Etiquetado: detención

Saber parar

11389063205_3f0e7c7808_k

Nos hemos acostumbrado a un modo de vida frenético, estructurado en torno a la productividad, la rapidez y la inmediatez. Esto, combinado con una buena salud, nos hace funcionar cotidianamente con una ilusión de invulnerabilidad, es decir, movidos por la creencia de ser omnipotentes y tener una fortaleza física y anímica enormemente flexible.

Sin embargo, no somos omnipotentes: somos biología finita y corruptible. Esto, antes que la muerte, nos lo enseña la enfermedad. La enfermedad nos obliga a parar: es contraria a la productividad óptima, a la rapidez y a la inmediatez. Nos exige otro ritmo.

No hablo necesariamente de enfermedades graves, que ponen en tela de juicio nuestra supervivencia y nuestra funcionalidad, incapacitándonos para prácticamente todo aquello que no consista en estar en la cama. Romperse una pierna, coger una gripe, tener que someterse a una intervención quirúrgica más o menos aparatosa, pueden suponer también “grandes” experiencias de detención en las que nuestra fragilidad se manifiesta con una claridad irritante. ¿Qué mensaje nos llega de estas situaciones?

Las pequeñas y grandes experiencias de detención ponen a prueba nuestro ritmo frenético y poco ajustado al riesgo real de ruptura que caracteriza a la vida: cuestionan nuestra manera voraz de funcionar (más orientada al poseer y al hacer que al ser). A veces, estas experiencias de detención nos sobrevienen sin previo aviso y justo en el momento en que más ocupados estamos, más cosas tenemos que hacer, más compromisos tenemos que atender. Es bueno que nos demos cuenta de que la pérdida de la salud (aunque sea momentánea y sin graves consecuencias) es una pérdida importante y nos reclama su lugar.

Al principio nos resistimos, hacemos grandes esfuerzos por minimizarla (si podemos, continuamos trabajando con el mismo ritmo). Luego, la detención se va haciendo cada vez más y más inexcusable y no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que hay que parar. Nos desesperamos, porque una voz en nuestro interior, entre angustiada y cabreada, quizá la voz de la responsabilidad, nos martillea insistentemente con un lamento: “¡No puedo parar, tengo tantas cosas que hacer!”. Intentamos reorganizarnos mientras admitimos que ese gripazo, esa apendicitis, ese brazo roto, requieren de nosotros una nueva manera de estar y una mirada profunda (y crítica) a nuestra manera de funcionar. Entonces vivimos detenidos por un tiempo, reposando más o menos a regañadientes y encontrándonos más o menos mal, conviviendo con ese vacío de actividad, ese silencio de acción al que no estamos acostumbrados y del que se nos fuerza a huir.

Poco a poco (a veces de una manera demasiado progresiva para nuestro gusto), va llegando la recuperación y retomamos nuestra actividad. Por el camino hemos encontrado dolor físico, preocupación por nuestras múltiples responsabilidades desatendidas, deseablemente el cariño y la atención de algunas personas que, solícitas, se han encargado de cuidarnos o de interesarse por nuestro estado. Quizá no hemos extraído ningún aprendizaje de ello y tampoco pasa nada (limitarse a vivir plenamente la experiencia de detención, el parar, aunque sea refunfuñando, también está bien). Lo importante es, al menos, ser conscientes del contraste y de la importancia del saber funcionar a diferentes ritmos. Al fin y al cabo, lo queramos o no, vamos a seguir parando una y otra vez hasta el final.

Foto. Go through it, José Manuel Ríos Valiente.

Anuncios