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Duelo y paro (I): Y ahora, ¿qué soy?

Foto. "The hand was still at hand". Aurelio Asiain

¿En qué trabajas?

Soy psicólogo. Soy médico. Soy profesora. Trabajo en un bar. Estoy de enfermera en un hospital. Técnico de iluminación en un teatro. Panadera. Trabajo como teleoperadora. Soy arquitecta. Soy dependiente en una librería. Tengo un pequeño negocio de catering con unos amigos. Administrativa, soy administrativa en una multinacional. Soy el coordinador de una asociación. Recepcionista en una tienda del centro. Soy portero de finca. Soy, soy, soy, soy, soy…

Hasta que un día dejas de ser. Y de tener. Y de estar. Y de trabajar.

¿En qué trabajas?

Pues mira, era psicólogo, pero justo ayer me despidieron. Era médico. Era profesora. Trabajo, trabajaba en un bar, pero cerraron. Estaba de enfermera en un hospital. Fui técnico de iluminación en un teatro, durante un tiempo, ahora no soy nada, quiero decir, no hago nada.

Parémonos a pensar un momento. ¿Cuántas veces, a lo largo de una semana, de un mes, de un año, varios años seguidos, le explicamos a alguien en qué trabajamos para contarle quiénes somos? ¡Muchísimas! Más de las que nos imaginamos (y eso sin contar las veces que tenemos que ponerlo por escrito en formularios diversos). Una vez y otra respondemos a esa pregunta y, con el tiempo, llegamos a hacerlo tantas veces que la automatizamos sin darnos cuenta, lanzando siempre la misma contestación: un parrafito modelo (en qué trabajamos y qué hacemos en nuestro trabajo, en dos, tres, cuatro frases) que apenas sufre modificaciones (si acaso, introducimos pequeñas variaciones aquí y allá cuando detectamos que nos hemos aburrido de dar siempre la misma explicación).

Y eso somos. Claro está que nuestra identidad la conforman muchas más cosas aparte del trabajo, pero qué fácil y socorrido es, cuando no sabemos por dónde entrarle a alguien o cuando alguien no sabe por dónde entrarnos: dar al play y soltarle nuestro parrafito, esa seña de identidad que hemos solidificado a fuerza de repetirla y que tenemos tan integrada.

Pero, ¿qué sucede cuando perdemos nuestro trabajo? De repente, de la noche a la mañana, tenemos que aprender a definirnos de otra manera, casi con las mismas palabras pero con un enfoque completamente diferente.

Al principio cuesta, hay que amasar las nuevas frases con paciencia hasta que las hacemos nuestras y nos dejan de ser extrañas. Integrarlas hasta que dejamos de luchar con ellas cada vez que reactivan en nuestra mente un regusto amargo, porque son el gran titular de nuestra nueva situación. El regusto de pensar o contarle a alguien -y por eso oírlo de nuestra viva voz- que ya no somos lo que éramos, que trabajábamos en algo (éramos algo) y ahora ya no.

Como en cualquier duelo, la pérdida del trabajo también supone un inevitable mordisco a nuestra identidad, un mordisco que hay que cuidar, limpiar y proteger, aunque sea suturando. Porque, como en cualquier duelo, el mordisco puede sanar transformando ese trozo de piel en otra cosa.

Al principio -o durante un tiempo- nuestra nueva identidad nos genera confusión. Quizá no sabemos si podemos seguir utilizando la identidad de antes para presentarnos a los demás y para pensarnos a nosotros mismos. Es importante que, durante el paro, encontremos una manera de definirnos que nos resulte cómoda, veraz, que no nos haga daño y que explique a los demás y a nosotros mismos lo que queremos decir de nosotros mismos.

Es cierto: no ayuda que los demás no se fijen en el regusto amargo que nos deja recordar -o decir en voz alta, una y otra vez- que ya no trabajamos. No ayuda la incertidumbre de no saber cuándo volveremos a ser algo, a ser alguien, a través de nuestro trabajo. No ayuda ver que los demás no tienen esos mordiscos ni esos costurones en sus pieles. Y tampoco ayuda hacer y hacer para salir de ahí sin que aparezca ni una sola señal de que se acerca la recompensa. Pero sí ayuda convencerse de que hay que ponerse en marcha o continuar marchando, hacer todo lo que sea necesario para que podamos decir -y decirnos (sin mentir)- que, fuéramos lo que fuéramos en el pasado, ahora somos lo que decidamos ser. Aunque seamos personas en paro.

Foto. “The hand was still at hand”. Aurelio Asiain

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