Etiquetado: enfermedad

Saber parar

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Nos hemos acostumbrado a un modo de vida frenético, estructurado en torno a la productividad, la rapidez y la inmediatez. Esto, combinado con una buena salud, nos hace funcionar cotidianamente con una ilusión de invulnerabilidad, es decir, movidos por la creencia de ser omnipotentes y tener una fortaleza física y anímica enormemente flexible.

Sin embargo, no somos omnipotentes: somos biología finita y corruptible. Esto, antes que la muerte, nos lo enseña la enfermedad. La enfermedad nos obliga a parar: es contraria a la productividad óptima, a la rapidez y a la inmediatez. Nos exige otro ritmo.

No hablo necesariamente de enfermedades graves, que ponen en tela de juicio nuestra supervivencia y nuestra funcionalidad, incapacitándonos para prácticamente todo aquello que no consista en estar en la cama. Romperse una pierna, coger una gripe, tener que someterse a una intervención quirúrgica más o menos aparatosa, pueden suponer también “grandes” experiencias de detención en las que nuestra fragilidad se manifiesta con una claridad irritante. ¿Qué mensaje nos llega de estas situaciones?

Las pequeñas y grandes experiencias de detención ponen a prueba nuestro ritmo frenético y poco ajustado al riesgo real de ruptura que caracteriza a la vida: cuestionan nuestra manera voraz de funcionar (más orientada al poseer y al hacer que al ser). A veces, estas experiencias de detención nos sobrevienen sin previo aviso y justo en el momento en que más ocupados estamos, más cosas tenemos que hacer, más compromisos tenemos que atender. Es bueno que nos demos cuenta de que la pérdida de la salud (aunque sea momentánea y sin graves consecuencias) es una pérdida importante y nos reclama su lugar.

Al principio nos resistimos, hacemos grandes esfuerzos por minimizarla (si podemos, continuamos trabajando con el mismo ritmo). Luego, la detención se va haciendo cada vez más y más inexcusable y no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que hay que parar. Nos desesperamos, porque una voz en nuestro interior, entre angustiada y cabreada, quizá la voz de la responsabilidad, nos martillea insistentemente con un lamento: “¡No puedo parar, tengo tantas cosas que hacer!”. Intentamos reorganizarnos mientras admitimos que ese gripazo, esa apendicitis, ese brazo roto, requieren de nosotros una nueva manera de estar y una mirada profunda (y crítica) a nuestra manera de funcionar. Entonces vivimos detenidos por un tiempo, reposando más o menos a regañadientes y encontrándonos más o menos mal, conviviendo con ese vacío de actividad, ese silencio de acción al que no estamos acostumbrados y del que se nos fuerza a huir.

Poco a poco (a veces de una manera demasiado progresiva para nuestro gusto), va llegando la recuperación y retomamos nuestra actividad. Por el camino hemos encontrado dolor físico, preocupación por nuestras múltiples responsabilidades desatendidas, deseablemente el cariño y la atención de algunas personas que, solícitas, se han encargado de cuidarnos o de interesarse por nuestro estado. Quizá no hemos extraído ningún aprendizaje de ello y tampoco pasa nada (limitarse a vivir plenamente la experiencia de detención, el parar, aunque sea refunfuñando, también está bien). Lo importante es, al menos, ser conscientes del contraste y de la importancia del saber funcionar a diferentes ritmos. Al fin y al cabo, lo queramos o no, vamos a seguir parando una y otra vez hasta el final.

Foto. Go through it, José Manuel Ríos Valiente.

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Gotas de trauma

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A veces, muy a menudo, el entorno fracasa desde el primer momento -o acaba fracasando con el tiempo- en su tarea de dar apoyo a la persona en duelo. Esto puede obedecer a diversos motivos: el cansancio (la gente se cansa de atender el dolor pasado un cierto tiempo), la ignorancia (cree que no es necesario dar apoyo), la desidia (sabe que es necesario dar apoyo pero no encuentra el momento de darle prioridad) o la incompetencia (quiere dar apoyo pero no sabe cómo hacerlo y lo hace mal, es decir, de manera poco empática).

Otras veces, es la pura incapacidad la que hace que uno fracase en su tarea de proporcionar apoyo a la persona que sufre: puede que yo mismo también esté en duelo y no pueda atenderte (quiera o no). Puede, incluso, que las circunstancias nos impidan a ti recibir ese apoyo y a mí dártelo.

Con motivo de la llamada “crisis del ébola”, que atemorizó a muchos países en el verano y otoño de 2014, El País publicó un emocionante artículo sobre este último supuesto, en el que se narraba la terrible historia de una mujer que no pudo recibir el apoyo de su entorno justo cuando lo hubiera necesitado. Louise recibe la noticia de la muerte de su prometido y padre de su hijo, víctima del ébola. Además, tiene que ser aislada y puesta en cuarentena hasta que se descarte que ella misma también padece la enfermedad. Es decir: el momento de la comunicación de la noticia ¡y las semanas posteriores! tienen que hacerse “a distancia”, sin tocar, sin abrazar, sin comunicarse de manera in-mediata con el entorno familiar y social cercano, en los que recaería la tarea de acompañar y sostener en ese momento terrible. Además, con la incertidumbre de si tienes o no el mismo virus que acaba de matar a tu pareja.

Aquí, esta vez de manera involuntaria, también se está produciendo un fracaso del entorno, generándose lo que llamamos “trauma acumulativo” (pérdidas secundarias -en este caso la pérdida de apoyo social- que se añaden a la pérdida principal durante el tiempo posterior y van acumulándose en capas, a veces de manera sutil o insidiosa, cayendo sobre la persona en duelo como una gota malaya). Este trauma acumulativo y acumulado, sin duda, se convierte en un factor de riesgo de complicación en el proceso de duelo, como seguramente habrá sucedido en el caso de Louise.

A veces es muy difícil estar al lado de alguien que sufre (acompañarle en la medida exacta en que necesita). A veces es muy difícil pedir ayuda. A veces, entre unas cosas y otras, la casa del apoyo se queda sin barrer y el camino del duelo se vuelve más áspero de lo que ya es. No importa. Bueno, sí que importa, pero también importa que somos humanos, no ángeles. Otra cosa que importa es que aprendamos a apoyarnos en quienes tenemos cerca y son de nuestra confianza. Y a no despistarnos, a aguzar el ojo, el oído y la palabra: puede que a nuestro lado, de manera desapercibida, en silencio, haya una persona que no está recibiendo lo que necesita en su duelo.

Foto. La gota, Leonardo Dell’Aquila