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¿Cuántos colores tiene la pérdida?

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En este blog hemos insistido varias veces en la necesidad ampliar la idea de pérdida para poder entender el concepto de duelo. Realizar este ejercicio, enriquecerlo, es el primer paso para acompañar y acompañarnos en esos momentos.

A menudo, cuando hablamos de pérdida o duelo, imaginamos una situación concreta en que la persona ha perdido (hace mucho o poco tiempo) un bien, una relación, un “objeto” determinado que tanto él como los demás pueden delimitar y observar, identificando claramente el tronco de la pérdida, aunque después haya que tener en cuenta sus múltiples ramificaciones.

Sin embargo, en otras ocasiones, se hace obligatorio incluir en la idea de pérdida todas esas situaciones más abstractas, a menudo vinculadas a periodos fluidos de la vida que no se sabe bien cuándo empiezan o cuándo acaban pero que son fuente de pérdidas incalculables.

Pensemos, por ejemplo, en la vejez. Es una época de la vida que concluye con la muerte pero cuyo inicio cuesta identificar y conlleva por sí misma muchas pérdidas no concretas (al menos en su nombre): salud, presencia social, vulnerabilidad económica, soledad, miedo a un futuro que nadie conoce y un presente desconcertante… ¿Cómo debe ser estar al final, después de haber vivido tanto?

Pensemos en la pérdida “múltiple” de los niños y niñas que son adoptados -ya sea por las llamadas vías nacional o internacional- y que han perdido su contexto de origen: su familia, su hogar, su nacionalidad, su idioma, su nombre… Observemos a todos esos niños que han llegado a nuestro país desde puntos muy lejanos del planeta para ser protegidos y a aquellos que, habiendo nacido aquí, tienen que cambiar drásticamente de cuidadores por una medida judicial. Observemos también a esos adolescentes, jóvenes y adultos en los que se van convirtiendo con el paso de los años y planteémonos: ¿cómo debe ser estar dividido, sentir que una parte de quien eres viene de un “fuera” borroso o incierto?

Hablando de la separación y los orígenes, ¿qué ocurre con una persona inmigrante o alguien que vive en el exilio? ¿Cuántos colores tiene la pérdida de tu país? El desarraigo, la fragmentación entre la persona y su entorno, la vivencia de una brecha entre tu espacio actual y tu lugar de referencia describen una enorme pérdida en multitud de personas que pasa muchas veces desapercibida… Miremos a nuestro alrededor, a tantas personas que viven estas circunstancias de manera por razones muy diversas y planteémonos: ¿cómo es sentirse lejos?

Por último, parémonos a pensar en una persona homosexual. Es alguien que se ha criado (con suerte) en silencio, en un entorno sin referentes, con amenazas insidiosas de exclusión y mensajes explícitos de inadecuación. Eso si no viviendo situaciones de violencia, rechazo y falta de apoyo y aceptación por parte de las diferentes capas de su entorno a edades muy tempranas y comprometedoras para la formación de una identidad sólida y personalidad sana. Hagámonos una pregunta (o varias): ¿cómo es crecer sin tener claro qué otro tienes que ser?

Plantearse estas preguntas, además de un medio para ejercitar nuestra consideración amplia y diversa de la pérdida y el duelo, es sembrar semillas de compasión.

Foto. Colour: the spice of life, Peggy Reimchen

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¿Por qué dura tanto?

Foto. Horia Varlan

Hace dos semanas apuntamos que una de las razones por las que el duelo tarda tanto en “resolverse” es que, al ser tan complejo (al afectar a múltiples factores de muy diversa naturaleza) es necesario tener por delante un cierto periodo de tiempo para ponerlos en orden y que vayan manifestándose todos. Como es obvio, este periodo no puede ser corto.

Estoy peor ahora que hace unos meses. “Pensaba que el primer año (las primeras navidades, las primeras vacaciones) sería lo peor. Sin embargo, me encuentro peor este año”. Afirmaciones de este tipo son muy frecuentes entre las personas que acuden a terapia de duelo. ¿Cómo es posible?

También hemos mencionado en alguna ocasión que el duelo (porque es complejo) no es un proceso lineal. Si imaginamos un gráfico sencillo que ponga en relación el tiempo que va pasando desde la pérdida y el bienestar psicológico de la persona en duelo, es un error pensar que el gráfico será una línea recta ascendente (es decir, que en el duelo empezamos con malestar 100 en el minuto 1 y de ahí vamos restando malestar mientras sumamos tiempo). Por supuesto, sería fantástico. Diríamos: “¡buenas noticias! ahora mismo te quieres morir pero cada día, por poco que sea, por lento que vayas, te vas a ir encontrando un poquito mejor y nunca peor que ahora”.

Desgraciadamente, no funciona así. En mi opinión, un gráfico más acertado sería una línea relativamente ascendente (y solo relativamente) pero no recta, sino llena de zig-zags y planos. La oscilación se parecería a la que va marcando la aguja de un sismógrafo: arriba y abajo, arriba y abajo, ahora con más frecuencia, ahora con menos amplitud, ahora plano, de repente un subidón, otra vez plano, de golpe una caída brusca… Los momentos planos, sin subidas ni bajadas, ilustrarían tantos momentos en los que no se siente ni frío ni calor, la persona no sabe en qué punto se encuentra o, directamente, informa de que está “estancada”.

Cuando hemos compartido mucho tiempo -y de calidad- con alguien que se muere o que nos deja o a quien dejamos, podemos tener en un primer momento una conciencia compacta y global de lo importante que ha sido esa relación para nosotros. Sin embargo, no podemos tener una conciencia plena, desplegada, de todas y cada una de esas cosas que hemos compartido y, en definitiva, todo aquello que hacía que esa persona, esa relación, fuera importante para nosotros. Todo eso va desvelándose poco a poco. Un día nos acordamos de una cosa, otro día de otra. Mientras no llega el verano no podemos sentir plenamente lo que es un verano sin esa persona. Si todavía quedan meses hasta que me toque vivir por primera vez su cumpleaños, o el mío, nuestro aniversario, ese día que fue tan importante, sin esa persona… entonces habrá sensaciones nuevas dentro de unos meses. Hasta que me encuentro en un apuro que esa persona me resolvía no puedo notar su falta de esa manera concreta… Por eso el duelo dura tanto: porque echaremos de menos a esa persona en tantas ocasiones y en tantos aspectos que tienen que ir apareciendo con la espontaneidad del día a día. Para que vivamos todo aquello en lo que echaremos de menos a esa persona tiene que pasar tiempo.

Los recuerdos están ahí agazapados y, si su detonante aparece pasado mucho tiempo desde que se produjo la pérdida, su efecto también se producirá mucho tiempo después de esta, aun cuando otros aspectos del duelo ya estén resueltos. ¿Significa eso que he tenido una “recaída” en mi duelo? ¿Entonces es que estoy retrocediendo? ¿Me estoy estancando? No necesariamente. Si volvemos al gráfico del zig-zag convendremos en que una caída no es lo mismo que un retroceso, aunque sea una caída muy pronunciada. Podemos “caer”, tener un periodo peor dentro de nuestro proceso “malo” que es el duelo, pero eso no quiere decir que perdamos posiciones: ya hemos hecho un cierto recorrido, hemos integrado aspectos de nuestro duelo que quedan ahí y no se desvanecen, sino que sostienen nuestra trayectoria.

Por otro lado, cuando una pérdida es irreversible hay ciertas dimensiones del duelo que, por fuerza, lo son también. Siempre aparecerán recuerdos o siempre nos puede asaltar una chispa de emociones negativas que ya teníamos colocadas. Porque somos humanos y estas cosas nos pasan porque son naturales, no porque vayamos por mal camino. Pasan porque le damos vueltas a las cosas y las elaboramos, porque la vida es caótica y todos sus elementos están siempre en movimiento, chocando unos con otros. Y, si el duelo está suficientemente bien encaminado, tal como chocan, siguen su camino. Tal como vienen… se van.

Foto: “Wide view over the northern Transfagarasan”, Horia Varlan

El duelo, un proceso complejo

"..." de Pollobarba

El duelo -expresión de una gran pérdida- siempre da la palabra a infinidad de pequeñas y medianas pérdidas, materiales e inmateriales, que acompañan a ese desgarro principal, a ese gran titular que describe la gran separación. Por eso el duelo es tan largo: son tantas cosas, es tanto el material que, para vivirlo (ordenarlo, tomar conciencia de él, descubrirlo, darle una y mil vueltas), hace falta mucho tiempo.

En foros especializados se dice, por ejemplo, que el duelo de las personas adoptadas es un duelo “multifacético” o “multifactorial”: incluye muchas pérdidas y de diverso orden. Y así es, sin duda. Pero, en realidad, ¿qué duelo no lo es? ¿En qué duelo (cada uno con su especificidad) no se pierden miles de momentos (pasados, presentes y futuros), posesiones, perspectivas, identidad, relación, lo que se toca y lo que no se toca, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe, tantas caras de una misma pérdida? ¿Qué duelo es compacto, único, plano? El duelo siempre es multifacético, por eso decimos que es complejo. Ninguna pérdida significativa es una sola: todas vienen acompañadas de una infinidad de versiones parciales, daños colaterales de los que la persona va tomando conciencia durante su proceso.

El duelo, cuando es verdaderamente intenso y responde a una pérdida muy significativa, pone “en cuestión” nuestra estructura de la personalidad, nuestro marco existencial, nuestras creencias (sobre cómo funciona el mundo, sobre quiénes somos nosotros y los demás), nuestros valores (aquello a lo que damos importancia en nuestra vida: nuestra particular “agenda política” de prioridades), nuestros principios (las grandes líneas de actuación sobre las que regimos nuestro día a día y nuestras relaciones y que se nutren, por supuesto, de esos valores y creencias), nuestra red relacional (tan importante para nuestra supervivencia: el apoyo, la empatía, la ayuda recibidas).

En definitiva, nuestros grandes duelos ponen a prueba nuestro ser y estar en el mundo. Eso no significa, aunque a veces lo parezca, que nos desintegremos por completo y se nos vaya la cabeza definitivamente: la mayoría de las personas tenemos suficientes recursos como para resistir el embate de una gran pérdida sin por ello caer en una desintegración total de nuestro psiquismo y nuestra vida (recordemos que, incluso cuando es intenso, un duelo no deja de ser un proceso normal por el que pasamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida desde que el mundo es mundo). Pero ese cuestionamiento global sí nos indica la multifactorialidad del duelo, su complejidad.

Podríamos decir que el duelo es como un árbol robusto, alto, frondoso, con un tronco enorme y rugoso del que salen largas y poderosas ramas y de estas, otras ramas más finas y de estas, otras ramas más finas aún. Y todas ellas están cubiertas de cientos de hojas que, tintineantes, van cambiando de color, van cayéndose o dando lugar a flores, dejando espacio para los nidos de los pájaros, los saltos de los pequeños animalillos, la luz por unos lados sí y otros no, la sombra espesa. El duelo no es una columna lisa, es un árbol. Y un árbol nunca es solo un árbol: es un espacio enmarañado que cobija a otros seres y todos sus movimientos.

Foto: “…”. Pollobarba

 

 

Cinco cosas que el duelo NO es

"Another head hangs lowly" de Riccardo Romano

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, acuden cada semana a las consultas profesionales y a los grupos de ayuda mutua para recibir apoyo y acompañamiento en la integración de sus pérdidas. Poco a poco –y afortunadamente- va extendiéndose una nueva concepción del duelo, más abierta y profunda, con la ayuda inestimable de quienes comparten esta experiencia tan trascendental.

Sin embargo, y a pesar de los intentos de la psicología por ofrecer a la sociedad un acercamiento serio, riguroso y claro de lo que es el duelo, persisten hoy en día ciertas creencias erróneas al respecto que conviene ir desmontando poco a poco. Probemos, para ello, a comentar de manera resumida algunas de las cosas que el duelo no es.

El duelo NO es una enfermedad. El duelo actúa desestabilizando enormemente la vida de las personas, especialmente su psiquismo, que puede quedar seriamente alterado durante un cierto periodo de tiempo, variable de persona a persona. Para entendernos, esta alteración se manifiesta en lo que podríamos llamar un intenso malestar psicológico. Aunque la persona sienta que “se está volviendo loca”, aunque no se reconozca, aunque sea incapaz de llevar la misma vida que llevaba antes de la pérdida, incluso aunque tenga que convivir un una gran tristeza durante mucho tiempo, el duelo no es una enfermedad mental, no es una depresión y no requiere por sí mismo ninguna medicación para hacerlo desaparecer.

El duelo NO es algo que solo aparezca tras una muerte. El duelo es la reacción psicológica compleja que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. Tradicionalmente se ha asociado a pérdidas debidas a muerte, ya que, por su naturaleza drástica e irreversible, esas pérdidas tienden a ser acontecimientos clave en la biografía de una persona. Sin embargo, debemos ampliar el concepto de pérdida e incluir en él todo tipo de separaciones y rupturas (divorcios, el fin de una amistad), no cumplimiento de importantes proyectos o deseos (suspender un examen crucial, ser rechazado para un trabajo muy anhelado o por alguien con quien deseábamos establecer una relación, descubrir la infertilidad), cambios normativos y no normativos en el ciclo vital de una persona (conciencia de vejez, emancipación de los hijos e hijas, cambios de domicilio o de lugar de residencia), deterioro de la salud (envejecimiento, enfermedades, mutilaciones), cambios en la estructura de nuestra personalidad o marco de creencias (pérdida de la fe, decepciones importantes), sin olvidar aquellas situaciones vitales que, por su complejidad, dan lugar a un duelo multifacético (por ejemplo, en personas adoptadas).

El duelo NO es algo raro. Por mucho que ahora lo nombremos y señalemos, incluso aunque se haya convertido en una pujante materia de estudio dentro de la psicología y de otras disciplinas, el duelo no es algo excepcional ni novedoso. No es algo que acabemos de descubrir ni es algo que solo les pase a un cierto número de personas (aquellas con problemas psicológicos o tendentes a la melancolía). El duelo es un proceso psicológico normal por el que pasamos todas las personas en diferentes momentos de nuestra vida: cada vez que perdemos algo que nos importa o a alguien a quien nos sentimos especialmente vinculados. Y esto, con sus particularidades históricas y culturales, ha sido así siempre.

El duelo NO es algo simple. A pesar de que asociemos su manifestación al llanto y la tristeza y resolvamos su causa asociándola a la mera muerte de alguien, lo cierto es que entender el duelo está muy lejos de poder despacharse así. El duelo es un proceso complejo en sus causas, en sus manifestaciones y en su desarrollo. No es algo lineal, corto ni fácil de explicar. Aunque establezcamos generalizaciones derivadas de nuestra observación y experiencia, es un proceso enormemente misterioso además de personal e intransferible, del que cada persona puede dar cuenta sólo en la medida en que le permiten sus palabras (aun cuando a veces es imposible ponerle palabras al dolor).

El duelo NO es una cadena perpetua. Ya hemos dicho que la experiencia del duelo es intensa, que está asociada al malestar, que todas las personas pasamos por ella (para saber todo esto no hace falta leerlo en un blog, basta con mirarse a uno mismo) y, quizá, lo peor de todo: que puede ser muy larga. Pero el duelo no es una condena para toda la vida, aunque al principio lo parezca. El testimonio que cada uno podemos aportar y la experiencia profesional de quienes acompañamos durante un periodo de tiempo prolongado a personas en duelo nos dan la buena noticia: aunque nada vuelva a ser igual, la mayoría de la gente resuelve satisfactoriamente su duelo, es decir, puede continuar con su vida y sus relaciones de una manera normalizada y saludable.

A lo largo de los próximos meses iremos abordando en el blog éstas y otras cuestiones relacionadas con el duelo.

Foto: “Another head hangs lowly” de Riccardo Romano