay cosas que se pueden cuidar. Un factor de riesgo de complicación (si no se elabora adecuadamente el trauma que genera) es no haber podido hacer algo que sí podía haber estado en nuestras manos pero que, por ejemplo, alguien nos impidió hacer una vez producida la muerte. Por eso es bueno permitir que, dentro de lo posible, cada persona se comporte frente a la pérdida como necesite (en relación con ver o no el cadáver, tener acceso o no a cierta información, participar en rituales, etc.).

Respecto a lo que depende de la persona doliente, lo que más previene el sufrimiento excesivo durante el duelo y más favorece la reconstrucción posterior de la persona es, a veces, lo más difícil pero también lo más cotidiano: llevar una vida plena, agradable y con sentido. ¿Qué significa eso? ¿Ser superhombres, supermujeres, gurús de la felicidad, de la sabiduría, del éxito? No, nada de eso. Lo malo de la vida, lo negativo, lo que no nos gusta, lo que nos preocupa o nos da miedo, lo que no queremos ver, quienes no queremos ser, lo que odiamos de nosotros, lo imperfecto, lo vulnerable… todo eso también forma parte de la vida con toda su naturalidad. Por eso no hablo ni de santos ni de ángeles, ni de superhéroes o superheroínas. Hablo de gente que toma su parte de responsabilidad en su bienestar.

Por eso, sin ser ángeles ni superhombres y asumiendo todo lo naturalmente negativo de la existencia humana, es posible acercarse a una vida razonablemente plena, relativamente agradable, con un cierto sentido. ¿Cómo? Siendo personas creativas, con iniciativa, intereses e inquietudes. Personas abiertas a la vida, conectadas con el entorno más próximo y también con el mundo. Fundamental: personas con una vida social satisfactoria. Personas con un propósito vital relativamente encauzado. Es decir, construyendo día a día una vida tal que, después del tortuoso viaje que supone el duelo, tengamos un sitio agradable al que volver, un puerto agradable al que regresar. Muy cambiados, de acuerdo. Puede que, incluso, sin reconocer muchas cosas de aquella antigua vida nuestra. Al principio frágiles, pero luego más fuertes que antes, siempre que hayamos ido integrando cada vez más aspectos de las experiencias por las que hemos pasado.

Al margen del duelo, está claro que la vida no siempre es fácil, que a menudo cuesta conseguir lo que se quiere o faltan los motivos para la alegría. Cierto: no todo depende de querer estar bien, de decidir sentirse bien. Pero es indudable que prestar atención a lo que nos hace sentirnos bien y estar bien en la vida, entrenarnos en ello, aporta una parte importante a esa prevención. A veces no apetece, no podemos o no sabemos, de acuerdo, ¡no somos perfectos! Pero después toca reponerse y poner lo que podamos de nuestra parte, aunque sólo podamos un poquito, hasta donde lleguemos. Tener un tono vital orientado a proyectos, ilusiones, relaciones, disfrute, aprendizaje, nos ayudará a combatir aquellos factores de riesgo que no dependen de nosotros.

Es (en parte) responsabilidad nuestra ir creando cada día un hogar agradable (nuestra vida) al que poder regresar después de los malos viajes. Es responsabilidad nuestra prevenir, crear esas condiciones que nos protegerán y nos harán menos duros el duelo y la reconstrucción. Por eso, independientemente de las pérdidas que podamos tener, en la medida de nuestras posibilidades y respetando nuestros ritmos y nuestras zonas de sombra, es “de vida o muerte” que cada día trabajemos nuestros intereses, nuestros gustos, que cuidemos a la gente importante de nuestro alrededor, que nos interesemos por este mundo y esta vida en los que estamos y a los que pertenecemos, lo queramos o no.

PD. Tanto si lo anterior falla como si no, hay otro factor de protección frente al duelo complicado: acudir a terapia de duelo.

Foto. Las Golondrinas, Oriol Salvador.

¿Cuál es tu esperanza?

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Una vez participé como alumno en un ejercicio de meditación guiada en el que se formuló esta pregunta, como si se hiciera para la persona en duelo, aunque puede servir para cualquier ser humano. Y no la he olvidado, porque me parece crucial.
¿Cuál es tu esperanza?

Lo que esperas, deseas, anhelas para ti. Sí, para tu vida entera, pero sobre todo para ti aquí y ahora, en tu momento de desierto, en el mar de desesperanza, en el polo sur de las ilusiones. ¿Cómo te imaginas tu vida lejos de esto?, ¿cómo es la vida que quieres para ti cuando esto acabe? Si eres capaz de proyectarte unos meses, unos años más allá de este callejón oscuro, cuando puedas haberte separado del dolor, cuando ya estés tocando todo lo demás que tú también eres, ¿qué espera el corazón más profundo y más sabio de tu corazón humano?
La respuesta a esta pregunta va unida casi siempre a la respuesta a otra, más problemática y pegada al desierto: “Y esto, ¿cuánto dura?”. A la persona que lo está atravesando, sobre todo si es la primera vez que se encuentra en una situación como esta, le preocupa enormemente que su dolor vaya a ser eterno, que toda su vida vaya a ser, a partir de ahora, un transitar errático por el dolor, la melancolía, la desesperanza y la falta de ilusión. Y esto, ¿cuánto dura? ¿Esto va a ser así para siempre? Pero la gente… ¿la gente supera esto? La persona en duelo necesita información y necesita normalización para poder contener algunas de sus preocupaciones y, así, empezar a tener esperanza.

¿Cuánto dura el duelo? En efecto, esta es, probablemente, una de las preguntas que con mayor frecuencia aparecen en los grupos de ayuda mutua y en las consultas individuales sobre duelo. El criterio “coloquial” nos dice que dura para siempre. ¿Para siempre? Sí, una pérdida que es irreparable dura para siempre, luego algunos de sus efectos duran para siempre también. Siempre habrá un momento para la nostalgia, para la emoción, para la duda, para un nuevo recuerdo o comentario que nos descoloque y active en nosotros una punzada, vestigio de aquel dolor mayor por el que pasamos durante la peor época. Por otro lado, el criterio “técnico” nos dice que el duelo dura unos meses, un año, dos años, tres años… hasta que finalmente se procesa y podemos considerarlo como “concluido”.

¿“Concluido” quiere decir que todo volverá a ser como antes? No, nada puede volver a ser como era antes de la guerra, de la inundación, del incendio o del terremoto. Por mucha reconstrucción que se haga, el mundo, nosotros, siempre será otro. ¿Entonces? Entonces “concluido” quiere decir que la persona está fundamentalmente orientada a la vida, ha retomado en un alto grado sus actividades y sus proyectos (además de, quizá, haber emprendido otros nuevos), sus relaciones sociales no han desaparecido y siguen siendo razonablemente satisfactorias (aunque hayan cambiado) y tiene capacidad para ilusionarse y disfrutar de la vida más allá de los pequeños fogonazos de alegría que también existen durante el duelo duro. Cuando se ha dado una transformación “positiva” en su identidad, fruto de haber integrado los diferentes elementos de su pérdida.

Y, sobre todo, como dicen los maestros que saben mucho de esto, el final del duelo viene marcado no por la desaparición absoluta y permanente del dolor, sino por la capacidad para entrar y salir de él con fluidez cuando aparece sin quedarnos enganchados otra vez.

¿Qué es para ti el final, qué sería para ti estar bien? Es una pregunta que me gusta que se formule a la gente en duelo a la que se acompaña. A menudo, dentro de las turbulencias del dolor, nuestro organismo solo alcanza para lo más básico: no quiero estar mal, quiero estar bien, no quiero sufrir, quiero que esto acabe. Es decir, huir del dolor y buscar el bienestar, algo crucial para nuestra supervivencia. Pero debe llegar un momento en que la persona dé un paso más y ponga en palabras qué sería para ella estar bien, estar “más allá” del duelo. Puede que no se lo haya planteado hasta el momento en que otro le hace la pregunta. Sin embargo, aun en medio de su desierto, de su Polo Sur, prácticamente todo el mundo es capaz de tomarse un momento de reflexión y esbozar dos, tres frases sencillas que describen cómo sería para ellos que el duelo hubiera terminado, cuáles serían los indicadores de que están saliendo de él, de que comienza una vida nueva que, aun siendo otra, puede también ser una buena vida.

Es así como, más allá de los deseos difusos, la persona en duelo empieza a bosquejar, a plantearse a sí misma cuál es su esperanza… y no solo cuál es su anhelo desesperado.

 

Foto. La raíz cuadrada de lo que soy, Quique Pastor

Los aspectos culturales del duelo (III): los rituales

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Según la definición de la RAE, ritual significa “costumbre o ceremonia”.
Como costumbre, es algo que se repite de una manera más o menos estandarizada aunque, en realidad, hay rituales que sólo se realizan una vez y con eso basta (es decir, son más ceremonias que costumbres). Como ceremonia, es una “acción exterior” (por tanto, visible, aunque sea privada) “arreglada para dar culto a las cosas divinas o reverencia y honor a las profanas”.
Es decir, existen varios componentes esenciales en la idea de ritual: repetición (a veces), celebración, culto/honor/reverencia/homenaje, visibilidad… Habría que añadir aquí que el ritual es una conducta más o menos compleja que organiza parte del mundo simbólico de la persona para expresarla de forma concreta. En términos de proceso de duelo lo consideramos necesariamente una conducta, pero una conducta que no es nada sino como vehículo de expresión emocional, cognitiva y somática, al margen del componente relacional reducido (respecto a la persona o personas objeto del acto) o amplio (si es compartido).

En este post merecen nuestra especial atención este segundo tipo (no los rituales que cada uno hace en soledad o con sus seres allegados, en privado, diseñados especialmente para la ocasión, sino los compartidos, institucionalizados y que todos más o menos cumplimos de la misma manera). Entre ellos incluimos el visitar a la familia del fallecido en un tanatorio, celebrar un funeral y vestirse de negro, entre otras cosas. Como hemos estado diciendo, de una manera u otra estas costumbres y ceremonias en las que todos participamos en un momento u otro se construyen en nuestro contexto sociocultural y, por tanto, están configurados por importantes (aunque variopintas y cambiantes) constricciones geográficas y temporales.

Dichas constricciones, que son históricas, varían de un lugar a otro y de un momento histórico a otro, de manera que las personas nos vamos indicando mutuamente qué está bien o mal en el duelo, es decir, qué es socialmente aceptable y digno de reconocimiento y qué no lo es. Cuando decimos que el momento histórico importa nos referimos a que las costumbres y ceremonias socialmente permitidas ante la muerte de alguien en el Madrid de 2014 no son las mismas que las que estaban permitidas en el Madrid de 1930 ni en el Madrid del siglo XVIII. Cuando decimos que el lugar importa nos referimos a que, cuando alguien muere, no se hace lo mismo en Irak que en Suecia, ni en Etiopía que en China. Ni en una ciudad que en un pueblo. Todo tiene su sentido, su función, sus ventajas y desventajas prácticas. Lo más importante es ver qué efectos tiene sobre la persona en duelo, si responde o no a sus necesidades y si le hace más bien o más mal.

Hace poco hemos pasado por la festividad del 1 de noviembre, que en los países de mayoría oficial cristiana se llama “de todos los Santos”. Parecería que en un mundo tan secularizado como el nuestro una festividad así estaría desvaída y en desuso. Sin embargo, sigue marcada en el calendario como un día festivo, los medios de comunicación se hacen importante eco al respecto y, lo que es más significativo, sigue convocando a miles y miles de personas en torno a las costumbres y ceremonias esperadas. Aún en 2014 mucha gente acude a los cementerios, se reúne, se concentra, participa de un gigantesco ritual compartido que puede o no tener un significado profundo para ellos, pero que está relacionado con la muerte de sus seres queridos y con su participación en sociedad. En el día de todos los Santos se mezcla el recogimiento y la conexión con la historia de duelos de las personas que participan con la algarabía y movimiento de tanta gente concentrada a la vez en los cementerios e iglesias de pueblos y ciudades. Sobre todo en las localidades más pequeñas, la visibilidad social se hace máxima, tomando especial relevancia el componente de participación comunitaria y de vecindad (que, en ocasiones, puede llegar incluso a incomodar, ya que, como toda tradición muy arraigada, lleva consigo la presión social para formar parte de ella y no transgredir: los rituales nos definen como comunidad y, aquellos que tienen que ver con la religión y, por tanto, con una determinada gestión de la pérdida, tienen un arraigo ancestral tanto individual como sociológico del que no es fácil sustraerse).

Los aspectos sociológicos, psicosociales y antropológicos del duelo constituyen un extenso campo de estudio y reflexión que es difícil de trasladar a este blog. Sin embargo, dado que impregnan muchos otros temas de los que sí continuaremos hablando aquí, tendremos oportunidad de regresar a ellos.

Foto: Grief, Sonny Abesamis