Etiquetado: dolor

La seguridad, en lo importante

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Muchas compañías aseguradoras -algunas de ellas importantísimas empresas de nuestro país- están especializadas en gestionar seguros médicos y seguros de vida, entre otros, como no podía ser de otra manera. Si hay algo en lo que toda persona quiere estar segura es en lo importante. Queremos que nos atiendan bien, en lo que más nos importa y que, además, sea fácil acceder a ello. En definitiva, cuando sentimos dolor, cuando se nos rompe algo, no queremos más problemas: queremos cuidados y soluciones.

No entraremos aquí en un debate sobre lo público o lo privado, sobre la gestión de la sanidad o sobre la utilidad o la “cara b” de este tipo de empresas y servicios. Esta manera de funcionar existe y, si se encarga de temas importantes, tiene que esforzarse por mejorar. No debemos olvidar que la seguridad es una necesidad básica que encuentra sus cauces de satisfacción a través del intercambio, la presencia y la cercanía, por lo que los servicios destinados a ofrecerla tienen que ir evolucionando con el tiempo. En el fondo, lo que estas compañías están gestionando es el cuidado de cada persona por sí misma y, a su manera, el cuidado de unas personas por las otras.

Mutua Madrileña y Adeslas comparten itinerario a través de La Caixa, indicándonos en el apartado decesos que “La vida tiene momentos maravillosos que queremos que disfrutes, y momentos duros en los que queremos que no te ocupes de nada”, a lo que añaden, con alguna variación, “Todos los trámites, gestión, servicios y toda la ayuda que necesites en estos duros momentos, la encontrarás en el Seguro Todo Previsto”. Allianz, por su parte, nos exhorta: “Cuida tu calidad de vida, cuida tu salud”. Además, “En DKV nos gusta cuidar tu salud… y también la de tu familia”. Todas estas frases y eslóganes están bien formulados, aunque solo sea en términos publicitarios, ya que apuntan a lo que más preocupa a cualquier ser humano, lo admita o no: primero su salud y, segundo, pero relacionado con ella, su dolor.

Me consta que los profesionales de la psicología ya se están introduciendo en este tipo de compañías y que alguna, incluso, ha hecho algún pinito de interés en cuanto al tema del duelo. Que las grandes, medianas y pequeñas aseguradoras tengan en cuenta estos perfiles obedece a su objetivo de ofrecer un servicio más completo a sus clientes, un servicio no solo basado en trámites o medicinas, sino estructurado en torno a una visión integral de la pérdida. Tiene mucho sentido que unas y otras empresas lo hagan pero, centrándonos sobre todo en aquellas con mayor capacidad de acción y experiencia, asalta la pregunta: ¿conocen de verdad las grandes aseguradoras la importancia de la atención al duelo cuando diseñan sus planes de acción y sus carteras de servicios? Y, si la conocen, ¿a qué están esperando para completar su trabajo con una atención a la pérdida y el duelo que está íntimamente ligada a la labor que ya desempeñan y que debe ir más allá de acciones puntuales o tímidas?

Cuidar la salud, cuidar la calidad de vida, proporcionar lo que se necesita en los momentos más duros pasa de manera indiscutible por dar a conocer, ofrecer y proporcionar a las personas que lo necesiten una atención psicológica en duelo especializada y cualificada.

Foto. Hinc Sanitas Edinburgh, Roel Wijnants

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Las fuentes de la esperanza

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La vida a veces puede ser muy árida. Malas noticias, malas épocas, malos augurios o malos recuerdos nos salen al paso de manera a veces excesiva y siempre inoportuna. Cuando aparecen –y pueden hacerlo en el momento que menos esperamos, cuando mejor estamos o cuando ya habíamos empezado a encontrarnos bien- cuesta no solo encontrar el rumbo, sino también disfrutarlo. Faltan el sentido y la alegría y los nubarrones pueden llegar a generarnos mucha angustia.

En los momentos de desaliento, de desesperanza, cuando todo se ha complicado o ha vuelto a complicarse, cuando el bienestar que tanto nos había costado tejer se emborrona, se hace más urgente que nunca volver a las fuentes de inspiración: esas personas y actividades que nos refrescan y nos hacen descansar de nuestras heridas, aunque sea momentáneamente.

A veces no basta con recordar que el dolor pasará, a veces no basta con nuestra intuición proyectada hacia el futuro. Lo queramos o no, una realidad cotidiana que no deseamos se impone y toca estar en el dolor… a la espera de reencontrar una fuente que lo mitigue.

En esos momentos donde queremos que se abra el cielo celebramos lo poco o mucho que consigue hacerlo. El anhelo de esperanza se hace fuerte en nuestro corazón y, aun sin saberlo, parece orientar nuestros sentidos hasta encontrarla. El ser humano está programado no solo para separarse del dolor rehuyéndolo, sino también para mitigarlo provocando o buscando en la medida de sus posibilidades las circunstancias que lo compensen. Las fuentes que nos proporcionan luz, que nos inspiran y nos recuerdan incansablemente la belleza de la vida son necesarias en cualquier momento pero disponer de ellas, tenerlas cerca, saber discernir el camino que nos las devuelve es imprescindible cuando la soledad se convierte en desolación.

Puede ser escuchar a alguien en quien confiamos o que nos recuerda aquello para lo que nos estamos esforzando, o bien disfrutar de una actividad relajante que pueda aliviar nuestra agitación interior. A veces es solo reposar y esperar a que escampe adoptando una postura en la que lo que duele, duela menos.

Saber regresar a las fuentes de descanso o encontrarlas a nuestro paso es un don de ineludible entrenamiento y es, en sí misma, una habilidad de autocompasión: saber cuidar de uno mismo no solo porque sí, que ya es un buen motivo, sino porque cuando estamos mal lo merecemos más que nunca. Esto es lo que distingue el capricho del mimo, el autocuidado simpático del bálsamo solidario con uno mismo.

Foto. Pra lavar a alma e refrescar a cuca, Tiago Munch

Los factores de riesgo

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Cuando se habla de duelo, ya sea desde la psiquiatría y la psicología, ya desde otros ámbitos menos especializados en el tema, siempre acaba apareciendo la cuestión del “duelo complicado” y del “duelo patológico” (no, no son la misma cosa). Esto tiene que ver, por un lado, con la creencia ampliamente extendida de que el duelo es una enfermedad mental o algo muy parecido a una enfermedad mental. Ya hemos explicado que, aunque el duelo pueda complicarse hasta derivar en una patología, a priori es sumamente incorrecto considerarlo como tal. Por otro lado, el interés que despiertan la complicación y la patologización del duelo obedece a causas más legítimas: la certeza de que, aunque la mayoría de los seres humanos elaboramos saludablemente la mayoría de los procesos de duelo por los que atravesamos en nuestra vida, a veces esa elaboración no es posible e, incluso, se observa la aparición o complicación de una patología mental u otras complicaciones asociadas de alguna manera con el proceso de duelo.

Desde el modelo integrativo-relacional se considera que el duelo se complica cuando la persona sigue empleando estrategias de afrontamiento que tuvieron una función en su momento pero que, pasado el tiempo, la han perdido y se han vuelto disfuncionales (es decir, generan costes para la persona que no compensan las ganancias). Por supuesto, para llegar a la conclusión de que dicho fenómeno se ha producido, debe hacerse una correcta y exhaustiva exploración del sistema de afrontamientos de la persona y tener en cuenta el imprescindible criterio temporal. Por último, conviene destacar que el hecho de que un duelo se complique o esté en camino de hacerlo no quiere decir que no pueda reconducirse adecuadamente, tanto en terapia como fuera de ella.

Por otro lado, un “duelo patológico” (expresión bastante ambigua y equívoca) aparece cuando el duelo complicado ha degenerado mucho sin haberse podido reconducir, de manera que la persona acaba desarrollando una patología mental o fisiológica u otras disfunciones graves o bien cuando el duelo se ha añadido a una patología mental latente o presente en la persona, de manera que ambos fenómenos se agravan mutuamente y acaba siendo difícil diferenciarlos.

Por razones de economía nos centraremos en el duelo complicado. Para ello, es necesario tener siempre presente el concepto de “factores de riesgo”, es decir, aquellas características del duelo que aumentan el riesgo de que el proceso se complique pero que en ningún caso determinan o aseguran que esto vaya a suceder. Existen diferentes clasificaciones de los factores de riesgo. Es habitual que los factores de riesgo se clasifiquen en tres grupos:

Los debidos a características del doliente: edad (muy joven o muy mayor), estructura de la personalidad (endeble o inmadura), vulnerabilidad psicológica previa (presencia de patología mental previa o predisposición), padecer otros estresores a los que la pérdida se añade (otras pérdidas presentes, como la del trabajo o la salud, o cargas familiares), etc.

Los debidos a las circunstancias de la pérdida: muerte violenta (asesinatos, torturas previas, gran sufrimiento real o imaginado por el/la doliente, desmembramiento o grave deterioro del cuerpo), suicidio (que es una muerte violenta pero que merece destacarse por sus peculiaridades), desaparición (incapacidad para encontrar el cadáver), muerte súbita, repentina o inesperada, aspectos pendientes aún no resueltos (juicios, sentencias, herencias), relaciones donde la naturaleza del vínculo predice un duelo fuertemente desautorizado, etc.

Los debidos a la relación entre la persona doliente y la fallecida: asuntos pendientes muy importantes (que generan mucho trauma), relación ambivalente o de dependencia, etc.

Por supuesto, a todo esto hay que añadir los debidos a características de la persona fallecida, entre los que destaca la muerte de niños/as.

Al margen de estas clasificaciones, que siempre serán incompletas e inexactas, no se debe confundir factores de riesgo de duelo complicado con motivos de desautorización del duelo o circunstancias que generarán trauma. Es evidente que estos tres grupos están íntimamente relacionados entre sí, pero no son absolutamente equivalentes, por lo que se deberá ser concreto y preciso al emplearlos. Por supuesto, hay que insistir en el hecho de que estamos hablando de riesgo, probabilidad, predictibilidad, etc. pero nunca de certeza o determinación (ni en duelo complicado, ni en trauma ni en desautorización del duelo).

A fin de cuentas, lo que importa es la experiencia única e indiscutible de la persona, no la etiqueta o prejuicio que el terapeuta le quiera adjudicar. Una vez más, debe ser la teoría la que se ajuste a la persona, no la persona la que deba encajar en un modelo teórico concreto.

Foto. Tacheles Haus, Laura Leal Martínez

¿Cuál es tu esperanza?

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Una vez participé como alumno en un ejercicio de meditación guiada en el que se formuló esta pregunta, como si se hiciera para la persona en duelo, aunque puede servir para cualquier ser humano. Y no la he olvidado, porque me parece crucial.
¿Cuál es tu esperanza?

Lo que esperas, deseas, anhelas para ti. Sí, para tu vida entera, pero sobre todo para ti aquí y ahora, en tu momento de desierto, en el mar de desesperanza, en el polo sur de las ilusiones. ¿Cómo te imaginas tu vida lejos de esto?, ¿cómo es la vida que quieres para ti cuando esto acabe? Si eres capaz de proyectarte unos meses, unos años más allá de este callejón oscuro, cuando puedas haberte separado del dolor, cuando ya estés tocando todo lo demás que tú también eres, ¿qué espera el corazón más profundo y más sabio de tu corazón humano?
La respuesta a esta pregunta va unida casi siempre a la respuesta a otra, más problemática y pegada al desierto: “Y esto, ¿cuánto dura?”. A la persona que lo está atravesando, sobre todo si es la primera vez que se encuentra en una situación como esta, le preocupa enormemente que su dolor vaya a ser eterno, que toda su vida vaya a ser, a partir de ahora, un transitar errático por el dolor, la melancolía, la desesperanza y la falta de ilusión. Y esto, ¿cuánto dura? ¿Esto va a ser así para siempre? Pero la gente… ¿la gente supera esto? La persona en duelo necesita información y necesita normalización para poder contener algunas de sus preocupaciones y, así, empezar a tener esperanza.

¿Cuánto dura el duelo? En efecto, esta es, probablemente, una de las preguntas que con mayor frecuencia aparecen en los grupos de ayuda mutua y en las consultas individuales sobre duelo. El criterio “coloquial” nos dice que dura para siempre. ¿Para siempre? Sí, una pérdida que es irreparable dura para siempre, luego algunos de sus efectos duran para siempre también. Siempre habrá un momento para la nostalgia, para la emoción, para la duda, para un nuevo recuerdo o comentario que nos descoloque y active en nosotros una punzada, vestigio de aquel dolor mayor por el que pasamos durante la peor época. Por otro lado, el criterio “técnico” nos dice que el duelo dura unos meses, un año, dos años, tres años… hasta que finalmente se procesa y podemos considerarlo como “concluido”.

¿“Concluido” quiere decir que todo volverá a ser como antes? No, nada puede volver a ser como era antes de la guerra, de la inundación, del incendio o del terremoto. Por mucha reconstrucción que se haga, el mundo, nosotros, siempre será otro. ¿Entonces? Entonces “concluido” quiere decir que la persona está fundamentalmente orientada a la vida, ha retomado en un alto grado sus actividades y sus proyectos (además de, quizá, haber emprendido otros nuevos), sus relaciones sociales no han desaparecido y siguen siendo razonablemente satisfactorias (aunque hayan cambiado) y tiene capacidad para ilusionarse y disfrutar de la vida más allá de los pequeños fogonazos de alegría que también existen durante el duelo duro. Cuando se ha dado una transformación “positiva” en su identidad, fruto de haber integrado los diferentes elementos de su pérdida.

Y, sobre todo, como dicen los maestros que saben mucho de esto, el final del duelo viene marcado no por la desaparición absoluta y permanente del dolor, sino por la capacidad para entrar y salir de él con fluidez cuando aparece sin quedarnos enganchados otra vez.

¿Qué es para ti el final, qué sería para ti estar bien? Es una pregunta que me gusta que se formule a la gente en duelo a la que se acompaña. A menudo, dentro de las turbulencias del dolor, nuestro organismo solo alcanza para lo más básico: no quiero estar mal, quiero estar bien, no quiero sufrir, quiero que esto acabe. Es decir, huir del dolor y buscar el bienestar, algo crucial para nuestra supervivencia. Pero debe llegar un momento en que la persona dé un paso más y ponga en palabras qué sería para ella estar bien, estar “más allá” del duelo. Puede que no se lo haya planteado hasta el momento en que otro le hace la pregunta. Sin embargo, aun en medio de su desierto, de su Polo Sur, prácticamente todo el mundo es capaz de tomarse un momento de reflexión y esbozar dos, tres frases sencillas que describen cómo sería para ellos que el duelo hubiera terminado, cuáles serían los indicadores de que están saliendo de él, de que comienza una vida nueva que, aun siendo otra, puede también ser una buena vida.

Es así como, más allá de los deseos difusos, la persona en duelo empieza a bosquejar, a plantearse a sí misma cuál es su esperanza… y no solo cuál es su anhelo desesperado.

 

Foto. La raíz cuadrada de lo que soy, Quique Pastor

Los aspectos culturales del duelo (I): la socialización

Foto. "Human behavior". Procsilas Moscas

Todo lo relacionado con la muerte, como tantas cosas en nuestra vida, está fuertemente marcado por cuestiones socioculturales. El duelo no iba a ser una excepción.

Cuando hablamos del duelo desautorizado, dijimos que este concepto hace referencia a la dimensión compartida, pública, de nuestra vida. Es decir, que tiene que ver con la cultura a la que pertenecemos y en la que hemos desarrollado nuestro mundo psíquico a través de diferentes procesos de socialización que se dan con el tiempo.

Al principio, vivimos una socialización primaria. Se trata de lo que vemos en casa cuando convivimos con nuestra familia, que se encarga de cuidar de nosotros, de educarnos y de darnos normas y límites de comportamiento. Así, nos transmite los rudimentos necesarios para que nos manejemos en el lugar y el momento en el que hemos caído.

A este proceso se le une luego la socialización secundaria, que se da fundamentalmente en la escuela, donde convivimos con nuestros iguales (además de con otros adultos de referencia). Estos añaden información a la que hemos recibido en casa: normas, límites, el bien, el mal, lo que debemos y no debemos hacer. Sobre múltiples aspectos. También sobre cómo vivir el dolor.

Y así, sucesivamente, van coexistiendo en nosotros diferentes capas de socialización, pues es un proceso que nunca finaliza del todo: nunca dejamos de influirnos, controlarnos, moldearnos unos a otros.

Lo habéis adivinado: los diferentes escenarios y agentes de socialización con los que nos encontramos en nuestra vida no siempre nos transmiten los mismos contenidos, sino que, incluso, pueden entrar en graves contradicciones. Es en esas fricciones como se va forjando nuestra personalidad, nuestro marco de referencia para manejarnos por el mundo. Toda esa estructura psíquica, manifestada luego en nuestra conducta, es el resultado más o menos exitoso de nuestro intento por conciliar ese caos de mensajes que empezamos a recibir desde que nacemos.

Por eso, nuestras experiencias íntimas y compartidas de la pérdida, el dolor, la muerte, están fuertemente marcadas por lo que vemos en casa y, además, por lo que vemos que otros han visto en sus casas. Si en casa se expresan las ideas, acciones, emociones que siguen a una pérdida de manera más o menos abierta y libre, el niño tiene una oportunidad para aprender que puede expresarse: que el silencio, el misterio y la fragmentación no son los protagonistas. Puede que no lo aprenda, es cierto, pero se le da una valiosa oportunidad. Si en casa, en cambio, se excluye al niño, se impone la incomunicación, se desautorizan aspectos importantes que necesitan ser expresados o existe una vivencia demasiado desestructurada y desadaptativa ante una pérdida importante… el niño recibe un ejemplo diferente sobre lo que significa el dolor y sobre lo que puede hacer con él.

Si sumamos todas las casas, a lo largo del tiempo, vamos conformando lo que nos dice la cultura a la que pertenecemos sobre qué hacer y no hacer con el dolor y la muerte.

Por supuesto, en cada casa se hace lo que se puede: cada uno hace lo que ha aprendido y ha aprendido de lo que le han enseñado. Y es muy difícil que alguien aprenda lo que no se le enseña o que enseñe lo que no ha podido aprender. No entraremos ahora en eso. Simplemente tengamos en cuenta que cuando vivimos el dolor estamos viviendo, en parte, a través de los ejemplos que hemos recibido y a través de lo que, entre todos, en sociedad, vamos acordando que es lo deseable en este momento histórico que compartimos.

Dado que el tema incluye cuestiones antropológicas, sociológicas, psicosociales, etc., es demasiado amplio como para abarcarlo en un solo post. No obstante, por su importancia, seguiremos prestándole atención en próximas entradas.

Foto. “Human behavior”. Procsilas Moscas