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Cinco cosas que el duelo NO es

"Another head hangs lowly" de Riccardo Romano

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, acuden cada semana a las consultas profesionales y a los grupos de ayuda mutua para recibir apoyo y acompañamiento en la integración de sus pérdidas. Poco a poco –y afortunadamente- va extendiéndose una nueva concepción del duelo, más abierta y profunda, con la ayuda inestimable de quienes comparten esta experiencia tan trascendental.

Sin embargo, y a pesar de los intentos de la psicología por ofrecer a la sociedad un acercamiento serio, riguroso y claro de lo que es el duelo, persisten hoy en día ciertas creencias erróneas al respecto que conviene ir desmontando poco a poco. Probemos, para ello, a comentar de manera resumida algunas de las cosas que el duelo no es.

El duelo NO es una enfermedad. El duelo actúa desestabilizando enormemente la vida de las personas, especialmente su psiquismo, que puede quedar seriamente alterado durante un cierto periodo de tiempo, variable de persona a persona. Para entendernos, esta alteración se manifiesta en lo que podríamos llamar un intenso malestar psicológico. Aunque la persona sienta que “se está volviendo loca”, aunque no se reconozca, aunque sea incapaz de llevar la misma vida que llevaba antes de la pérdida, incluso aunque tenga que convivir un una gran tristeza durante mucho tiempo, el duelo no es una enfermedad mental, no es una depresión y no requiere por sí mismo ninguna medicación para hacerlo desaparecer.

El duelo NO es algo que solo aparezca tras una muerte. El duelo es la reacción psicológica compleja que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. Tradicionalmente se ha asociado a pérdidas debidas a muerte, ya que, por su naturaleza drástica e irreversible, esas pérdidas tienden a ser acontecimientos clave en la biografía de una persona. Sin embargo, debemos ampliar el concepto de pérdida e incluir en él todo tipo de separaciones y rupturas (divorcios, el fin de una amistad), no cumplimiento de importantes proyectos o deseos (suspender un examen crucial, ser rechazado para un trabajo muy anhelado o por alguien con quien deseábamos establecer una relación, descubrir la infertilidad), cambios normativos y no normativos en el ciclo vital de una persona (conciencia de vejez, emancipación de los hijos e hijas, cambios de domicilio o de lugar de residencia), deterioro de la salud (envejecimiento, enfermedades, mutilaciones), cambios en la estructura de nuestra personalidad o marco de creencias (pérdida de la fe, decepciones importantes), sin olvidar aquellas situaciones vitales que, por su complejidad, dan lugar a un duelo multifacético (por ejemplo, en personas adoptadas).

El duelo NO es algo raro. Por mucho que ahora lo nombremos y señalemos, incluso aunque se haya convertido en una pujante materia de estudio dentro de la psicología y de otras disciplinas, el duelo no es algo excepcional ni novedoso. No es algo que acabemos de descubrir ni es algo que solo les pase a un cierto número de personas (aquellas con problemas psicológicos o tendentes a la melancolía). El duelo es un proceso psicológico normal por el que pasamos todas las personas en diferentes momentos de nuestra vida: cada vez que perdemos algo que nos importa o a alguien a quien nos sentimos especialmente vinculados. Y esto, con sus particularidades históricas y culturales, ha sido así siempre.

El duelo NO es algo simple. A pesar de que asociemos su manifestación al llanto y la tristeza y resolvamos su causa asociándola a la mera muerte de alguien, lo cierto es que entender el duelo está muy lejos de poder despacharse así. El duelo es un proceso complejo en sus causas, en sus manifestaciones y en su desarrollo. No es algo lineal, corto ni fácil de explicar. Aunque establezcamos generalizaciones derivadas de nuestra observación y experiencia, es un proceso enormemente misterioso además de personal e intransferible, del que cada persona puede dar cuenta sólo en la medida en que le permiten sus palabras (aun cuando a veces es imposible ponerle palabras al dolor).

El duelo NO es una cadena perpetua. Ya hemos dicho que la experiencia del duelo es intensa, que está asociada al malestar, que todas las personas pasamos por ella (para saber todo esto no hace falta leerlo en un blog, basta con mirarse a uno mismo) y, quizá, lo peor de todo: que puede ser muy larga. Pero el duelo no es una condena para toda la vida, aunque al principio lo parezca. El testimonio que cada uno podemos aportar y la experiencia profesional de quienes acompañamos durante un periodo de tiempo prolongado a personas en duelo nos dan la buena noticia: aunque nada vuelva a ser igual, la mayoría de la gente resuelve satisfactoriamente su duelo, es decir, puede continuar con su vida y sus relaciones de una manera normalizada y saludable.

A lo largo de los próximos meses iremos abordando en el blog éstas y otras cuestiones relacionadas con el duelo.

Foto: “Another head hangs lowly” de Riccardo Romano

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