Etiquetado: muerte

La seguridad, en lo importante

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Muchas compañías aseguradoras -algunas de ellas importantísimas empresas de nuestro país- están especializadas en gestionar seguros médicos y seguros de vida, entre otros, como no podía ser de otra manera. Si hay algo en lo que toda persona quiere estar segura es en lo importante. Queremos que nos atiendan bien, en lo que más nos importa y que, además, sea fácil acceder a ello. En definitiva, cuando sentimos dolor, cuando se nos rompe algo, no queremos más problemas: queremos cuidados y soluciones.

No entraremos aquí en un debate sobre lo público o lo privado, sobre la gestión de la sanidad o sobre la utilidad o la “cara b” de este tipo de empresas y servicios. Esta manera de funcionar existe y, si se encarga de temas importantes, tiene que esforzarse por mejorar. No debemos olvidar que la seguridad es una necesidad básica que encuentra sus cauces de satisfacción a través del intercambio, la presencia y la cercanía, por lo que los servicios destinados a ofrecerla tienen que ir evolucionando con el tiempo. En el fondo, lo que estas compañías están gestionando es el cuidado de cada persona por sí misma y, a su manera, el cuidado de unas personas por las otras.

Mutua Madrileña y Adeslas comparten itinerario a través de La Caixa, indicándonos en el apartado decesos que “La vida tiene momentos maravillosos que queremos que disfrutes, y momentos duros en los que queremos que no te ocupes de nada”, a lo que añaden, con alguna variación, “Todos los trámites, gestión, servicios y toda la ayuda que necesites en estos duros momentos, la encontrarás en el Seguro Todo Previsto”. Allianz, por su parte, nos exhorta: “Cuida tu calidad de vida, cuida tu salud”. Además, “En DKV nos gusta cuidar tu salud… y también la de tu familia”. Todas estas frases y eslóganes están bien formulados, aunque solo sea en términos publicitarios, ya que apuntan a lo que más preocupa a cualquier ser humano, lo admita o no: primero su salud y, segundo, pero relacionado con ella, su dolor.

Me consta que los profesionales de la psicología ya se están introduciendo en este tipo de compañías y que alguna, incluso, ha hecho algún pinito de interés en cuanto al tema del duelo. Que las grandes, medianas y pequeñas aseguradoras tengan en cuenta estos perfiles obedece a su objetivo de ofrecer un servicio más completo a sus clientes, un servicio no solo basado en trámites o medicinas, sino estructurado en torno a una visión integral de la pérdida. Tiene mucho sentido que unas y otras empresas lo hagan pero, centrándonos sobre todo en aquellas con mayor capacidad de acción y experiencia, asalta la pregunta: ¿conocen de verdad las grandes aseguradoras la importancia de la atención al duelo cuando diseñan sus planes de acción y sus carteras de servicios? Y, si la conocen, ¿a qué están esperando para completar su trabajo con una atención a la pérdida y el duelo que está íntimamente ligada a la labor que ya desempeñan y que debe ir más allá de acciones puntuales o tímidas?

Cuidar la salud, cuidar la calidad de vida, proporcionar lo que se necesita en los momentos más duros pasa de manera indiscutible por dar a conocer, ofrecer y proporcionar a las personas que lo necesiten una atención psicológica en duelo especializada y cualificada.

Foto. Hinc Sanitas Edinburgh, Roel Wijnants

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La muerte sigue siendo escandalosa

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El pasado 9 de febrero la agencia de noticias Europa Press dio a conocer a través de su página de Facebook un artículo publicado en Infosalus.com con el titular Describen en pacientes con cáncer avanzado los signos clínicos antes de fallecer. Dicho artículo informaba de un estudio publicado en Cancer, revista revisada por la Sociedad Americana del Cáncer, que revelaba hasta “ocho signos físicos muy específicos que, si están presentes, sugieren fuertemente que un paciente va a morir dentro de tres días”. ¿No es increíble? ¿No te parece útil, curioso, interesante? ¿No te parece un gran avance en el conocimiento del hecho físico de la muerte, probablemente el hecho más inherente a todo ser viviente junto con el nacimiento? Pues lo sorprendente para mí fue descubrir que a mucha gente la noticia le pareció una aberración.

La muerte –como el nacimiento- es, desde hace algunas décadas, un acontecimiento férreamente medicalizado en las sociedades con gran desarrollo técnico y científico. No profundizaremos ahora en ello (aunque conviene apuntar que dicha medicalización ha contribuido a alimentar una ilusión de inmortalidad en gran parte de la población, una ilusión de omnipotencia en la profesión médica y, de ahí, un furioso rechazo y negación de todo lo que tenga que ver con la realidad inexorable de que, antes o después, la muerte biológica siempre va a vencer a la vida biológica).

Parecería, en cualquier caso, evidente, que esa medicalización quisiera generar un conocimiento profundo, técnico (objetivo, si se quiere) de las características y parámetros del hecho físico-químico de morir. De ahí que se pongan en marcha estudios como el publicado en la revista Cancer.

Recuerdo la primera formación que recibí sobre acompañamiento y relación de ayuda a “pacientes terminales” (entonces aún se llamaban así), hace aproximadamente diez años. Entre otras cosas, además de explicarnos cómo se cuida de una persona gravemente enferma, nos explicaron algunos signos físicos que indicaban que la muerte está muy próxima. El ejemplo más típico son los estertores (esa forma peculiar de respirar que tiene la persona justo antes de expirar). Conocer y saber reconocer este tipo de signos es necesario y conveniente cuando se cuida de alguien al que le queda poco tiempo de vida, para no ponerse nervioso y confundirlos con empeoramiento, caer presa del pánico y proporcionar una ayuda más deficiente de lo que seríamos capaces.

Los autores del estudio comentaban que, gracias a sus hallazgos, “vamos a poder ayudar a médicos, enfermeras y familias a reconocer mejor el proceso de la muerte y, a su vez, ofrecer una mejor atención a los pacientes en los últimos días de vida”. De hecho, en el artículo de Infosalus.com se expresaba que “Saber si el paciente va a morir inminentemente también puede resultar relevante para que los cuidadores familiares tomen muchas decisiones personales, como si el paciente quiere pasar la noche en el hospital o si un hijo aún tiene tiempo para viajar a ver a su padre”.

Pues bien, a la publicación de la noticia en Facebook por parte de Europa Press siguió un alud de comentarios escandalizados con el hecho de que se hablara de tal tema y mucho más con que lo hiciera un medio de supuesto prestigio. Unas cuantas personas dijeron que aquello era una vergüenza, algo asqueroso, desagradable “para empezar un lunes”, morboso, utilitarista; había personas que, agraviadas, pensaban dejar de informarse “desde ya” a través de Europa Press; afirmaban que la noticia no aportaba nada nuevo a la comunidad médica y que bastante tenían los enfermos con soportar su enfermad como para leer este tipo de noticias “tontas” e “insensibles”; había personas heridas en sus sentimientos, que acusaban a la publicación de frivolizar (!) con un tema tan duro, personas que creían que ese tipo de información es innecesaria (!) o que encontraban la noticia “de mal gusto” y poco empática… Y así uno tras otro, docenas de comentarios ofendidos y llenos de indignación.

Pensé inmediatamente en la doctora Elisabeth Kübler-Ross. Esta psiquiatra comenzó a prestar atención a los pacientes al final de vida y a conocer, gracias a ellos, las características de la muerte, acercándose a sus camas de hospital y conversando con ellos. Pensé en el tremendo escándalo que su trabajo generó a principios de los años 60, fruto de una mentalidad absolutamente horrorizada ante el hecho de que alguien, una doctora hecha y derecha, pareciera decirle a la cara a la sociedad: “Nadie lo quiere, veo todo el dolor que te supone, no me extraña que esto te deprima o te enfade… pero, te pongas como te pongas, te vas a morir como todo el mundo y ni toda tu evitación ni toda tu negación (legítimas y necesarias, a pesar de su coste, incluso cuando las expresas a patadas) van a cambiar eso. Probemos a conocer aquello que tememos, por si puede ayudarnos a soportarlo mejor”.

Nunca pensé que tendría que ver, en el año 2015, exactamente las mismas reacciones furibundas que hace cincuenta años. Eso no significa que no las entienda. Claro que las entiendo: nadie quiere morir, nadie quiere que su ser querido se muera, nadie quiere verse en esa situación en la que te puede ser útil saber en qué consiste morirse para que puedas vivir con mayor conciencia y serenidad tu propia muerte o la de que aquella persona a la que quieres. Pienso en qué duro debe haber sido para todas esas personas que han pasado o están pasando por una enfermedad mortal o que han visto a alguien querido fallecer por una enfermedad el haber leído un artículo como este justo cuando lo que necesitaban habría sido lo contrario. ¡Cuánto sentido tiene patalear, tirar de los pelos a aquel que te explica lo que no necesitas!

Me quedo con lo interesante que es tomarle el pulso a una parte de la sociedad a la que uno pertenece en cuanto a su tolerancia a hablar sobre la muerte. También me quedo con la lección que incluye: ser siempre cuidadosos con lo que decimos y escribimos (hay gente a la que le resulta intolerable que se quiera conocer y divulgar en qué consiste la muerte y estamos obligados a respetarlo) y ser cuidadosos con lo que leemos, con lo que nos dejamos ver o nos permitimos escuchar, con lo que buscamos (no sea que lo encontremos). Cuidarnos unos a otros es recordar que detrás del dolor expresado, quizá, hay otro dolor que está oculto, además de un tesoro por respetar.

Foto. Hospital, Jing

Los aspectos culturales del duelo (III): los rituales

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Según la definición de la RAE, ritual significa “costumbre o ceremonia”.
Como costumbre, es algo que se repite de una manera más o menos estandarizada aunque, en realidad, hay rituales que sólo se realizan una vez y con eso basta (es decir, son más ceremonias que costumbres). Como ceremonia, es una “acción exterior” (por tanto, visible, aunque sea privada) “arreglada para dar culto a las cosas divinas o reverencia y honor a las profanas”.
Es decir, existen varios componentes esenciales en la idea de ritual: repetición (a veces), celebración, culto/honor/reverencia/homenaje, visibilidad… Habría que añadir aquí que el ritual es una conducta más o menos compleja que organiza parte del mundo simbólico de la persona para expresarla de forma concreta. En términos de proceso de duelo lo consideramos necesariamente una conducta, pero una conducta que no es nada sino como vehículo de expresión emocional, cognitiva y somática, al margen del componente relacional reducido (respecto a la persona o personas objeto del acto) o amplio (si es compartido).

En este post merecen nuestra especial atención este segundo tipo (no los rituales que cada uno hace en soledad o con sus seres allegados, en privado, diseñados especialmente para la ocasión, sino los compartidos, institucionalizados y que todos más o menos cumplimos de la misma manera). Entre ellos incluimos el visitar a la familia del fallecido en un tanatorio, celebrar un funeral y vestirse de negro, entre otras cosas. Como hemos estado diciendo, de una manera u otra estas costumbres y ceremonias en las que todos participamos en un momento u otro se construyen en nuestro contexto sociocultural y, por tanto, están configurados por importantes (aunque variopintas y cambiantes) constricciones geográficas y temporales.

Dichas constricciones, que son históricas, varían de un lugar a otro y de un momento histórico a otro, de manera que las personas nos vamos indicando mutuamente qué está bien o mal en el duelo, es decir, qué es socialmente aceptable y digno de reconocimiento y qué no lo es. Cuando decimos que el momento histórico importa nos referimos a que las costumbres y ceremonias socialmente permitidas ante la muerte de alguien en el Madrid de 2014 no son las mismas que las que estaban permitidas en el Madrid de 1930 ni en el Madrid del siglo XVIII. Cuando decimos que el lugar importa nos referimos a que, cuando alguien muere, no se hace lo mismo en Irak que en Suecia, ni en Etiopía que en China. Ni en una ciudad que en un pueblo. Todo tiene su sentido, su función, sus ventajas y desventajas prácticas. Lo más importante es ver qué efectos tiene sobre la persona en duelo, si responde o no a sus necesidades y si le hace más bien o más mal.

Hace poco hemos pasado por la festividad del 1 de noviembre, que en los países de mayoría oficial cristiana se llama “de todos los Santos”. Parecería que en un mundo tan secularizado como el nuestro una festividad así estaría desvaída y en desuso. Sin embargo, sigue marcada en el calendario como un día festivo, los medios de comunicación se hacen importante eco al respecto y, lo que es más significativo, sigue convocando a miles y miles de personas en torno a las costumbres y ceremonias esperadas. Aún en 2014 mucha gente acude a los cementerios, se reúne, se concentra, participa de un gigantesco ritual compartido que puede o no tener un significado profundo para ellos, pero que está relacionado con la muerte de sus seres queridos y con su participación en sociedad. En el día de todos los Santos se mezcla el recogimiento y la conexión con la historia de duelos de las personas que participan con la algarabía y movimiento de tanta gente concentrada a la vez en los cementerios e iglesias de pueblos y ciudades. Sobre todo en las localidades más pequeñas, la visibilidad social se hace máxima, tomando especial relevancia el componente de participación comunitaria y de vecindad (que, en ocasiones, puede llegar incluso a incomodar, ya que, como toda tradición muy arraigada, lleva consigo la presión social para formar parte de ella y no transgredir: los rituales nos definen como comunidad y, aquellos que tienen que ver con la religión y, por tanto, con una determinada gestión de la pérdida, tienen un arraigo ancestral tanto individual como sociológico del que no es fácil sustraerse).

Los aspectos sociológicos, psicosociales y antropológicos del duelo constituyen un extenso campo de estudio y reflexión que es difícil de trasladar a este blog. Sin embargo, dado que impregnan muchos otros temas de los que sí continuaremos hablando aquí, tendremos oportunidad de regresar a ellos.

Foto: Grief, Sonny Abesamis

Los aspectos culturales del duelo (I): la socialización

Foto. "Human behavior". Procsilas Moscas

Todo lo relacionado con la muerte, como tantas cosas en nuestra vida, está fuertemente marcado por cuestiones socioculturales. El duelo no iba a ser una excepción.

Cuando hablamos del duelo desautorizado, dijimos que este concepto hace referencia a la dimensión compartida, pública, de nuestra vida. Es decir, que tiene que ver con la cultura a la que pertenecemos y en la que hemos desarrollado nuestro mundo psíquico a través de diferentes procesos de socialización que se dan con el tiempo.

Al principio, vivimos una socialización primaria. Se trata de lo que vemos en casa cuando convivimos con nuestra familia, que se encarga de cuidar de nosotros, de educarnos y de darnos normas y límites de comportamiento. Así, nos transmite los rudimentos necesarios para que nos manejemos en el lugar y el momento en el que hemos caído.

A este proceso se le une luego la socialización secundaria, que se da fundamentalmente en la escuela, donde convivimos con nuestros iguales (además de con otros adultos de referencia). Estos añaden información a la que hemos recibido en casa: normas, límites, el bien, el mal, lo que debemos y no debemos hacer. Sobre múltiples aspectos. También sobre cómo vivir el dolor.

Y así, sucesivamente, van coexistiendo en nosotros diferentes capas de socialización, pues es un proceso que nunca finaliza del todo: nunca dejamos de influirnos, controlarnos, moldearnos unos a otros.

Lo habéis adivinado: los diferentes escenarios y agentes de socialización con los que nos encontramos en nuestra vida no siempre nos transmiten los mismos contenidos, sino que, incluso, pueden entrar en graves contradicciones. Es en esas fricciones como se va forjando nuestra personalidad, nuestro marco de referencia para manejarnos por el mundo. Toda esa estructura psíquica, manifestada luego en nuestra conducta, es el resultado más o menos exitoso de nuestro intento por conciliar ese caos de mensajes que empezamos a recibir desde que nacemos.

Por eso, nuestras experiencias íntimas y compartidas de la pérdida, el dolor, la muerte, están fuertemente marcadas por lo que vemos en casa y, además, por lo que vemos que otros han visto en sus casas. Si en casa se expresan las ideas, acciones, emociones que siguen a una pérdida de manera más o menos abierta y libre, el niño tiene una oportunidad para aprender que puede expresarse: que el silencio, el misterio y la fragmentación no son los protagonistas. Puede que no lo aprenda, es cierto, pero se le da una valiosa oportunidad. Si en casa, en cambio, se excluye al niño, se impone la incomunicación, se desautorizan aspectos importantes que necesitan ser expresados o existe una vivencia demasiado desestructurada y desadaptativa ante una pérdida importante… el niño recibe un ejemplo diferente sobre lo que significa el dolor y sobre lo que puede hacer con él.

Si sumamos todas las casas, a lo largo del tiempo, vamos conformando lo que nos dice la cultura a la que pertenecemos sobre qué hacer y no hacer con el dolor y la muerte.

Por supuesto, en cada casa se hace lo que se puede: cada uno hace lo que ha aprendido y ha aprendido de lo que le han enseñado. Y es muy difícil que alguien aprenda lo que no se le enseña o que enseñe lo que no ha podido aprender. No entraremos ahora en eso. Simplemente tengamos en cuenta que cuando vivimos el dolor estamos viviendo, en parte, a través de los ejemplos que hemos recibido y a través de lo que, entre todos, en sociedad, vamos acordando que es lo deseable en este momento histórico que compartimos.

Dado que el tema incluye cuestiones antropológicas, sociológicas, psicosociales, etc., es demasiado amplio como para abarcarlo en un solo post. No obstante, por su importancia, seguiremos prestándole atención en próximas entradas.

Foto. “Human behavior”. Procsilas Moscas

10 mitos sobre el duelo

Ornickarr Greenbarrow

Como ya vimos en el post 5 cosas que el duelo no es, el duelo es todavía una experiencia muy desconocida y sobre la que persisten creencias erróneas que nos conviene ir reformulando.

Para completar lo que ya comentamos entonces presentamos a continuación 10 de esos presupuestos con los que la sociedad en general, incluyendo a menudo a las personas en duelo, se va moviendo dentro de la confusión:

MITO 1 El duelo se resuelve aproximadamente en un año. No es cierto. El duelo es un proceso complejo y muy personal, por lo que el periodo de tiempo para “resolverlo” satisfactoriamente varía en función de múltiples factores. En cualquier caso, dura tanto como cada persona necesita. Lo que sí es cierto es que en el duelo tienen una gran importancia las fechas, festividades y aniversarios, así como los diferentes periodos del calendario. Vivir cada ocasión por primera vez sin la persona fallecida son hitos importantes en el proceso y, para que eso suceda, hace falta (al menos) un año.

MITO 2 El duelo es como una depresión. De hecho, son términos prácticamente sinónimos. Ya dijimos que es un grave error confundir el duelo con una enfermedad, por ejemplo, con la depresión. Aunque ambos comparten en ocasiones ciertas manifestaciones (abatimiento, desilusión, tristeza profunda, llanto, desapego de la vida, apatía), conviene recordar que la depresión es una enfermedad mental con sus propias causas y criterios diagnósticos y hay que diferenciarla del duelo, que es una reacción normal y adaptativa ante la pérdida de algo o alguien significativo.

MITO 3 Dentro de los diferentes tipos de muerte, hay unas que son peores que otras. No podemos convertir el duelo en una competición de méritos para ver quién ha tenido la peor desgracia y quién está sufriendo más. Nadie está dentro de nuestra mente ni de nuestro corazón para comprobar cuánto nos importaba lo que hemos perdido. Sin embargo, en duelo podemos hablar de factores de riesgo de complicación que, como su nombre indica, apuntan al riesgo (no a la seguridad) de que ese duelo generará más sufrimiento y evolucionará peor que otros.

MITO 4 Cuando la muerte es “natural”, sobre todo de una persona mayor, no genera duelo. En el duelo, al final, quitadas todas las capas superficiales, lo que importa es la vinculación que yo tenía con quien he perdido: qué significaba para mí, por qué necesitaba a esa persona, quién era yo gracias a ella. Una muerte puede ser, aparentemente, muy “inocente”, con todos los componentes de naturalidad y normalidad y, sin embargo, estar acompañada de ciertos factores de riesgo que puedan complicar en un momento u otro ese duelo. Y, en última instancia, aunque no concurra ningún factor de riesgo, ya hemos dicho que nadie es quién para juzgar cuánto nos duele lo que hemos perdido.

MITO 5 Los hombres lo llevan mejor, para ellos es diferente, se recuperan antes. Durante años se ha hablado del duelo “en hombres” y el duelo “en mujeres”. Con la llegada de enfoques más modernos, ha empezado a hablarse de “duelo masculino” (más dado a la acción, orientado a “continuar con la vida”) y “duelo femenino” (más dado a la introspección, al hablar y compartir sentimientos, orientado a la pérdida). De esta manera, si bien es cierto que los hombres tienden a tener un cierto tipo de duelo y las mujeres tienden a tener otro, puede haber hombres que desarrollen un duelo más “femenino” y mujeres que desarrollen un duelo más “masculino”. O que cada uno, en diferentes momentos de su proceso, pasen por ambos tipos de duelo. Cada uno hace lo que puede con su pérdida y organiza su experiencia como puede y como sabe para poder soportarla.

MITO 6 Quien más llora es quien más dolor tiene. Ya hemos dicho que el duelo es un proceso complejo y misterioso, donde están presentes muchas emociones, muy alteradas, mezcladas, como en una explosión o ebullición muy desordenada. No reduzcamos duelo a tristeza y, por tanto, a llanto. En el duelo también hay culpa, rabia, miedo y vergüenza. Y, aunque parezca mentira, también hay alegría y sorpresas y momentos de paz y de estar en otras cosas. El llanto es solo una manera más de expresar el dolor y puede ser muy tramposo (hay gente con mucha facilidad para llorar y eso no significa que estén fatal; también hay gente que no llora nunca o casi nunca –o la que no vemos hacerlo porque ya viene “llorada” de casa– y eso no significa por sí mismo que sean más fuertes o se encuentren mejor).

MITO 7 Las personas jóvenes lo llevan mejor. Tienen toda la vida por delante, pueden tener más hijos, encontrar otras parejas… Si has leído hasta aquí podrás adivinar por dónde van los tiros: ser joven no significa ser más feliz, igual que ser hombre no significa ser más fuerte, ni ser mujer es ser más sensible. Las personas jóvenes, como las de más edad, tienen sus propios recursos pero también sus desventajas. No todos los jóvenes son iguales y también en la juventud están presentes los factores de riesgo para que el duelo se complique. En cualquier caso, como no nos vamos a cansar de repetir, el respeto siempre por encima: da igual tener toda la vida por delante (¿quién la tiene?) y con ello miles de oportunidades. Al final, todos somos seres humanos y a cada uno nos duele lo que nos duele.

MITO 8 Para resolver el duelo lo que hay que hacer es despedirse de la persona. Desgraciadamente, típico ejemplo de receta que los y las profesionales de la psicología que no saben mucho sobre duelo dan a las personas en duelo. Despedirse, dejar ir, soltar… Claro que todo esto está presente en el duelo y es necesario para dar pasos adelante. Pero todo en su justo momento (y el justo momento solo puede indicarlo la persona en duelo). A menudo, sobre todo al principio, hay una necesidad imperiosa, poderosa, ineludible y llena de contenido: la de no despedirse, no decir adiós, no dejar ir, no todavía. ¡Respetémosla!

MITO 9 Lo mejor que puede hacer una persona en duelo (y cuanto antes) para recuperarse es pasar página y orientarse a la vida. Centrarse en la pérdida es de depresivos. De todas partes le vienen a la persona en duelo consejos, sugerencias, ¡órdenes! que le indican que lo que le conviene es seguir adelante, que ya es el momento, que ya ha pasado mucho tiempo y que estar dándole vueltas a la pérdida no le hace ningún bien. No lo olvidemos nunca: el duelo es un proceso muy complejo y muy misterioso y, cuando aparece, parece invadirlo todo y ocupar toda nuestra vida, pero no olvidemos que ahí dentro cabe todo y que hay un momento para centrarnos en el dolor y otro momento para orientarnos a la vida. Y ambos momentos son necesarios.

Y MITO 10 El duelo es un proceso lineal de cinco fases (shock, negación, negociación, depresión y aceptación); vamos saltando de una en una hasta llegar a la quinta y, una vez ahí, todo habrá acabado. Durante décadas se ha consolidado la creencia simplista de que todo duelo tiene cinco fases por las que todo el mundo pasa, normalmente en el mismo orden hasta, felizmente, dejarlo correctamente elaborado. Cierto es que el duelo es un proceso dinámico (con cambios) por lo que a la fuerza tiene que poder dividirse en algún tipo de fases o etapas, pero de ningún modo todo el mundo pasa por todas ellas, ni en el mismo orden. De hecho, otras importantes aproximaciones teóricas más modernas no hablan de fases, sino de tareas, procesos duales, reconstrucción de significados… sin limitarse a reducirlo todo a una concepción clásica pero que se ha quedado obsoleta en algunos aspectos. Lo veremos en próximos posts.

Foto: Walls don’t cry, Ornickarr Greenbarrow

¿Por qué dura tanto?

Foto. Horia Varlan

Hace dos semanas apuntamos que una de las razones por las que el duelo tarda tanto en “resolverse” es que, al ser tan complejo (al afectar a múltiples factores de muy diversa naturaleza) es necesario tener por delante un cierto periodo de tiempo para ponerlos en orden y que vayan manifestándose todos. Como es obvio, este periodo no puede ser corto.

Estoy peor ahora que hace unos meses. “Pensaba que el primer año (las primeras navidades, las primeras vacaciones) sería lo peor. Sin embargo, me encuentro peor este año”. Afirmaciones de este tipo son muy frecuentes entre las personas que acuden a terapia de duelo. ¿Cómo es posible?

También hemos mencionado en alguna ocasión que el duelo (porque es complejo) no es un proceso lineal. Si imaginamos un gráfico sencillo que ponga en relación el tiempo que va pasando desde la pérdida y el bienestar psicológico de la persona en duelo, es un error pensar que el gráfico será una línea recta ascendente (es decir, que en el duelo empezamos con malestar 100 en el minuto 1 y de ahí vamos restando malestar mientras sumamos tiempo). Por supuesto, sería fantástico. Diríamos: “¡buenas noticias! ahora mismo te quieres morir pero cada día, por poco que sea, por lento que vayas, te vas a ir encontrando un poquito mejor y nunca peor que ahora”.

Desgraciadamente, no funciona así. En mi opinión, un gráfico más acertado sería una línea relativamente ascendente (y solo relativamente) pero no recta, sino llena de zig-zags y planos. La oscilación se parecería a la que va marcando la aguja de un sismógrafo: arriba y abajo, arriba y abajo, ahora con más frecuencia, ahora con menos amplitud, ahora plano, de repente un subidón, otra vez plano, de golpe una caída brusca… Los momentos planos, sin subidas ni bajadas, ilustrarían tantos momentos en los que no se siente ni frío ni calor, la persona no sabe en qué punto se encuentra o, directamente, informa de que está “estancada”.

Cuando hemos compartido mucho tiempo -y de calidad- con alguien que se muere o que nos deja o a quien dejamos, podemos tener en un primer momento una conciencia compacta y global de lo importante que ha sido esa relación para nosotros. Sin embargo, no podemos tener una conciencia plena, desplegada, de todas y cada una de esas cosas que hemos compartido y, en definitiva, todo aquello que hacía que esa persona, esa relación, fuera importante para nosotros. Todo eso va desvelándose poco a poco. Un día nos acordamos de una cosa, otro día de otra. Mientras no llega el verano no podemos sentir plenamente lo que es un verano sin esa persona. Si todavía quedan meses hasta que me toque vivir por primera vez su cumpleaños, o el mío, nuestro aniversario, ese día que fue tan importante, sin esa persona… entonces habrá sensaciones nuevas dentro de unos meses. Hasta que me encuentro en un apuro que esa persona me resolvía no puedo notar su falta de esa manera concreta… Por eso el duelo dura tanto: porque echaremos de menos a esa persona en tantas ocasiones y en tantos aspectos que tienen que ir apareciendo con la espontaneidad del día a día. Para que vivamos todo aquello en lo que echaremos de menos a esa persona tiene que pasar tiempo.

Los recuerdos están ahí agazapados y, si su detonante aparece pasado mucho tiempo desde que se produjo la pérdida, su efecto también se producirá mucho tiempo después de esta, aun cuando otros aspectos del duelo ya estén resueltos. ¿Significa eso que he tenido una “recaída” en mi duelo? ¿Entonces es que estoy retrocediendo? ¿Me estoy estancando? No necesariamente. Si volvemos al gráfico del zig-zag convendremos en que una caída no es lo mismo que un retroceso, aunque sea una caída muy pronunciada. Podemos “caer”, tener un periodo peor dentro de nuestro proceso “malo” que es el duelo, pero eso no quiere decir que perdamos posiciones: ya hemos hecho un cierto recorrido, hemos integrado aspectos de nuestro duelo que quedan ahí y no se desvanecen, sino que sostienen nuestra trayectoria.

Por otro lado, cuando una pérdida es irreversible hay ciertas dimensiones del duelo que, por fuerza, lo son también. Siempre aparecerán recuerdos o siempre nos puede asaltar una chispa de emociones negativas que ya teníamos colocadas. Porque somos humanos y estas cosas nos pasan porque son naturales, no porque vayamos por mal camino. Pasan porque le damos vueltas a las cosas y las elaboramos, porque la vida es caótica y todos sus elementos están siempre en movimiento, chocando unos con otros. Y, si el duelo está suficientemente bien encaminado, tal como chocan, siguen su camino. Tal como vienen… se van.

Foto: “Wide view over the northern Transfagarasan”, Horia Varlan

El duelo, un proceso complejo

"..." de Pollobarba

El duelo -expresión de una gran pérdida- siempre da la palabra a infinidad de pequeñas y medianas pérdidas, materiales e inmateriales, que acompañan a ese desgarro principal, a ese gran titular que describe la gran separación. Por eso el duelo es tan largo: son tantas cosas, es tanto el material que, para vivirlo (ordenarlo, tomar conciencia de él, descubrirlo, darle una y mil vueltas), hace falta mucho tiempo.

En foros especializados se dice, por ejemplo, que el duelo de las personas adoptadas es un duelo “multifacético” o “multifactorial”: incluye muchas pérdidas y de diverso orden. Y así es, sin duda. Pero, en realidad, ¿qué duelo no lo es? ¿En qué duelo (cada uno con su especificidad) no se pierden miles de momentos (pasados, presentes y futuros), posesiones, perspectivas, identidad, relación, lo que se toca y lo que no se toca, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe, tantas caras de una misma pérdida? ¿Qué duelo es compacto, único, plano? El duelo siempre es multifacético, por eso decimos que es complejo. Ninguna pérdida significativa es una sola: todas vienen acompañadas de una infinidad de versiones parciales, daños colaterales de los que la persona va tomando conciencia durante su proceso.

El duelo, cuando es verdaderamente intenso y responde a una pérdida muy significativa, pone “en cuestión” nuestra estructura de la personalidad, nuestro marco existencial, nuestras creencias (sobre cómo funciona el mundo, sobre quiénes somos nosotros y los demás), nuestros valores (aquello a lo que damos importancia en nuestra vida: nuestra particular “agenda política” de prioridades), nuestros principios (las grandes líneas de actuación sobre las que regimos nuestro día a día y nuestras relaciones y que se nutren, por supuesto, de esos valores y creencias), nuestra red relacional (tan importante para nuestra supervivencia: el apoyo, la empatía, la ayuda recibidas).

En definitiva, nuestros grandes duelos ponen a prueba nuestro ser y estar en el mundo. Eso no significa, aunque a veces lo parezca, que nos desintegremos por completo y se nos vaya la cabeza definitivamente: la mayoría de las personas tenemos suficientes recursos como para resistir el embate de una gran pérdida sin por ello caer en una desintegración total de nuestro psiquismo y nuestra vida (recordemos que, incluso cuando es intenso, un duelo no deja de ser un proceso normal por el que pasamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida desde que el mundo es mundo). Pero ese cuestionamiento global sí nos indica la multifactorialidad del duelo, su complejidad.

Podríamos decir que el duelo es como un árbol robusto, alto, frondoso, con un tronco enorme y rugoso del que salen largas y poderosas ramas y de estas, otras ramas más finas y de estas, otras ramas más finas aún. Y todas ellas están cubiertas de cientos de hojas que, tintineantes, van cambiando de color, van cayéndose o dando lugar a flores, dejando espacio para los nidos de los pájaros, los saltos de los pequeños animalillos, la luz por unos lados sí y otros no, la sombra espesa. El duelo no es una columna lisa, es un árbol. Y un árbol nunca es solo un árbol: es un espacio enmarañado que cobija a otros seres y todos sus movimientos.

Foto: “…”. Pollobarba

 

 

Cinco cosas que el duelo NO es

"Another head hangs lowly" de Riccardo Romano

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, acuden cada semana a las consultas profesionales y a los grupos de ayuda mutua para recibir apoyo y acompañamiento en la integración de sus pérdidas. Poco a poco –y afortunadamente- va extendiéndose una nueva concepción del duelo, más abierta y profunda, con la ayuda inestimable de quienes comparten esta experiencia tan trascendental.

Sin embargo, y a pesar de los intentos de la psicología por ofrecer a la sociedad un acercamiento serio, riguroso y claro de lo que es el duelo, persisten hoy en día ciertas creencias erróneas al respecto que conviene ir desmontando poco a poco. Probemos, para ello, a comentar de manera resumida algunas de las cosas que el duelo no es.

El duelo NO es una enfermedad. El duelo actúa desestabilizando enormemente la vida de las personas, especialmente su psiquismo, que puede quedar seriamente alterado durante un cierto periodo de tiempo, variable de persona a persona. Para entendernos, esta alteración se manifiesta en lo que podríamos llamar un intenso malestar psicológico. Aunque la persona sienta que “se está volviendo loca”, aunque no se reconozca, aunque sea incapaz de llevar la misma vida que llevaba antes de la pérdida, incluso aunque tenga que convivir un una gran tristeza durante mucho tiempo, el duelo no es una enfermedad mental, no es una depresión y no requiere por sí mismo ninguna medicación para hacerlo desaparecer.

El duelo NO es algo que solo aparezca tras una muerte. El duelo es la reacción psicológica compleja que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. Tradicionalmente se ha asociado a pérdidas debidas a muerte, ya que, por su naturaleza drástica e irreversible, esas pérdidas tienden a ser acontecimientos clave en la biografía de una persona. Sin embargo, debemos ampliar el concepto de pérdida e incluir en él todo tipo de separaciones y rupturas (divorcios, el fin de una amistad), no cumplimiento de importantes proyectos o deseos (suspender un examen crucial, ser rechazado para un trabajo muy anhelado o por alguien con quien deseábamos establecer una relación, descubrir la infertilidad), cambios normativos y no normativos en el ciclo vital de una persona (conciencia de vejez, emancipación de los hijos e hijas, cambios de domicilio o de lugar de residencia), deterioro de la salud (envejecimiento, enfermedades, mutilaciones), cambios en la estructura de nuestra personalidad o marco de creencias (pérdida de la fe, decepciones importantes), sin olvidar aquellas situaciones vitales que, por su complejidad, dan lugar a un duelo multifacético (por ejemplo, en personas adoptadas).

El duelo NO es algo raro. Por mucho que ahora lo nombremos y señalemos, incluso aunque se haya convertido en una pujante materia de estudio dentro de la psicología y de otras disciplinas, el duelo no es algo excepcional ni novedoso. No es algo que acabemos de descubrir ni es algo que solo les pase a un cierto número de personas (aquellas con problemas psicológicos o tendentes a la melancolía). El duelo es un proceso psicológico normal por el que pasamos todas las personas en diferentes momentos de nuestra vida: cada vez que perdemos algo que nos importa o a alguien a quien nos sentimos especialmente vinculados. Y esto, con sus particularidades históricas y culturales, ha sido así siempre.

El duelo NO es algo simple. A pesar de que asociemos su manifestación al llanto y la tristeza y resolvamos su causa asociándola a la mera muerte de alguien, lo cierto es que entender el duelo está muy lejos de poder despacharse así. El duelo es un proceso complejo en sus causas, en sus manifestaciones y en su desarrollo. No es algo lineal, corto ni fácil de explicar. Aunque establezcamos generalizaciones derivadas de nuestra observación y experiencia, es un proceso enormemente misterioso además de personal e intransferible, del que cada persona puede dar cuenta sólo en la medida en que le permiten sus palabras (aun cuando a veces es imposible ponerle palabras al dolor).

El duelo NO es una cadena perpetua. Ya hemos dicho que la experiencia del duelo es intensa, que está asociada al malestar, que todas las personas pasamos por ella (para saber todo esto no hace falta leerlo en un blog, basta con mirarse a uno mismo) y, quizá, lo peor de todo: que puede ser muy larga. Pero el duelo no es una condena para toda la vida, aunque al principio lo parezca. El testimonio que cada uno podemos aportar y la experiencia profesional de quienes acompañamos durante un periodo de tiempo prolongado a personas en duelo nos dan la buena noticia: aunque nada vuelva a ser igual, la mayoría de la gente resuelve satisfactoriamente su duelo, es decir, puede continuar con su vida y sus relaciones de una manera normalizada y saludable.

A lo largo de los próximos meses iremos abordando en el blog éstas y otras cuestiones relacionadas con el duelo.

Foto: “Another head hangs lowly” de Riccardo Romano