Etiquetado: autocuidado

Las fuentes de la esperanza

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La vida a veces puede ser muy árida. Malas noticias, malas épocas, malos augurios o malos recuerdos nos salen al paso de manera a veces excesiva y siempre inoportuna. Cuando aparecen –y pueden hacerlo en el momento que menos esperamos, cuando mejor estamos o cuando ya habíamos empezado a encontrarnos bien- cuesta no solo encontrar el rumbo, sino también disfrutarlo. Faltan el sentido y la alegría y los nubarrones pueden llegar a generarnos mucha angustia.

En los momentos de desaliento, de desesperanza, cuando todo se ha complicado o ha vuelto a complicarse, cuando el bienestar que tanto nos había costado tejer se emborrona, se hace más urgente que nunca volver a las fuentes de inspiración: esas personas y actividades que nos refrescan y nos hacen descansar de nuestras heridas, aunque sea momentáneamente.

A veces no basta con recordar que el dolor pasará, a veces no basta con nuestra intuición proyectada hacia el futuro. Lo queramos o no, una realidad cotidiana que no deseamos se impone y toca estar en el dolor… a la espera de reencontrar una fuente que lo mitigue.

En esos momentos donde queremos que se abra el cielo celebramos lo poco o mucho que consigue hacerlo. El anhelo de esperanza se hace fuerte en nuestro corazón y, aun sin saberlo, parece orientar nuestros sentidos hasta encontrarla. El ser humano está programado no solo para separarse del dolor rehuyéndolo, sino también para mitigarlo provocando o buscando en la medida de sus posibilidades las circunstancias que lo compensen. Las fuentes que nos proporcionan luz, que nos inspiran y nos recuerdan incansablemente la belleza de la vida son necesarias en cualquier momento pero disponer de ellas, tenerlas cerca, saber discernir el camino que nos las devuelve es imprescindible cuando la soledad se convierte en desolación.

Puede ser escuchar a alguien en quien confiamos o que nos recuerda aquello para lo que nos estamos esforzando, o bien disfrutar de una actividad relajante que pueda aliviar nuestra agitación interior. A veces es solo reposar y esperar a que escampe adoptando una postura en la que lo que duele, duela menos.

Saber regresar a las fuentes de descanso o encontrarlas a nuestro paso es un don de ineludible entrenamiento y es, en sí misma, una habilidad de autocompasión: saber cuidar de uno mismo no solo porque sí, que ya es un buen motivo, sino porque cuando estamos mal lo merecemos más que nunca. Esto es lo que distingue el capricho del mimo, el autocuidado simpático del bálsamo solidario con uno mismo.

Foto. Pra lavar a alma e refrescar a cuca, Tiago Munch

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Cuando el calendario es nuestro enemigo

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El primer día que entré a un grupo de duelo como voluntario era mediados de noviembre. La navidad (no ya la auténtica, la del calendario de verdad, sino la del calendario social, la de los adornos en los edificios y los polvorones en los supermercados antes de que llegue diciembre) estaba muy próxima. Con su constelación de señales luminosas y sonoras, su despliegue estridente lleno de ambivalencias, anunciaba la cercanía de unas fiestas muy señaladas y entrañables para todos.

Recuerdo a aquel grupo de hombres y mujeres, la mayoría de ellos de mediana edad, que habían perdido a sus parejas unos meses antes. Sentados en un gran círculo en aquella enorme sala iban compartiendo sus experiencias, como hacían cada semana. No olvidaré que aquel día el tema estuvo presente en muchas de sus intervenciones, por no decir en todas. Y lo que transmitían al hablar era un humo inequívoco, que quedaba flotando en la sala por encima de todos nosotros a medida que lo iban desgranando uno a uno, cada cual con sus palabras: miedo, rechazo y desgana frente a la Navidad que se aproximaba.

Con el tiempo, a medida que fui acudiendo a más y más sesiones, descubrí que lo que sucedió con la Navidad no sería un hecho aislado, sino que estaría presente a lo largo de todo el año. Después de la Navidad vendría San Valentín. Y después, la Semana Santa. Y después, Sant Jordi. Y después, las vacaciones de verano y el día de Todos los Santos… Y pronto vendría otra vez la Navidad. Y, mientras tanto, un cumpleaños tras otro, el suyo, el de ellos, el de los hijos, el aniversario de la boda, el aniversario de la muerte, el aniversario de la enfermedad, una comida familiar, un encuentro anual de amigos, las fiestas del pueblo… Así pasaban el año aquellos hombres y mujeres que habían perdido a sus parejas: de fecha en fecha, permanentemente señalados por un sinfín de acontecimientos sociales y privados, un rosario de primeras, segundas, terceras veces sin la persona con quien lo habían compartido todo hasta poco tiempo antes.

Lo mismo sucede con el resto de personas que han perdido a un ser querido, no importa cuál. Hay algo en la batalla del duelo que se va descubriendo poco a poco: que entre los muchos enemigos (la soledad, la incomprensión, el desconcierto, las cargas sobrevenidas…) hay uno igual de sutil pero siempre puntual, el calendario. Una especie de tela de araña a la que hay que ir acostumbrándose, de la que hay que aprender a desembarazarse o con la que hay que aprender a convivir. El tiempo, la medida pegajosa de las cosas. También en el duelo.

El día a día ya pone de manifiesto de manera más o menos evidente el malestar, pero las fechas señaladas son momentos de mucha tensión para las personas en duelo, incluso antes de que lleguen. Se asocian a una emotividad muy fuerte, a una gran incomodidad. Generan un gran miedo, especialmente cuando se viven por primera vez sin la persona fallecida (o por segunda vez, si la primera estuvo muy próxima a la muerte y pasó desapercibida o bien se hizo un gran esfuerzo para pasarla por alto). Las personas en duelo afirman, entonces: “Temo que llegue ese momento, no sé cómo reaccionaré, será un día muy duro”. He escuchado en más de una ocasión (y de dos…) un urgente deseo: “De buena gana me acostaría el día 20 de diciembre y me levantaría el 7 de enero”.

Las fechas importantes dejan al descubierto de manera simbólica toda nuestra añoranza y la pesadez de la ausencia, las cuales, en realidad, ya están muy presentes el resto de días aunque sean días cualesquiera. Por otro lado, muchas personas en duelo afirman, con posterioridad: “No fue tan horrible como esperaba” o “En realidad puedo decir que pasé un buen día” o, incluso, “Fue un día bonito, hicimos tal o cual cosa para recordar, fue duro pero nos ayudó…”. Lo cierto es que uno nunca sabe a ciencia cierta qué experimentará en una determinada circunstancia hasta que está en ella.

Se aproxima la Navidad y puede que estas fechas sean difíciles para ti. Quizá guardas muchos recuerdos de navidades felices junto a tu ser querido y es normal que este año (o que cada año desde que no está contigo) temas que vayan a ser días duros que quisieras evitar o tengas la certeza de que no son un buen momento y que quisieras ahorrártelo. ¡Tiene tanto sentido no querer pasar por todo ello o temer que vaya a suponer un mal trago! Sin embargo, esos días llegarán y puedes hacer algo para tu autocuidado mientras los vives y para el cuidado de aquellas personas con las que tienes que compartirlos. Aquí tienes una información útil que puede que te sea de ayuda.

Foto. Navidad, SebaC.