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Gotas de trauma

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A veces, muy a menudo, el entorno fracasa desde el primer momento -o acaba fracasando con el tiempo- en su tarea de dar apoyo a la persona en duelo. Esto puede obedecer a diversos motivos: el cansancio (la gente se cansa de atender el dolor pasado un cierto tiempo), la ignorancia (cree que no es necesario dar apoyo), la desidia (sabe que es necesario dar apoyo pero no encuentra el momento de darle prioridad) o la incompetencia (quiere dar apoyo pero no sabe cómo hacerlo y lo hace mal, es decir, de manera poco empática).

Otras veces, es la pura incapacidad la que hace que uno fracase en su tarea de proporcionar apoyo a la persona que sufre: puede que yo mismo también esté en duelo y no pueda atenderte (quiera o no). Puede, incluso, que las circunstancias nos impidan a ti recibir ese apoyo y a mí dártelo.

Con motivo de la llamada “crisis del ébola”, que atemorizó a muchos países en el verano y otoño de 2014, El País publicó un emocionante artículo sobre este último supuesto, en el que se narraba la terrible historia de una mujer que no pudo recibir el apoyo de su entorno justo cuando lo hubiera necesitado. Louise recibe la noticia de la muerte de su prometido y padre de su hijo, víctima del ébola. Además, tiene que ser aislada y puesta en cuarentena hasta que se descarte que ella misma también padece la enfermedad. Es decir: el momento de la comunicación de la noticia ¡y las semanas posteriores! tienen que hacerse “a distancia”, sin tocar, sin abrazar, sin comunicarse de manera in-mediata con el entorno familiar y social cercano, en los que recaería la tarea de acompañar y sostener en ese momento terrible. Además, con la incertidumbre de si tienes o no el mismo virus que acaba de matar a tu pareja.

Aquí, esta vez de manera involuntaria, también se está produciendo un fracaso del entorno, generándose lo que llamamos “trauma acumulativo” (pérdidas secundarias -en este caso la pérdida de apoyo social- que se añaden a la pérdida principal durante el tiempo posterior y van acumulándose en capas, a veces de manera sutil o insidiosa, cayendo sobre la persona en duelo como una gota malaya). Este trauma acumulativo y acumulado, sin duda, se convierte en un factor de riesgo de complicación en el proceso de duelo, como seguramente habrá sucedido en el caso de Louise.

A veces es muy difícil estar al lado de alguien que sufre (acompañarle en la medida exacta en que necesita). A veces es muy difícil pedir ayuda. A veces, entre unas cosas y otras, la casa del apoyo se queda sin barrer y el camino del duelo se vuelve más áspero de lo que ya es. No importa. Bueno, sí que importa, pero también importa que somos humanos, no ángeles. Otra cosa que importa es que aprendamos a apoyarnos en quienes tenemos cerca y son de nuestra confianza. Y a no despistarnos, a aguzar el ojo, el oído y la palabra: puede que a nuestro lado, de manera desapercibida, en silencio, haya una persona que no está recibiendo lo que necesita en su duelo.

Foto. La gota, Leonardo Dell’Aquila

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