Etiquetado: acogida

Lo que debí decirle a mi mente

14116357310_4d74dacea1_k
Una vez tuve un paciente con el que me equivoqué. En aquel entonces yo trabajaba como facilitador voluntario de grupos de ayuda mutua, en los que es necesario realizar previamente una entrevista de acogida individual para valorar si la persona puede incorporarse a ellos. Había quedado con un chico de poco más de veinte años que había perdido a alguien muy importante para él. Lo primero que pensé fue: ¿Varón?, ¿joven?, ¿duelo?, tendremos una conversación de lo más cognitiva (yo aún no utilizaba estas palabras pero el mensaje es el mismo). Le doy un cuarto de hora.

Me equivoqué. Nada más sentarse, aquel chico empezó a llorar y no dejó de hacerlo prácticamente en todo el rato que estuvimos juntos en aquel pequeño despacho. Su dolor, su rabia, su impotencia, su incapacidad para poner palabras a la tormenta que lo hacía sufrir de dentro afuera, ¡todo estaba tan presente, tan delante de mí! Estuve una hora presenciando cómo aquel joven en duelo compartía su experiencia con un desconocido (yo) de la única manera que en aquel momento podía hacer. Fue una entrevista de acogida maravillosa e interesantísima para mí y espero en mi corazón (nunca más volví a verle) que para él supusiera algún bien o, al menos, no supusiera un mal mayor.

¿Cuál fue mi error? Prejuzgar al paciente. No centrarme en el momento presente sino dejarme llevar ingenuamente por mis presuposiciones y mis juicios. No acudir a la entrevista de acogida (a la sesión de encuentro profundo y humano que es cualquier sesión terapéutica) con “mente de principiante”, plenamente dispuesto a descubrir a la persona que tendría delante, tal cual es, aceptándola más allá de lo que uno cree que hacen los hombres, las mujeres, los jóvenes, los viejos.

Mi error fue no tomarme un segundo para prestar atención y decirle a mi mente: guarda silencio, no es a lo que ya sabes a lo que debes aferrarte, contempla tu incertidumbre y acepta a ese chico.

Foto. Hombre en las rocas, Gustavo Miranda

Anuncios

El psicólogo, profesional vulnerable

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

Está muy extendida la creencia de que los psicólogos somos una especie de chamanes superdotados: superdotados de superpoderes que nos permiten escrutar a través de la piel y los huesos a las personas con las que nos relacionamos, adivinar sus pensamientos, desentrañar sus intenciones, sus motivos. Analizarlos, en una palabra, o, incluso, psicoanalizarlos con sólo dos o tres minutos de conversación sobre un tema cualquiera.

Esto, por supuesto, no es cierto. Los psicólogos somos personas normales, medias, con una inteligencia media, unas trayectorias de vida medias, unos defectos medios… y unos superpoderes medios también, me temo. Eso sí, tenemos una profesión que nos exige tener (e ir desarrollando) un puñado de cualidades referidas a las relaciones entre seres humanos: capacidad crítica, empatía, sensibilidad, prudencia, contención, habilidad para indagar y responder… Es decir, buenas o muy buenas habilidades comunicativas y de análisis. No son cualidades exclusivas de la profesión de psicólogo, por supuesto, pero en ella son cruciales, sobre todo en el campo de la psicoterapia. Sin ellas, nuestra labor está condenada al fraude y la mala práctica y, por tanto, a convertirse en un acto fallido.

Por eso, aunque nos entrenemos en algunas habilidades que tienen que ver con captar lo que les pasa a los demás y ayudarles… no, no somos perfectos, ni somos iluminados, ni gozamos de un bienestar excelente, ni saltamos porque sí de felicidad, fruto todo ello de nuestros superpoderes y supersabiduría. Igual que los médicos enferman, que a los fontaneros se les rompen los grifos, que a los peluqueros se les cae el pelo y que los herreros tienen en su casa cuchillos de palo entre otros pocos de metal, los psicólogos y psicólogas también tenemos lo nuestro: nuestras heridas. Trabajamos con las de los demás, sí, por lo que hemos de tener las nuestras más que controladas, localizadas y en aceptable estado de revista. Pero están ahí.

La labor del psicólogo es, como ninguna otra, la de un profesional vulnerable. Y, aunque parezca paradójico, esta vulnerabilidad no es un déficit ni una torpeza a corregir, sino una herramienta esencial en su trabajo.

Por otro lado, la vulnerabilidad del psicólogo tiene algunas particularidades si la comparamos con la de otros profesionales: si la comparamos con la relación que otros profesionales tienen con sus partes dañadas. El médico que trata el cáncer de un paciente no está tratándose el suyo propio con su acto profesional, igual que el fontanero no puede estar arreglando su grifo y a la vez el de su cliente, ni el peinado de un peluquero tiene influencia alguna en el peinado excelente que pueda realizarle o no a una persona (ni puede peinarse a la vez que peina a otros). Incluso el herrero puede comer con cuchillos de palo si le place sin que su trabajo en la herrería se vea, en modo alguno, afectado. Esto no sucede así con quienes trabajamos con personas en el campo de la psicología: llevamos nuestra herida a la consulta, la tenemos con nosotros en la interacción con nuestros pacientes (localizada, controlada e, insisto, a ser posible en aceptable estado de revista). La tenemos activada, vibrando, a la vez que conectamos con la herida del otro. Y, si sucede el milagro, si nuestro trabajo es bueno, si damos con el paciente capacitado para sanarnos y nos abrimos a él, nuestra herida puede transformarse también durante nuestra labor.

El psicólogo no está obligado a ser feliz ni hay que presuponerlo de él: no es un dios de la sabiduría que conoce los misterios del bienestar que están ocultos para sus semejantes. Es una persona igual a ellos, un ser humano cuya característica diferenciadora (aunque sea solo desde el punto de vista profesional) es que ha escogido una profesión que le obliga a hacerse cargo de su dolor y, por tanto, de su crecimiento personal, para poder ayudar a otros con el suyo. Está obligado a prestar atención a su sufrimiento, acogiéndolo para poder acoger el de los otros. No puede por menos que entender que es inhumano estar sanado del todo, pero que estar herido no significa que no pueda trabajar. Nuestras heridas, adecuadamente tratadas, son una de nuestras herramientas de trabajo, son parte del proceso de relación de ayuda con nuestros pacientes. En la línea de Henri Nouwen, son el punto de partida de nuestro trabajo y la base de toda su autenticidad.

De cómo se relacione el terapeuta con sus heridas dependerá en gran medida cómo se relacione con las personas a las que acompañe.

Foto: On a bed of nails, Ormando SLR

El duelo desautorizado

"Stop" by Ulf Bodin

Los duelos desautorizados son aquellos que, por algún aspecto de la relación entre el doliente y lo que ha perdido, son deslegitimados por el entorno de esta persona o la sociedad en su conjunto, que le restan valor y “prohíben” sus manifestaciones. La persona en duelo deja, así, de recibir apoyo o reconocimiento por parte de los demás, lo que coarta el desarrollo “normal” de su proceso de duelo, al tener que vivirlo en mayor soledad.

En inglés se conoce a este tipo de duelos con el adjetivo de disenfranchised, que quiere decir “privado de voto o de derechos”. Se trata de un fenómeno que alude a la dimensión grupal, social y cultural del duelo: a la parte compartida, pública, esa parte de nosotros que es (o no) porque los demás la reconocen (o no). No olvidemos que no somos lobos esteparios sino que vivimos en sociedad, es decir, que nuestra conducta y nuestro mundo psíquico se hayan fuertemente condicionados por las pautas culturales que hemos aprendido y que nos vemos en la “obligación” de seguir.

Esta desautorización de la que hablamos opera a distintos niveles: puede ser más o menos sutil, más o menos explícita, más o menos compartida e, incluso, más o menos legal u oficial. A veces, por qué no, la desautorización tiene una parte más o menos autoimpuesta. Sutil es que a alguien que, en confianza, te dice que está triste porque X murió hace X tiempo le contestes: ¿todavía? Explícito es decirle a alguien que está triste por el final de una maravillosa relación de corta duración: “Venga, no es para tanto, que lo vuestro sólo era un ligue, ¿no?”. Compartido es que no solo tu familia, sino también tus amigos, conocidos, desconocidos, etc. opinan que como, al fin y al cabo, fuiste tú quien decidió abortar, no tienes por qué sentirte triste y echar de menos a ese hijo que no has tenido. Oficial es que, directamente, tu relación era ilegal y, por tanto, no ha existido y, por tanto, será mejor que te reserves para ti tu presunto dolor. Autoimpuesta es cuando uno mismo, por vergüenza o por anticipar la incomprensión y comentarios morbosos de los demás (es decir, por anticipar la “desautorización”) se inhibe de decir, por ejemplo, que su ser querido se ha suicidado.

En realidad, tarde o temprano, todos los duelos acaban siendo desautorizados en la medida en que los otros (y no uno mismo) “dan el alta” a la persona doliente porque consideran que ya ha pasado suficiente tiempo y ellos deciden cuándo ha llegado el momento de pasar página (sospechosamente, ese momento suele llegar mucho antes para los demás que para el doliente, es decir, suele llegar demasiado pronto: no damos tiempo a los demás, no respetamos su ritmo, su duelo es nuestro malestar y presionamos para que acabe).

Si nos paramos a pensar, duelos autorizados en realidad hay muy pocos pero potencialmente desautorizados hay muchos más. ¿Cuáles autorizamos? ¿Para qué nos damos permiso unos a otros y para qué no?

Enseguida pensamos que cuando se muere un hijo todo el mundo va a autorizar ese duelo, por la percepción tan extendida de que es “la peor” pérdida de todas. Pues ni siquiera esto es verdad. ¿Qué ocurre cuando alguien tiene un aborto espontáneo (o no) durante las primeras semanas de embarazo o se produce una muerte perinatal (al final del embarazo o justo poco después de nacer)? ¿Están autorizados estos duelos? No seamos ingenuos: muchos de ellos no lo están. De hecho, existe en el inconsciente colectivo la presunción de que un niño que no ha nacido no tiene el estatus de “hijo”, sino el de “niño/a que está en camino”, máxime cuando todavía es un feto de pocas semanas. Por lo tanto, si no tenías un hijo, no puedes haberlo perdido. Si has/habéis sufrido un aborto, o has/habéis decidido interrumpir un embarazo o has/habéis sufrido la muerte perinatal de vuestro hijo o del bebé que estabais esperando, es probable que de manera más o menos sutil, explícita o compartida hayáis recibido comentarios deslegitimadores de vuestro dolor por parte de vuestro entorno formal o informal.

También pensamos que cuando mueren los padres se producen duelos completamente autorizados. Qué menos, ¿no? ¡Un padre, una madre! ¿Quién se atrevería a desautorizar estos duelos? Pues ni siquiera esto es verdad. Cuando los padres que mueren son ancianos, la tendencia es a deslegitimar el dolor del doliente, bajo el presupuesto de que la muerte de personas ancianas es normal, natural y ley de vida. Se olvida, así, el derecho que cada uno tiene a su dolor y se obvian posibles factores de riesgo de duelo complicado que, incluso en las muertes más “naturales” pueden estar presentes.

También pensamos que, cuando mueren los hermanos, a todo el mundo se le autoriza un duelo adecuado, acorde a sus ritmos y a la relación que ha quedado interrumpida. Pues tampoco esto es siempre verdad. ¿Qué pasa cuando una persona de muy corta edad pierde a un hermano? Muy a menudo se le pierde de vista (se le desatiende) o bien se hacen las mil y una piruetas para distraerle, normalizar su vida y que actúe como si nada hubiera pasado. Ambos mecanismos son muy frecuentes cuando una familia tiene que afrontar el duelo de un niño y son una fuente muy poderosa de factores de riesgo de un duelo complicado. Por otro lado, ¿qué pasa cuando una persona adulta, o anciana, pierde a un hermano? Bueno, es un hermano, no es un hijo, no es un marido, ya eres mayor, total, con la cantidad de gente que se le ha muerto ya a esta persona tan mayor, pues es lo que hay

Uno de los grandes olvidados en el duelo, y concretamente en el duelo desautorizado, es el duelo de las personas adoptadas. Hay que tener en cuenta la tradicional tendencia que ha habido a presuponer que la persona adquiere una vida mejor en el momento de ser adoptada y todo son ganancias para ella, mientras que lo que deja atrás es solo un mal pasado que nadie echaría de menos. Presuponer que todo lo que la persona pierde en el momento de su adopción no tiene valor es una manera de desautorizar su duelo.

Y luego ya están los duelos oficial u oficiosamente desautorizados: cuando mueren los abuelos (no olvidemos que hay personas para quienes sus abuelos han sido los referentes principales, mucho más que los propios padres u otros parientes), cuando muere una mascota, cuando muere un amigo o amiga (es decir, alguien que no es de la familia), y el capítulo aparte de las relaciones de pareja. ¿Qué pasa cuando muere alguien de quien me divorcié, incluso cuando yo mismo decidí que nos divorciáramos? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja pero nuestra relación era oculta porque éramos amantes y nadie puede saber nada de mí ni yo puedo hacer, decir o decidir nada? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja del mismo sexo, sobre todo cuando se trata de una relación oculta o en un contexto de no reconocimiento de derechos a nivel legal? ¿Qué pasa cuando me deja alguien con quien he tenido una relación muy corta –pero que para mí ha sido muy significativa– o muy discontinua y que, por tanto, nadie considera que fuera una relación “de verdad” o una relación “importante”?

En este blog hemos repetido en más de una ocasión que todos y todas tenemos derecho a nuestro dolor. Una sociedad acogedora, en cuyas relaciones priman la empatía, la solidaridad y la aceptación del misterio de aquello que no comprendemos del dolor del otro es una sociedad mejor, más sana e inclusiva.

Foto: “Stop” by Ulf Bodin