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Los aspectos culturales del duelo (III): los rituales

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Según la definición de la RAE, ritual significa “costumbre o ceremonia”.
Como costumbre, es algo que se repite de una manera más o menos estandarizada aunque, en realidad, hay rituales que sólo se realizan una vez y con eso basta (es decir, son más ceremonias que costumbres). Como ceremonia, es una “acción exterior” (por tanto, visible, aunque sea privada) “arreglada para dar culto a las cosas divinas o reverencia y honor a las profanas”.
Es decir, existen varios componentes esenciales en la idea de ritual: repetición (a veces), celebración, culto/honor/reverencia/homenaje, visibilidad… Habría que añadir aquí que el ritual es una conducta más o menos compleja que organiza parte del mundo simbólico de la persona para expresarla de forma concreta. En términos de proceso de duelo lo consideramos necesariamente una conducta, pero una conducta que no es nada sino como vehículo de expresión emocional, cognitiva y somática, al margen del componente relacional reducido (respecto a la persona o personas objeto del acto) o amplio (si es compartido).

En este post merecen nuestra especial atención este segundo tipo (no los rituales que cada uno hace en soledad o con sus seres allegados, en privado, diseñados especialmente para la ocasión, sino los compartidos, institucionalizados y que todos más o menos cumplimos de la misma manera). Entre ellos incluimos el visitar a la familia del fallecido en un tanatorio, celebrar un funeral y vestirse de negro, entre otras cosas. Como hemos estado diciendo, de una manera u otra estas costumbres y ceremonias en las que todos participamos en un momento u otro se construyen en nuestro contexto sociocultural y, por tanto, están configurados por importantes (aunque variopintas y cambiantes) constricciones geográficas y temporales.

Dichas constricciones, que son históricas, varían de un lugar a otro y de un momento histórico a otro, de manera que las personas nos vamos indicando mutuamente qué está bien o mal en el duelo, es decir, qué es socialmente aceptable y digno de reconocimiento y qué no lo es. Cuando decimos que el momento histórico importa nos referimos a que las costumbres y ceremonias socialmente permitidas ante la muerte de alguien en el Madrid de 2014 no son las mismas que las que estaban permitidas en el Madrid de 1930 ni en el Madrid del siglo XVIII. Cuando decimos que el lugar importa nos referimos a que, cuando alguien muere, no se hace lo mismo en Irak que en Suecia, ni en Etiopía que en China. Ni en una ciudad que en un pueblo. Todo tiene su sentido, su función, sus ventajas y desventajas prácticas. Lo más importante es ver qué efectos tiene sobre la persona en duelo, si responde o no a sus necesidades y si le hace más bien o más mal.

Hace poco hemos pasado por la festividad del 1 de noviembre, que en los países de mayoría oficial cristiana se llama “de todos los Santos”. Parecería que en un mundo tan secularizado como el nuestro una festividad así estaría desvaída y en desuso. Sin embargo, sigue marcada en el calendario como un día festivo, los medios de comunicación se hacen importante eco al respecto y, lo que es más significativo, sigue convocando a miles y miles de personas en torno a las costumbres y ceremonias esperadas. Aún en 2014 mucha gente acude a los cementerios, se reúne, se concentra, participa de un gigantesco ritual compartido que puede o no tener un significado profundo para ellos, pero que está relacionado con la muerte de sus seres queridos y con su participación en sociedad. En el día de todos los Santos se mezcla el recogimiento y la conexión con la historia de duelos de las personas que participan con la algarabía y movimiento de tanta gente concentrada a la vez en los cementerios e iglesias de pueblos y ciudades. Sobre todo en las localidades más pequeñas, la visibilidad social se hace máxima, tomando especial relevancia el componente de participación comunitaria y de vecindad (que, en ocasiones, puede llegar incluso a incomodar, ya que, como toda tradición muy arraigada, lleva consigo la presión social para formar parte de ella y no transgredir: los rituales nos definen como comunidad y, aquellos que tienen que ver con la religión y, por tanto, con una determinada gestión de la pérdida, tienen un arraigo ancestral tanto individual como sociológico del que no es fácil sustraerse).

Los aspectos sociológicos, psicosociales y antropológicos del duelo constituyen un extenso campo de estudio y reflexión que es difícil de trasladar a este blog. Sin embargo, dado que impregnan muchos otros temas de los que sí continuaremos hablando aquí, tendremos oportunidad de regresar a ellos.

Foto: Grief, Sonny Abesamis

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Los aspectos culturales del duelo (II): el lenguaje

Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid). Foto. Felipe Gabaldón

El lenguaje es un vivo reflejo de las acotaciones socioculturales a la muerte y el duelo. No en vano, es el modo en que un grupo humano segmenta el mundo para poder nombrar cada uno de esos segmentos y comunicarse. El lenguaje pone de manifiesto cómo nuestro momento histórico y nuestro lugar condicionan nuestra vivencia privada y compartida de la pérdida.

Para empezar, hay que considerar las palabras que empleamos para referirnos al hecho de que una persona deja de vivir. Solo en español (y siguiendo las definiciones de la RAE) encontramos cinco términos al respecto: muerte, fallecimiento, defunción, deceso y óbito.

A ellas hay que añadir otras expresiones más o menos eufemísticas: desaparición, fin, faltar, perder, tránsito o trance. También algunas más coloquiales y vulgares: palmarla, estirar la pata, quedarse fiambre, quedarse tieso, pasar a mejor vida.

Por otro lado, igual que a menudo se confunde “duelo” con “tristeza”, otro error que se da con cierta frecuencia es confundir “duelo” con “luto”. Hagamos un paralelismo con los términos ingleses, por escoger un idioma no latino que, sin embargo, también diferencia entre estos tres conceptos. En inglés encontramos las palabras grief, bereavement y mourning. Como en español, aunque parezcan intercambiables, no lo son. La primera de ellas, grief, alude a la “aflicción”, es decir, a una emoción sinónimo de tristeza. La segunda, bereavement, expresa lo que en psicología llamamos “duelo”, es decir, el proceso psíquico, de carácter adaptativo, que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. La tercera, mourning, es lo que en español conocemos como “luto”: las manifestaciones culturales asociadas a la muerte de alguien (por ejemplo, en nuestra cultura, vestir de negro o poner una bandera a media asta). Sea en el idioma que sea, conviene ser exactos con el lenguaje y no confundir unas cosas con otras.

Al margen de la definición del término “duelo” que una y otra vez empleamos en este blog, cabe decir que la RAE nos aporta otra acepción de esa palabra que viene muy al caso de los aspectos socioculturales: “Reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio, o a los funerales”.

Las palabras y expresiones que empleamos para referirnos a la pérdida vienen marcadas por lo que en nuestra sociedad, en el momento actual, se considera aceptable o inaceptable. Importa tanto lo que decimos como lo que no decimos, pues muchas expresiones cumplen una función de ocultación, distanciamiento y minimización del hecho de la muerte. Una cosa es hablar de “morir” y otra es decir “nos ha dejado”, “cuando yo falte”, “falta desde hace X años”, “hemos perdido a…”, “se nos ha ido”. Estas expresiones no son 100% ocultadoras en sí mismas pues, si hablamos de “pérdida”, es normal que digamos “hemos perdido a Fulanito” en lugar de “Fulanito ha muerto” y todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, pasan a ser un mecanismo de evitación-negación propiamente dicho cuando sólo hablamos en estos términos y lo hacemos con la intención de sortear el impacto de la palabra “muerte”. No solo el individuo, sino también sociedades enteras se proveen de protecciones de este tipo, al coste de generar una desconexión del hecho de la pérdida.

También debemos prestar atención a los usos y costumbres lingüísticos que ponemos en marcha ante una muerte (por ejemplo, es paradigmático el pronunciar frases hechas como “te acompaño en el sentimiento” o ejecutar el ritual social compartido e institucionalizado de “dar el pésame”). De nuevo, es la palabra la que vehicula las costumbres compartidas y, mediante las etiquetas institucionalizadas, aporta una guía y una pauta, es decir, da estructura en los momentos relacionales y sociales de desestructuración (aquellos en los que hay un gran impacto, la gente duda de sus roles y necesita herramientas inmediatas para saber cómo relacionarse ante un acontecimiento doloroso).

Por último, no podemos olvidarnos de otro de los elementos lingüísticos por antonomasia en el ámbito de la muerte y el duelo: la esquela. Poner una esquela guarda un estilo muy característico en cada cultura y tiene la función social de comunicar un fallecimiento, a menudo de convocar al funeral y, en el caso de las esquelas religiosas, apelar a la conexión espiritual con los otros solicitando una “oración por el alma” del fallecido. Por otro lado, cuando se van reproduciendo periódicamente tiempo después de la muerte, las esquelas pasan a convertirse en un ritual en sí mismas.

El lenguaje, el medio a través del cual segmentamos el mundo para poder contárnoslo a nosotros mismos y entre nosotros, es inevitablemente el medio a través del cual segmentamos la pérdida para poder contárnosla.

Foto: Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid), Felipe Gabaldón

Los aspectos culturales del duelo (I): la socialización

Foto. "Human behavior". Procsilas Moscas

Todo lo relacionado con la muerte, como tantas cosas en nuestra vida, está fuertemente marcado por cuestiones socioculturales. El duelo no iba a ser una excepción.

Cuando hablamos del duelo desautorizado, dijimos que este concepto hace referencia a la dimensión compartida, pública, de nuestra vida. Es decir, que tiene que ver con la cultura a la que pertenecemos y en la que hemos desarrollado nuestro mundo psíquico a través de diferentes procesos de socialización que se dan con el tiempo.

Al principio, vivimos una socialización primaria. Se trata de lo que vemos en casa cuando convivimos con nuestra familia, que se encarga de cuidar de nosotros, de educarnos y de darnos normas y límites de comportamiento. Así, nos transmite los rudimentos necesarios para que nos manejemos en el lugar y el momento en el que hemos caído.

A este proceso se le une luego la socialización secundaria, que se da fundamentalmente en la escuela, donde convivimos con nuestros iguales (además de con otros adultos de referencia). Estos añaden información a la que hemos recibido en casa: normas, límites, el bien, el mal, lo que debemos y no debemos hacer. Sobre múltiples aspectos. También sobre cómo vivir el dolor.

Y así, sucesivamente, van coexistiendo en nosotros diferentes capas de socialización, pues es un proceso que nunca finaliza del todo: nunca dejamos de influirnos, controlarnos, moldearnos unos a otros.

Lo habéis adivinado: los diferentes escenarios y agentes de socialización con los que nos encontramos en nuestra vida no siempre nos transmiten los mismos contenidos, sino que, incluso, pueden entrar en graves contradicciones. Es en esas fricciones como se va forjando nuestra personalidad, nuestro marco de referencia para manejarnos por el mundo. Toda esa estructura psíquica, manifestada luego en nuestra conducta, es el resultado más o menos exitoso de nuestro intento por conciliar ese caos de mensajes que empezamos a recibir desde que nacemos.

Por eso, nuestras experiencias íntimas y compartidas de la pérdida, el dolor, la muerte, están fuertemente marcadas por lo que vemos en casa y, además, por lo que vemos que otros han visto en sus casas. Si en casa se expresan las ideas, acciones, emociones que siguen a una pérdida de manera más o menos abierta y libre, el niño tiene una oportunidad para aprender que puede expresarse: que el silencio, el misterio y la fragmentación no son los protagonistas. Puede que no lo aprenda, es cierto, pero se le da una valiosa oportunidad. Si en casa, en cambio, se excluye al niño, se impone la incomunicación, se desautorizan aspectos importantes que necesitan ser expresados o existe una vivencia demasiado desestructurada y desadaptativa ante una pérdida importante… el niño recibe un ejemplo diferente sobre lo que significa el dolor y sobre lo que puede hacer con él.

Si sumamos todas las casas, a lo largo del tiempo, vamos conformando lo que nos dice la cultura a la que pertenecemos sobre qué hacer y no hacer con el dolor y la muerte.

Por supuesto, en cada casa se hace lo que se puede: cada uno hace lo que ha aprendido y ha aprendido de lo que le han enseñado. Y es muy difícil que alguien aprenda lo que no se le enseña o que enseñe lo que no ha podido aprender. No entraremos ahora en eso. Simplemente tengamos en cuenta que cuando vivimos el dolor estamos viviendo, en parte, a través de los ejemplos que hemos recibido y a través de lo que, entre todos, en sociedad, vamos acordando que es lo deseable en este momento histórico que compartimos.

Dado que el tema incluye cuestiones antropológicas, sociológicas, psicosociales, etc., es demasiado amplio como para abarcarlo en un solo post. No obstante, por su importancia, seguiremos prestándole atención en próximas entradas.

Foto. “Human behavior”. Procsilas Moscas