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¿Dónde están los hombres?

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Muchos de los profesionales y voluntarios que atendemos a personas en duelo, ya sea en consultas privadas o asociaciones, nos hemos hecho alguna vez esta pregunta. Ello se debe a que, indefectiblemente, los grupos a los que atendemos, nuestras consultas, así como los cursos en los que nos formamos, están ocupados en una medida muy significativa por mujeres, siendo la presencia masculina más bien una excepción, cuando no pura ausencia. De aquí la curiosidad (¿dónde están los hombres?) y también la inquietud: ¿por qué las mujeres acuden más a terapia?

A estas le siguen otro tipo de dudas, siempre en busca de una explicación. ¿Tienen las mujeres un peor pronóstico en duelo y por eso acuden más a terapia? ¿Lo que caracteriza a las mujeres es su tendencia a hablar y compartir -también en el duelo- y por eso los GAM están llenos de mujeres?

Habrá quien dirá: Ellas son más frágiles, necesitan más ayuda, por eso acuden a terapia. Los hombres, como son más fuertes y prácticos, en seguida se reorganizan, miran hacia delante. Otros dirán, en cambio: Ellas son más sensibles, se responsabilizan más de su pérdida, les encanta compartir. Ellos huyen del dolor y se refugian en la evitación, por eso casi nunca acuden a terapia.

Pero siempre, también cuando repasamos las estadísticas de salud mental que informan de incidencias y prevalencias, frecuencias, tratamientos, abandonos… vuelve a aparecer la pregunta, al menos en lo que se refiere a la elaboración de la pérdida:

¿Dónde están los hombres?

Dicho de otra manera, ¿qué están haciendo los hombres en duelo mientras sus madres, esposas, hermanas, amigas, hijas acuden a la consulta de un psicólogo o a un grupo de ayuda mutua? ¿Están desatendidos? ¿Evolucionarán peor? Detrás de estas cuestiones se esconde otra mucho más insidiosa pero que no debe pasarnos desapercibida entre la palabrería sobre hombres y mujeres: ¿es acudir a terapia de duelo la mejor estrategia de afrontamiento de un duelo?

Los hombres son diferentes a nosotras, ellos van más a su bola, no les gusta compartir, no se les da bien hablar de sus sentimientos. Estos son comentarios reales que he escuchado en sesiones de grupo a mujeres en duelo. Pero, ¿son los hombres tan diferentes a las mujeres? En algunas cosas sí, por supuesto. En otras (las importantes) me temo que no tanto como a muchos y muchas les gustaría defender. Detrás de algunos comentarios, sin duda fruto de la escasa reflexión, lo que hay es un gran prejuicio: los hombres son diferentes a nosotras (son peores); ellos van más a su bola (nosotras nos ocupamos más de las cosas, de nosotras, de los demás); no se les da bien compartir sus sentimientos (en cambio, aquí estamos nosotras, exponiendo y compartiendo semana tras semana nuestro mar de lágrimas).

Por eso es tan importante entender que en el duelo hay diferentes estilos de afrontamiento y diferentes necesidades en cada momento del proceso. Además, deberíamos dar gracias porque, cuando algo terrible sucede, cuando alguien querido muere, cuando las familias, los grupos a los que pertenecemos, se desestabilizan por una pérdida importante, haya alguien que se mantiene firme en los primeros momentos, días, semanas, que no se derrumba, que no llora desconsoladamente [una conducta maravillosa y sanísima, pero muy difícil de combinar con tareas prácticas o que exijan concentración], alguien que mantiene la serenidad y la frialdad y es capaz de organizar, tomar decisiones, sostener a los que sí se han derrumbado… Deberíamos dar gracias a todos esos hombres.

Y a todas esas mujeres. Porque lo que se olvida es que muchas veces, ¡muchas! son ellas las que adoptan esa postura que critican más o menos veladamente. De acuerdo: han pedido ayuda, están sentadas en las butacas de nuestras consultas, o camufladas entre sus compañeras del grupo de ayuda mutua, pero eso no significa que todas estén llorando o que lo hagan siempre, que tengan una gran conexión con sus sentimientos, que sean capaces de identificarlos y dejárselos sentir, que les guste hablar de ellos y lo hagan con profusión…

Hay tantas mujeres que se comportan en sus duelos de la manera tradicionalmente atribuida a los hombres… Y viceversa. ¡Y es perfecto tal como es! ¿Acaso no tener delante a diez señores en duelo exponiendo su experiencia quiere decir que ellos no están elaborándola adecuadamente a su manera, que no están hablando de ello, compartiéndolo con sus personas de confianza o sintiéndolo en soledad? Los habrá que no, naturalmente, pero cuántos habrá que sí, aunque las estadísticas no lo recojan.

Hablar, llorar sin parar, volver una y otra vez sobre los mismos temas, dejarse embargar por el dolor y hacer todo esto fácilmente con cualquier persona o delante de muchas, son estrategias de afrontamiento tan legítimas como callar, no llorar, reservarse, compartir solo de vez en cuando y con ciertas personas escogidas, orientarse a la acción. Ninguna de ellas es mejor ni peor que otras, ninguna de ellas indica por sí misma una elaboración sana del duelo. Dependerá siempre de la intensidad, duración y frecuencia con que se lleven a cabo y, sobre todo al hablar de duelo, de su función y del momento del proceso en que se produzcan. Y lo más importante: tanto hombres como mujeres utilizan –en mayor o menor medida- cualquiera de esas estrategias.

Foto: Men at church, Tojosan

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