Categoría: El duelo

¿Por qué dura tanto?

Foto. Horia Varlan

Hace dos semanas apuntamos que una de las razones por las que el duelo tarda tanto en “resolverse” es que, al ser tan complejo (al afectar a múltiples factores de muy diversa naturaleza) es necesario tener por delante un cierto periodo de tiempo para ponerlos en orden y que vayan manifestándose todos. Como es obvio, este periodo no puede ser corto.

Estoy peor ahora que hace unos meses. “Pensaba que el primer año (las primeras navidades, las primeras vacaciones) sería lo peor. Sin embargo, me encuentro peor este año”. Afirmaciones de este tipo son muy frecuentes entre las personas que acuden a terapia de duelo. ¿Cómo es posible?

También hemos mencionado en alguna ocasión que el duelo (porque es complejo) no es un proceso lineal. Si imaginamos un gráfico sencillo que ponga en relación el tiempo que va pasando desde la pérdida y el bienestar psicológico de la persona en duelo, es un error pensar que el gráfico será una línea recta ascendente (es decir, que en el duelo empezamos con malestar 100 en el minuto 1 y de ahí vamos restando malestar mientras sumamos tiempo). Por supuesto, sería fantástico. Diríamos: “¡buenas noticias! ahora mismo te quieres morir pero cada día, por poco que sea, por lento que vayas, te vas a ir encontrando un poquito mejor y nunca peor que ahora”.

Desgraciadamente, no funciona así. En mi opinión, un gráfico más acertado sería una línea relativamente ascendente (y solo relativamente) pero no recta, sino llena de zig-zags y planos. La oscilación se parecería a la que va marcando la aguja de un sismógrafo: arriba y abajo, arriba y abajo, ahora con más frecuencia, ahora con menos amplitud, ahora plano, de repente un subidón, otra vez plano, de golpe una caída brusca… Los momentos planos, sin subidas ni bajadas, ilustrarían tantos momentos en los que no se siente ni frío ni calor, la persona no sabe en qué punto se encuentra o, directamente, informa de que está “estancada”.

Cuando hemos compartido mucho tiempo -y de calidad- con alguien que se muere o que nos deja o a quien dejamos, podemos tener en un primer momento una conciencia compacta y global de lo importante que ha sido esa relación para nosotros. Sin embargo, no podemos tener una conciencia plena, desplegada, de todas y cada una de esas cosas que hemos compartido y, en definitiva, todo aquello que hacía que esa persona, esa relación, fuera importante para nosotros. Todo eso va desvelándose poco a poco. Un día nos acordamos de una cosa, otro día de otra. Mientras no llega el verano no podemos sentir plenamente lo que es un verano sin esa persona. Si todavía quedan meses hasta que me toque vivir por primera vez su cumpleaños, o el mío, nuestro aniversario, ese día que fue tan importante, sin esa persona… entonces habrá sensaciones nuevas dentro de unos meses. Hasta que me encuentro en un apuro que esa persona me resolvía no puedo notar su falta de esa manera concreta… Por eso el duelo dura tanto: porque echaremos de menos a esa persona en tantas ocasiones y en tantos aspectos que tienen que ir apareciendo con la espontaneidad del día a día. Para que vivamos todo aquello en lo que echaremos de menos a esa persona tiene que pasar tiempo.

Los recuerdos están ahí agazapados y, si su detonante aparece pasado mucho tiempo desde que se produjo la pérdida, su efecto también se producirá mucho tiempo después de esta, aun cuando otros aspectos del duelo ya estén resueltos. ¿Significa eso que he tenido una “recaída” en mi duelo? ¿Entonces es que estoy retrocediendo? ¿Me estoy estancando? No necesariamente. Si volvemos al gráfico del zig-zag convendremos en que una caída no es lo mismo que un retroceso, aunque sea una caída muy pronunciada. Podemos “caer”, tener un periodo peor dentro de nuestro proceso “malo” que es el duelo, pero eso no quiere decir que perdamos posiciones: ya hemos hecho un cierto recorrido, hemos integrado aspectos de nuestro duelo que quedan ahí y no se desvanecen, sino que sostienen nuestra trayectoria.

Por otro lado, cuando una pérdida es irreversible hay ciertas dimensiones del duelo que, por fuerza, lo son también. Siempre aparecerán recuerdos o siempre nos puede asaltar una chispa de emociones negativas que ya teníamos colocadas. Porque somos humanos y estas cosas nos pasan porque son naturales, no porque vayamos por mal camino. Pasan porque le damos vueltas a las cosas y las elaboramos, porque la vida es caótica y todos sus elementos están siempre en movimiento, chocando unos con otros. Y, si el duelo está suficientemente bien encaminado, tal como chocan, siguen su camino. Tal como vienen… se van.

Foto: “Wide view over the northern Transfagarasan”, Horia Varlan

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El duelo desautorizado

"Stop" by Ulf Bodin

Los duelos desautorizados son aquellos que, por algún aspecto de la relación entre el doliente y lo que ha perdido, son deslegitimados por el entorno de esta persona o la sociedad en su conjunto, que le restan valor y “prohíben” sus manifestaciones. La persona en duelo deja, así, de recibir apoyo o reconocimiento por parte de los demás, lo que coarta el desarrollo “normal” de su proceso de duelo, al tener que vivirlo en mayor soledad.

En inglés se conoce a este tipo de duelos con el adjetivo de disenfranchised, que quiere decir “privado de voto o de derechos”. Se trata de un fenómeno que alude a la dimensión grupal, social y cultural del duelo: a la parte compartida, pública, esa parte de nosotros que es (o no) porque los demás la reconocen (o no). No olvidemos que no somos lobos esteparios sino que vivimos en sociedad, es decir, que nuestra conducta y nuestro mundo psíquico se hayan fuertemente condicionados por las pautas culturales que hemos aprendido y que nos vemos en la “obligación” de seguir.

Esta desautorización de la que hablamos opera a distintos niveles: puede ser más o menos sutil, más o menos explícita, más o menos compartida e, incluso, más o menos legal u oficial. A veces, por qué no, la desautorización tiene una parte más o menos autoimpuesta. Sutil es que a alguien que, en confianza, te dice que está triste porque X murió hace X tiempo le contestes: ¿todavía? Explícito es decirle a alguien que está triste por el final de una maravillosa relación de corta duración: “Venga, no es para tanto, que lo vuestro sólo era un ligue, ¿no?”. Compartido es que no solo tu familia, sino también tus amigos, conocidos, desconocidos, etc. opinan que como, al fin y al cabo, fuiste tú quien decidió abortar, no tienes por qué sentirte triste y echar de menos a ese hijo que no has tenido. Oficial es que, directamente, tu relación era ilegal y, por tanto, no ha existido y, por tanto, será mejor que te reserves para ti tu presunto dolor. Autoimpuesta es cuando uno mismo, por vergüenza o por anticipar la incomprensión y comentarios morbosos de los demás (es decir, por anticipar la “desautorización”) se inhibe de decir, por ejemplo, que su ser querido se ha suicidado.

En realidad, tarde o temprano, todos los duelos acaban siendo desautorizados en la medida en que los otros (y no uno mismo) “dan el alta” a la persona doliente porque consideran que ya ha pasado suficiente tiempo y ellos deciden cuándo ha llegado el momento de pasar página (sospechosamente, ese momento suele llegar mucho antes para los demás que para el doliente, es decir, suele llegar demasiado pronto: no damos tiempo a los demás, no respetamos su ritmo, su duelo es nuestro malestar y presionamos para que acabe).

Si nos paramos a pensar, duelos autorizados en realidad hay muy pocos pero potencialmente desautorizados hay muchos más. ¿Cuáles autorizamos? ¿Para qué nos damos permiso unos a otros y para qué no?

Enseguida pensamos que cuando se muere un hijo todo el mundo va a autorizar ese duelo, por la percepción tan extendida de que es “la peor” pérdida de todas. Pues ni siquiera esto es verdad. ¿Qué ocurre cuando alguien tiene un aborto espontáneo (o no) durante las primeras semanas de embarazo o se produce una muerte perinatal (al final del embarazo o justo poco después de nacer)? ¿Están autorizados estos duelos? No seamos ingenuos: muchos de ellos no lo están. De hecho, existe en el inconsciente colectivo la presunción de que un niño que no ha nacido no tiene el estatus de “hijo”, sino el de “niño/a que está en camino”, máxime cuando todavía es un feto de pocas semanas. Por lo tanto, si no tenías un hijo, no puedes haberlo perdido. Si has/habéis sufrido un aborto, o has/habéis decidido interrumpir un embarazo o has/habéis sufrido la muerte perinatal de vuestro hijo o del bebé que estabais esperando, es probable que de manera más o menos sutil, explícita o compartida hayáis recibido comentarios deslegitimadores de vuestro dolor por parte de vuestro entorno formal o informal.

También pensamos que cuando mueren los padres se producen duelos completamente autorizados. Qué menos, ¿no? ¡Un padre, una madre! ¿Quién se atrevería a desautorizar estos duelos? Pues ni siquiera esto es verdad. Cuando los padres que mueren son ancianos, la tendencia es a deslegitimar el dolor del doliente, bajo el presupuesto de que la muerte de personas ancianas es normal, natural y ley de vida. Se olvida, así, el derecho que cada uno tiene a su dolor y se obvian posibles factores de riesgo de duelo complicado que, incluso en las muertes más “naturales” pueden estar presentes.

También pensamos que, cuando mueren los hermanos, a todo el mundo se le autoriza un duelo adecuado, acorde a sus ritmos y a la relación que ha quedado interrumpida. Pues tampoco esto es siempre verdad. ¿Qué pasa cuando una persona de muy corta edad pierde a un hermano? Muy a menudo se le pierde de vista (se le desatiende) o bien se hacen las mil y una piruetas para distraerle, normalizar su vida y que actúe como si nada hubiera pasado. Ambos mecanismos son muy frecuentes cuando una familia tiene que afrontar el duelo de un niño y son una fuente muy poderosa de factores de riesgo de un duelo complicado. Por otro lado, ¿qué pasa cuando una persona adulta, o anciana, pierde a un hermano? Bueno, es un hermano, no es un hijo, no es un marido, ya eres mayor, total, con la cantidad de gente que se le ha muerto ya a esta persona tan mayor, pues es lo que hay

Uno de los grandes olvidados en el duelo, y concretamente en el duelo desautorizado, es el duelo de las personas adoptadas. Hay que tener en cuenta la tradicional tendencia que ha habido a presuponer que la persona adquiere una vida mejor en el momento de ser adoptada y todo son ganancias para ella, mientras que lo que deja atrás es solo un mal pasado que nadie echaría de menos. Presuponer que todo lo que la persona pierde en el momento de su adopción no tiene valor es una manera de desautorizar su duelo.

Y luego ya están los duelos oficial u oficiosamente desautorizados: cuando mueren los abuelos (no olvidemos que hay personas para quienes sus abuelos han sido los referentes principales, mucho más que los propios padres u otros parientes), cuando muere una mascota, cuando muere un amigo o amiga (es decir, alguien que no es de la familia), y el capítulo aparte de las relaciones de pareja. ¿Qué pasa cuando muere alguien de quien me divorcié, incluso cuando yo mismo decidí que nos divorciáramos? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja pero nuestra relación era oculta porque éramos amantes y nadie puede saber nada de mí ni yo puedo hacer, decir o decidir nada? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja del mismo sexo, sobre todo cuando se trata de una relación oculta o en un contexto de no reconocimiento de derechos a nivel legal? ¿Qué pasa cuando me deja alguien con quien he tenido una relación muy corta –pero que para mí ha sido muy significativa– o muy discontinua y que, por tanto, nadie considera que fuera una relación “de verdad” o una relación “importante”?

En este blog hemos repetido en más de una ocasión que todos y todas tenemos derecho a nuestro dolor. Una sociedad acogedora, en cuyas relaciones priman la empatía, la solidaridad y la aceptación del misterio de aquello que no comprendemos del dolor del otro es una sociedad mejor, más sana e inclusiva.

Foto: “Stop” by Ulf Bodin

El duelo, un proceso complejo

"..." de Pollobarba

El duelo -expresión de una gran pérdida- siempre da la palabra a infinidad de pequeñas y medianas pérdidas, materiales e inmateriales, que acompañan a ese desgarro principal, a ese gran titular que describe la gran separación. Por eso el duelo es tan largo: son tantas cosas, es tanto el material que, para vivirlo (ordenarlo, tomar conciencia de él, descubrirlo, darle una y mil vueltas), hace falta mucho tiempo.

En foros especializados se dice, por ejemplo, que el duelo de las personas adoptadas es un duelo “multifacético” o “multifactorial”: incluye muchas pérdidas y de diverso orden. Y así es, sin duda. Pero, en realidad, ¿qué duelo no lo es? ¿En qué duelo (cada uno con su especificidad) no se pierden miles de momentos (pasados, presentes y futuros), posesiones, perspectivas, identidad, relación, lo que se toca y lo que no se toca, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe, tantas caras de una misma pérdida? ¿Qué duelo es compacto, único, plano? El duelo siempre es multifacético, por eso decimos que es complejo. Ninguna pérdida significativa es una sola: todas vienen acompañadas de una infinidad de versiones parciales, daños colaterales de los que la persona va tomando conciencia durante su proceso.

El duelo, cuando es verdaderamente intenso y responde a una pérdida muy significativa, pone “en cuestión” nuestra estructura de la personalidad, nuestro marco existencial, nuestras creencias (sobre cómo funciona el mundo, sobre quiénes somos nosotros y los demás), nuestros valores (aquello a lo que damos importancia en nuestra vida: nuestra particular “agenda política” de prioridades), nuestros principios (las grandes líneas de actuación sobre las que regimos nuestro día a día y nuestras relaciones y que se nutren, por supuesto, de esos valores y creencias), nuestra red relacional (tan importante para nuestra supervivencia: el apoyo, la empatía, la ayuda recibidas).

En definitiva, nuestros grandes duelos ponen a prueba nuestro ser y estar en el mundo. Eso no significa, aunque a veces lo parezca, que nos desintegremos por completo y se nos vaya la cabeza definitivamente: la mayoría de las personas tenemos suficientes recursos como para resistir el embate de una gran pérdida sin por ello caer en una desintegración total de nuestro psiquismo y nuestra vida (recordemos que, incluso cuando es intenso, un duelo no deja de ser un proceso normal por el que pasamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida desde que el mundo es mundo). Pero ese cuestionamiento global sí nos indica la multifactorialidad del duelo, su complejidad.

Podríamos decir que el duelo es como un árbol robusto, alto, frondoso, con un tronco enorme y rugoso del que salen largas y poderosas ramas y de estas, otras ramas más finas y de estas, otras ramas más finas aún. Y todas ellas están cubiertas de cientos de hojas que, tintineantes, van cambiando de color, van cayéndose o dando lugar a flores, dejando espacio para los nidos de los pájaros, los saltos de los pequeños animalillos, la luz por unos lados sí y otros no, la sombra espesa. El duelo no es una columna lisa, es un árbol. Y un árbol nunca es solo un árbol: es un espacio enmarañado que cobija a otros seres y todos sus movimientos.

Foto: “…”. Pollobarba

 

 

Las normas en los Grupos de Ayuda Mutua

"Chairs" by Emdot

¿Eres miembro de un grupo de ayuda mutua y no te sientes a gusto con su manera de funcionar? ¿Te encargas de facilitar un grupo de ayuda mutua y notas que se te va de las manos, que algo falla en vuestra dinámica? Presta atención a este post, porque es muy probable que encuentres en él la razón del problema.

Las dinámicas de grupo son algo tremendamente complejo y, a menudo, es difícil desentrañar los motivos por los cuales las cosas no van bien, el grupo deja de ser útil a sus miembros y se acaba diluyendo. En el caso concreto de los grupos de ayuda mutua (GAM), lo más probable es que si no funcionan, si sus miembros no están a gusto, se deba a que no se están respetando las normas.

¿Qué normas son esas? Veamos. Los GAM son grupos de personas que se reúnen con cierta periodicidad para compartir la experiencia de vivir una situación determinada que todos sus miembros tienen en común y que les resulta problemática. En ellos se habla, por supuesto, pero los GAM no son tertulias, ni foros de debate, ni conferencias, ni un conjunto de diálogos cruzados entre sus miembros, como si se estuviera en un bar o en una reunión de amigos. Si eres miembro de un GAM o conduces uno y crees que tu grupo se parece a una de esas cosas presta atención: ¡no se están cumpliendo las normas!

Un GAM es un grupo en el que la gente comparte su experiencia para ayudarse entre sí. Cuando una persona es miembro de uno de estos grupos es porque está atravesando una situación bastante problemática o dolorosa en su vida, lo que le hace estar vulnerable, dolorida, necesitada de confianza y seguridad o de encontrar personas afines en las que verse reflejada y poder compartir todo aquello que no puede compartir con la gente de la calle, con sus familiares y amigos. Por eso, para que exista ese espacio sagrado de seguridad y respeto, de intimidad, es necesario observar unas cuantas normas, que le dan sentido y estructura al grupo. Las detallamos a continuación:

Ser puntual. Parece sencillo, incluso una tontería, pero la puntualidad indica que el miembro del grupo respeta al grupo y está disponible para él. Naturalmente, a veces es difícil encontrar una hora que a cinco, seis, ocho personas les venga bien, pero en la medida de lo posible es necesario encontrar esa hora y hacer un esfuerzo por estar todos, o casi todos, a en punto, listos para empezar.

Hablar de uno/a mismo/a. Además de una buena manera de no caer en comparaciones, podemos considerar que hablar “desde el yo” también es una norma del grupo per se. Lo que está claro es que si una persona acude al grupo es para trabajar algo de misma, para compartir su experiencia, para expresar cómo ella se siente, qué piensa, etc. No acude al grupo para interpretar la vida de los demás, ni para dirigir el grupo o convertirse en su portavoz ni para emplear el tiempo en otros temas que no respondan a los objetivos del grupo.

No comparar. Ya hemos dicho en alguna ocasión que todo el mundo tiene derecho a su dolor, sea cual sea su historia. Nadie es más ni menos que nadie, el dolor de cada persona es sagrado, misterioso, completamente respetable. Que lo comparta con nosotros es un gesto de generosidad enorme que debemos agradecerle. Por tanto, presuponer en voz alta que alguien está en mejor situación que uno mismo respecto al duelo, que lo tiene más fácil, que su vida es mejor, que, por eso, no debería quejarse tanto, es mostrar poco respeto hacia esa persona. Y sin respeto el grupo no puede funcionar.

No juzgar. Todos somos seres humanos y ningún miembro del grupo es un santo iluminado, capaz de decir a los demás lo que hacen bien y lo que hacen mal. Por eso, aunque somos humanos y es inevitable que el juicio aparezca en nuestros pensamientos, tenemos que acompañarlo de la certeza de que, aunque a nosotros nos parezca que una persona no va bien, o no está haciendo lo suficiente por “avanzar”, o hace lo que no le conviene, en realidad está haciendo en cada momento lo que sabe, lo que puede y lo que necesita. No le decimos a nadie lo que está bien ni lo que está mal. Cada persona tiene que encontrar sus propias respuestas.

No aconsejar. Nadie en el grupo es un pozo de sabiduría experto en lo que a otro miembro del grupo le conviene. Lo que para nosotros está bien y es adecuado en un momento dado puede que para otra persona carezca de sentido, o sea perjudicial, o resulte ofensivo. Además, no hay cosa que más moleste que recibir un consejo que no se ha pedido y que creemos no necesitar, sobre todo en un momento en que estamos vulnerables, susceptibles, irritables o cerrados. Esto no significa que la sabiduría del grupo no se pueda compartir, ¡al contrario! Por eso, hablando cada uno desde su propia experiencia, podemos ponerla al servicio del grupo porque tiene un gran valor, pero no lo hacemos en forma de consejo sino en forma de regalo al grupo para quien lo quiera coger desde la libertad.

No interrumpir. Ya hemos dicho que un GAM no es una tertulia o una charla convencional (esto es, una conversación en la que todo el mundo se interrumpe, se compara, se juzga, se aconseja, salta de un tema a otro…) sino que es algo diferente. Es un espacio en el que varias personas con un problema o una situación vital muy dolorosa se reúnen para compartir algo que, a veces, les es muy costoso compartir. Cada una tiene para ello unos minutos, que aprovecha como quiere y como puede. Es su espacio y es su tiempo, y debemos respetarlo, escuchándola con toda nuestra atención y toda nuestra presencia, sin interrumpirla, sin ocupar su tiempo, sin cortar el hilo de su intervención y dejando que la persona que facilita el grupo vaya acompañando a esa persona de manera controlada.

Preservar la confidencialidad. Probablemente esta sea la norma más importante de todas, la más sagrada, la que define mejor que ninguna otra la naturaleza de un GAM. Va más allá de la discreción y prudencia con que nos reservaríamos lo escuchado en una conversación normal. Lo que se dice durante la sesión de un GAM, lo que se escucha, es para el grupo y queda dentro de la sesión. No lo compartimos con nadie más. Tampoco, una vez acabada la sesión, vamos a una persona y le reabrimos su tema si ella no ha tomado la iniciativa, volcando sobre ella nuestras impresiones u opiniones.

La persona encargada de conducir o facilitar la sesión del grupo es la encargada de explicar a los miembros del grupo las normas, su objetivo y su utilidad. Es la primera obligada a respetarlas y la que tiene la obligación de hacerlas cumplir, con la debida flexibilidad. Que el GAM sea una tertulia más o un espacio seguro en el que compartir nuestra intimidad y nuestro dolor depende de ello.

Foto: “Chairs” de Emdot

Duelo y paro (y III): En tu día a día

Kailash Gyawali-1

Estar en el paro, como tantas otras situaciones vitales, también pérdidas, no se ve. Por eso, muchas veces hay que explicarle a la gente que no conoce esa condición en qué consiste. Por otro lado, a veces es una situación que dura mucho tiempo, por lo que no puedes comprometer y condicionar toda tu vida al hecho de estar en paro. Además, es importante que, ya que estás, rasques todo lo que puedas de esta experiencia para que, al menos, te reporte algún aprendizaje útil a partir de ahora. Veamos todo esto con un poco más de detenimiento.

Explícale a la gente qué es estar en paro. Explica a la gente cómo te sientes, cómo es el día a día de una persona en paro, cuando surja la ocasión. Hay gente que no ha estado nunca en esa situación, o bien lo estuvo hace mucho tiempo, o sólo ha estado unas semanas así. Esa persona no puede conocer en profundidad lo que significa estar meses, un año, dos, etc. sin trabajo y, si le faltan ciertas dosis de empatía básica, tampoco se lo va a poder imaginar.

Explícale a la gente que una persona en paro es alguien que pasa muchas horas solo (en su casa, en la calle, haciendo trámites, esperando…) mientras los demás trabajan. Explícale a la gente que una persona en paro es alguien que tiene miedo a lo que la pérdida de su trabajo ha hecho con su carrera profesional. Explícale a la gente que una persona en paro es alguien que a veces se siente culpable cuando, por un rato, deja de hacer algo relacionado con la búsqueda de empleo o cuando gasta dinero en algo que no tiene que ver con el trabajo. Explícale a la gente que una persona en paro es alguien que se pasa las semanas buscando trabajo mientras la gente de su alrededor se queja de que es lunes y tiene que ir al suyo. Explícale a la gente que una persona en paro es alguien que pasa meses y meses recibiendo negativas.

Cuando la gente no sabe todo esto es cuando te pregunta una mañana: ¿qué haces? Y tú les contestas: “aquí en casa, que acabo de volver del gimnasio/desayunando tranquilamente en el salón/ dando un paseo/ leyendo/tuiteando/ordenando mi mesa…” ¡lo que sea! y te responden algo como: “¡Qué bien vives!”, “¡Qué vidorra!”, “¡Te lo cambio!”. Esto es mucho más común de lo que parece y, si estás en paro, piensa si no has oído en más de una ocasión que alguien te dice que vives muy bien. Cada persona que está en paro es diferente y cada una sabrá lo bien o lo mal que vive pero, si tenemos que generalizar, hay algo que (ante la duda) nunca, nunca, nunca se le dice a una persona que está en el paro, que quiere dejar de estarlo y que hace ya “demasiado” tiempo que está poniendo todo su empeño y creatividad en conseguirlo: que vive bien. Da igual si está leyendo, si ha podido ir al gimnasio tranquilamente por la mañana, si está buceando en sus diferentes redes sociales o si le pillas justo dando un paseo. Nunca le digas que vive bien si no estás seguro de que es así. Porque duele.

Aprovecha el tiempo. Sí, seguro que ya te has hartado de oír este consejo, que es el abc de la orientación laboral, pero es el abc por poderosas razones. La idea es que todo ese caudal de tiempo disponible (que es tu recurso básico mientras estás sin trabajar) sea canalizado en algo útil tanto para tu bienestar al margen del paro (¡cuídate!) como para encontrar la manera de dejar de estar en paro. Si practicas deporte, o lees, o te encantan las series, o pasear, o hacer fotos, o quedar con gente con la que antes no coincidías… quizá es el momento de aprovechar y hacer todo eso más, o en horas que te apetezca más, o más tranquilamente.

Relaciónate mucho, ábrete, conoce a cuanta más gente mejor, porque si das con la gente adecuada (la que ya conoces y la futura) y te abres a ellos vas a vivir mejor y, quién sabe, a lo mejor alguna de esas personas tiene una varita mágica que te sirve. Si tienes diferentes inquietudes, piensa en todos esos cursos y talleres (de un día, de cuatro días, de un par de semanas) que son baratos o baratísimos y que se hacen por las mañanas, o por las tardes y a los que no podrías acceder si estuvieras trabajando. Aunque estés en paro, eres mucho más que eso y no todo en tu vida se reduce a tu pérdida del trabajo.

Sé consciente de este periodo vital por el que estás pasando. Todos pasamos por épocas en las que necesitamos un cambio o “unas vacaciones” y, a veces, perder nuestro trabajo y quedarnos en paro es un paso necesario para ello. Pero seamos honestos: si lo que quiere es estar trabajando, a nadie le gusta estar en paro sin saber cuándo acabará esa situación. Por eso, pasar unos meses, un año (o el tiempo que sea) “a la sombra” es una experiencia muy particular de nuestra biografía, también si la consideramos desde el punto de vista del duelo: hemos perdido el trabajo y, con él, más cosas: estatus, parte de nuestra red social, el tren de nuestro desarrollo laboral, dinero, autoestima, bienestar… Es un periodo duro, a veces muy duro y lleno de ambivalencias. Cierto, no se ha muerto nadie, no te ha dejado la pareja, no te han dicho que padezcas una enfermedad gravísima… pero se pasa muy mal.

La semana pasada dijimos “Permítete sentir lo que te nazca”. Claro que sí. Y permítete evitar sentirlo si es lo que necesitas. Y hazlo a tu manera, a tu ritmo. Ser consciente del periodo vital por el que estás pasando implica necesariamente admitir que te sientes mal, igual que puedes consentirte diversión, esperanza y motivación cuando aparecen. También implica no ser capaz de hacerlo en un momento dado. Solo así se pueden dar pasitos útiles para tu bienestar.

Por otro lado, igual no lo has pensado, pero estar en paro es algo muy importante que te pasa en tu vida. Sin embargo, como en cualquier otro duelo, el malestar no significa que este periodo de tu vida sea solo dolor, sea solo un impasse entre trabajo y trabajo. Tú eres tú cuando trabajas y cuando no trabajas y en todos los periodos de tu vida puedes aprender y crecer. De acuerdo, nadie quiere aprender si el precio para ello es quedarse en paro (aún no he conocido a nadie que no cambiaría en un santiamén todo su aprendizaje vital con tal de que su ser querido no hubiera muerto, o no le hubiera dejado, o esa enfermedad no se le hubiera declarado…) pero lo cierto es que ahí está: durante el paro, además de mucha frustración, mucha mala leche y mucho pesimismo, también vas a aprender mucho sobre cómo eres, desarrollarás nuevas facetas, madurarás. Sí, lo cambiarías ya, a cambio de esa oportunidad laboral que te sacara del hoyo, pero no le des la espalda a todo ese bagaje: haz que te refuerce.

Foto: “Working in free space”. Kailash Gyawali

Duelo y paro (II). Cuando te dicen que no

"Facepalm on the phone". Marcus Sümnick

Cuando a una persona en paro le dicen que “no” desde un trabajo que solicitó suceden básicamente dos cosas desde el punto de vista del duelo. Una, a nivel “macro”: se reactiva su duelo por haber perdido aquel trabajo que tenía y que, por los motivos que fuera, era importante para ella, con todo lo que eso supone. Dos, a nivel “micro”: con cada negativa que recibe durante el tiempo que está en paro se producen “pequeñas” pérdidas (y cada una va reactivando las anteriores, o se va sumando a ellas, como cada cual quiera verlo).

No hay recetas mágicas para encontrar trabajo (y tampoco para hacer que el duelo desaparezca), pero la persona que ha perdido su trabajo y está en búsqueda activa de otro no debe olvidar ciertas cosas ante la negativa de una empresa a contratarla:

Cuando te llamen de esa empresa que te entrevistó o recibas una contestación negativa a tu candidatura, permítete sentir aquello que te nazca. Probablemente se te ponga un nudo en el estómago, o te tiemble la voz mientras contestas a las explicaciones, o te entren ganas de llorar, quizá de cogerles por las solapas y preguntarles ¿pero por qué? o te dé por pasear por tu casa como un león enjaulado para canalizar tu rabia… También se dispararán tus pensamientos o los dirás en voz alta: otra vez, claro, así no hay manera, es el cuento de nunca acabar, está claro que nunca voy a dar el perfil, no lo entiendo, lo he hecho todo, yo era un buen candidato, otra vez igual, nunca voy a conseguir trabajo (es decir: nunca le voy a gustar a ninguna empresa…).

¡Es normal! El cuerpo, la mente, todo nuestro ser reacciona y se expresa ante una mala noticia. Y que todo eso salga, que coja forma, que se haga consciente, es bueno para ti. Tus reacciones de rabia, de tristeza, de impotencia, de pesimismo, de vergüenza, de vulnerabilidad, las que sean, ante el rechazo de una empresa no significan necesariamente que tú seas un derrotista y un pesimista. Eres un ser humano: tienes derecho a tu dolor. Estás en paro y te han rechazado: tienes derecho a tu dolor. De otro modo, ¿qué se espera entonces que hagas o que digas? ¿”Ah, de acuerdo, muchas gracias” y que pases a la siguiente cosa con el mejor de los ánimos? Si conseguir el trabajo te importaba de verdad, esperar que hagas esto no es realista y, desde luego, no es bueno para ti (a no ser que lo que necesites sea minimizar tus sentimientos y tus reacciones para sostenerte en un primer momento y poder entrar en ellos más tarde… en cuyo caso, ¡adelante, permítetelo también!).

Cuéntaselo a alguien. Recibir un abrazo, una frase de apoyo (no tópica, no hecha, sino sincera y auténtica), un pequeño mimo de parte de una voz amiga, ayuda. Busca el contacto con alguien de tu confianza y que sepas que te va a acoger ante la mala noticia de no haber sido contratado (otra vez) y cuéntaselo. Basta con una conversación cortita por whatsapp si no podéis charlar durante más tiempo. Es muy raro que al contactar con alguien y desahogarte -aunque sea en cuatro frases- no te reporte algo de consuelo, alguna sugerencia útil, otra perspectiva y, quién sabe, quizá unas risas (que igual te vienen muy bien).

Cuando hablo de una frase de apoyo auténtica y no “hecha” me refiero a que decirle a una persona que está en paro (como tantas actualmente en nuestro país, con perspectivas más que inciertas, después de meses intentando salir de ahí sin éxito, con una sensación de frustración tremenda) “No te desanimes” probablemente es muy bienintencionado, pero tampoco es realista y, seguramente, no ayuda mucho a esa persona. Es decir, es poco empático. Te has quedado en paro, llevas un año sin trabajar, te han rechazado ya de varias entrevistas (tanto de tu perfil como de perfiles muy inferiores), ya no se te ocurre con quién hablar… “pero tú no te desanimes, ¿eh?”.

Cuidado con las frases que decimos con la intención de ayudar: son un terreno muy resbaladizo. Porque la gente se desanima y (aunque ya se le ha ocurrido a ella primero) no puede dar al stop del desánimo y luego al play del ánimo sólo con quererlo o con que tú se lo digas. Es fundamental que, si verdaderamente queremos apoyar a la persona en paro que está recurriendo a nosotros, le demostremos que hemos captado su mensaje. A veces basta con un simple “¡Qué putada!, ¡cuánto lo siento!” para reconfortarla. Si añadimos un sincero: “¿Se te ocurre algo que pueda hacer por ti [en tu búsqueda de trabajo]?” estupendo. Y si, encima, vamos y lo cumplimos, entonces estaremos siendo de mucha ayuda.

Sigue caminando. Sí, al principio no apetece y no le ves el sentido pero, cuando han pasado unos minutos, unas horas, unos días (el tiempo que tú necesitas) seguro que te das cuenta de que no te queda más remedio que seguir intentándolo: seguir buscando a quién pedir trabajo, a quién ofrecer tus servicios, cómo autoemplearte, dónde seguir investigando, a qué curso apuntarte, qué trámites tienes que emprender para darle forma a esa idea que se te ha ocurrido, con quién hablar… Eso no significa que tengas que recuperar tu supermotivación de repente y a la primera. Después de un “no” (después de una pérdida significativa) cuesta recuperarse y hay que ir buscando el equilibrio entre los momentos de reordenar tus recursos y volver a ponerlos en marcha y esos otros momentos en los que necesitas quejarte o lamentar tu situación.

Foto: “Facepalm on the telephon”. Marcus Sümnick

Duelo y paro (I): Y ahora, ¿qué soy?

Foto. "The hand was still at hand". Aurelio Asiain

¿En qué trabajas?

Soy psicólogo. Soy médico. Soy profesora. Trabajo en un bar. Estoy de enfermera en un hospital. Técnico de iluminación en un teatro. Panadera. Trabajo como teleoperadora. Soy arquitecta. Soy dependiente en una librería. Tengo un pequeño negocio de catering con unos amigos. Administrativa, soy administrativa en una multinacional. Soy el coordinador de una asociación. Recepcionista en una tienda del centro. Soy portero de finca. Soy, soy, soy, soy, soy…

Hasta que un día dejas de ser. Y de tener. Y de estar. Y de trabajar.

¿En qué trabajas?

Pues mira, era psicólogo, pero justo ayer me despidieron. Era médico. Era profesora. Trabajo, trabajaba en un bar, pero cerraron. Estaba de enfermera en un hospital. Fui técnico de iluminación en un teatro, durante un tiempo, ahora no soy nada, quiero decir, no hago nada.

Parémonos a pensar un momento. ¿Cuántas veces, a lo largo de una semana, de un mes, de un año, varios años seguidos, le explicamos a alguien en qué trabajamos para contarle quiénes somos? ¡Muchísimas! Más de las que nos imaginamos (y eso sin contar las veces que tenemos que ponerlo por escrito en formularios diversos). Una vez y otra respondemos a esa pregunta y, con el tiempo, llegamos a hacerlo tantas veces que la automatizamos sin darnos cuenta, lanzando siempre la misma contestación: un parrafito modelo (en qué trabajamos y qué hacemos en nuestro trabajo, en dos, tres, cuatro frases) que apenas sufre modificaciones (si acaso, introducimos pequeñas variaciones aquí y allá cuando detectamos que nos hemos aburrido de dar siempre la misma explicación).

Y eso somos. Claro está que nuestra identidad la conforman muchas más cosas aparte del trabajo, pero qué fácil y socorrido es, cuando no sabemos por dónde entrarle a alguien o cuando alguien no sabe por dónde entrarnos: dar al play y soltarle nuestro parrafito, esa seña de identidad que hemos solidificado a fuerza de repetirla y que tenemos tan integrada.

Pero, ¿qué sucede cuando perdemos nuestro trabajo? De repente, de la noche a la mañana, tenemos que aprender a definirnos de otra manera, casi con las mismas palabras pero con un enfoque completamente diferente.

Al principio cuesta, hay que amasar las nuevas frases con paciencia hasta que las hacemos nuestras y nos dejan de ser extrañas. Integrarlas hasta que dejamos de luchar con ellas cada vez que reactivan en nuestra mente un regusto amargo, porque son el gran titular de nuestra nueva situación. El regusto de pensar o contarle a alguien -y por eso oírlo de nuestra viva voz- que ya no somos lo que éramos, que trabajábamos en algo (éramos algo) y ahora ya no.

Como en cualquier duelo, la pérdida del trabajo también supone un inevitable mordisco a nuestra identidad, un mordisco que hay que cuidar, limpiar y proteger, aunque sea suturando. Porque, como en cualquier duelo, el mordisco puede sanar transformando ese trozo de piel en otra cosa.

Al principio -o durante un tiempo- nuestra nueva identidad nos genera confusión. Quizá no sabemos si podemos seguir utilizando la identidad de antes para presentarnos a los demás y para pensarnos a nosotros mismos. Es importante que, durante el paro, encontremos una manera de definirnos que nos resulte cómoda, veraz, que no nos haga daño y que explique a los demás y a nosotros mismos lo que queremos decir de nosotros mismos.

Es cierto: no ayuda que los demás no se fijen en el regusto amargo que nos deja recordar -o decir en voz alta, una y otra vez- que ya no trabajamos. No ayuda la incertidumbre de no saber cuándo volveremos a ser algo, a ser alguien, a través de nuestro trabajo. No ayuda ver que los demás no tienen esos mordiscos ni esos costurones en sus pieles. Y tampoco ayuda hacer y hacer para salir de ahí sin que aparezca ni una sola señal de que se acerca la recompensa. Pero sí ayuda convencerse de que hay que ponerse en marcha o continuar marchando, hacer todo lo que sea necesario para que podamos decir -y decirnos (sin mentir)- que, fuéramos lo que fuéramos en el pasado, ahora somos lo que decidamos ser. Aunque seamos personas en paro.

Foto. “The hand was still at hand”. Aurelio Asiain

Cinco cosas que el duelo NO es

"Another head hangs lowly" de Riccardo Romano

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, acuden cada semana a las consultas profesionales y a los grupos de ayuda mutua para recibir apoyo y acompañamiento en la integración de sus pérdidas. Poco a poco –y afortunadamente- va extendiéndose una nueva concepción del duelo, más abierta y profunda, con la ayuda inestimable de quienes comparten esta experiencia tan trascendental.

Sin embargo, y a pesar de los intentos de la psicología por ofrecer a la sociedad un acercamiento serio, riguroso y claro de lo que es el duelo, persisten hoy en día ciertas creencias erróneas al respecto que conviene ir desmontando poco a poco. Probemos, para ello, a comentar de manera resumida algunas de las cosas que el duelo no es.

El duelo NO es una enfermedad. El duelo actúa desestabilizando enormemente la vida de las personas, especialmente su psiquismo, que puede quedar seriamente alterado durante un cierto periodo de tiempo, variable de persona a persona. Para entendernos, esta alteración se manifiesta en lo que podríamos llamar un intenso malestar psicológico. Aunque la persona sienta que “se está volviendo loca”, aunque no se reconozca, aunque sea incapaz de llevar la misma vida que llevaba antes de la pérdida, incluso aunque tenga que convivir un una gran tristeza durante mucho tiempo, el duelo no es una enfermedad mental, no es una depresión y no requiere por sí mismo ninguna medicación para hacerlo desaparecer.

El duelo NO es algo que solo aparezca tras una muerte. El duelo es la reacción psicológica compleja que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. Tradicionalmente se ha asociado a pérdidas debidas a muerte, ya que, por su naturaleza drástica e irreversible, esas pérdidas tienden a ser acontecimientos clave en la biografía de una persona. Sin embargo, debemos ampliar el concepto de pérdida e incluir en él todo tipo de separaciones y rupturas (divorcios, el fin de una amistad), no cumplimiento de importantes proyectos o deseos (suspender un examen crucial, ser rechazado para un trabajo muy anhelado o por alguien con quien deseábamos establecer una relación, descubrir la infertilidad), cambios normativos y no normativos en el ciclo vital de una persona (conciencia de vejez, emancipación de los hijos e hijas, cambios de domicilio o de lugar de residencia), deterioro de la salud (envejecimiento, enfermedades, mutilaciones), cambios en la estructura de nuestra personalidad o marco de creencias (pérdida de la fe, decepciones importantes), sin olvidar aquellas situaciones vitales que, por su complejidad, dan lugar a un duelo multifacético (por ejemplo, en personas adoptadas).

El duelo NO es algo raro. Por mucho que ahora lo nombremos y señalemos, incluso aunque se haya convertido en una pujante materia de estudio dentro de la psicología y de otras disciplinas, el duelo no es algo excepcional ni novedoso. No es algo que acabemos de descubrir ni es algo que solo les pase a un cierto número de personas (aquellas con problemas psicológicos o tendentes a la melancolía). El duelo es un proceso psicológico normal por el que pasamos todas las personas en diferentes momentos de nuestra vida: cada vez que perdemos algo que nos importa o a alguien a quien nos sentimos especialmente vinculados. Y esto, con sus particularidades históricas y culturales, ha sido así siempre.

El duelo NO es algo simple. A pesar de que asociemos su manifestación al llanto y la tristeza y resolvamos su causa asociándola a la mera muerte de alguien, lo cierto es que entender el duelo está muy lejos de poder despacharse así. El duelo es un proceso complejo en sus causas, en sus manifestaciones y en su desarrollo. No es algo lineal, corto ni fácil de explicar. Aunque establezcamos generalizaciones derivadas de nuestra observación y experiencia, es un proceso enormemente misterioso además de personal e intransferible, del que cada persona puede dar cuenta sólo en la medida en que le permiten sus palabras (aun cuando a veces es imposible ponerle palabras al dolor).

El duelo NO es una cadena perpetua. Ya hemos dicho que la experiencia del duelo es intensa, que está asociada al malestar, que todas las personas pasamos por ella (para saber todo esto no hace falta leerlo en un blog, basta con mirarse a uno mismo) y, quizá, lo peor de todo: que puede ser muy larga. Pero el duelo no es una condena para toda la vida, aunque al principio lo parezca. El testimonio que cada uno podemos aportar y la experiencia profesional de quienes acompañamos durante un periodo de tiempo prolongado a personas en duelo nos dan la buena noticia: aunque nada vuelva a ser igual, la mayoría de la gente resuelve satisfactoriamente su duelo, es decir, puede continuar con su vida y sus relaciones de una manera normalizada y saludable.

A lo largo de los próximos meses iremos abordando en el blog éstas y otras cuestiones relacionadas con el duelo.

Foto: “Another head hangs lowly” de Riccardo Romano

El último día de playa

"La chaise", David Wanaku

Todos los años sucede y ningún año nos damos cuenta… hasta que sucede. Siempre hay un día, al final del verano, en el que vamos a la playa por última vez pero no sabemos que es la última. Llegamos barruntando que ya nos quedan pocos días para tomar el sol, para bañarnos en el mar, para bucear y pasear por la orilla o dormitar en la arena… pero que no es el último, que pretendemos ir todavía más veces. Al menos una, seguro.

Sabemos que es de los últimos días pero no hemos decidido que sea el último. Aún quedan días de calor, nos decimos. Aún quedan días de vacaciones. Nuestra intención puede ser repetir mañana mismo o el próximo fin de semana. Volveremos y, entonces, nos daremos el último baño, el último paseo, la última cabezadita con el gorro sobre los ojos. Puede que, incluso, aún nos queden dos o tres días más.

Todos los años sucede que vamos a la playa pensando que aún nos queda al menos otro día y, por la razón que sea, ese día nunca llega. Ya está, ya fue, el otro día fue el último (hasta el verano que viene) aunque no estaba planeado que así fuera.

¿Y si hubiera estado planeado? Nos preguntamos. Si hubiera estado planeado hubiéramos ido más tiempo, respondemos en seguida. Habríamos ido a pasar el día, no nos habríamos ido tan temprano, nos habríamos bañado más veces, habríamos paseado hasta más lejos, nos habríamos hecho más fotos, habríamos tomado algo antes de marcharnos a casa, habríamos buceado más o hecho unos largos hasta la boya o mirado más detenidamente la espuma ir y venir entre nuestros tobillos enterrados en la orilla…

Pero tendrá que ser ya el verano que viene. Porque de repente cambió el tiempo y se aproximó el otoño. Porque nos rompimos una pierna y era un engorro ir con la escayola a la playa. Porque surgieron otros planes y luego ya sí que cambió el tiempo. Porque nos acabó dando pereza.

Entonces el verano se va disolviendo poco a poco y seguimos con nuestras vidas con lo que va tocando en cada estación, hasta el siguiente día en que, sin saberlo, será el último, hasta el siguiente verano que se acabe sin que lo planeemos, sin que nos demos cuenta. Como si todo pudiera acabar de repente, como nos pasa siempre con los días de playa.

Foto: “La chaise”, David Wakamu