Categoría: El duelo

¿Cuántos colores tiene la pérdida?

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En este blog hemos insistido varias veces en la necesidad ampliar la idea de pérdida para poder entender el concepto de duelo. Realizar este ejercicio, enriquecerlo, es el primer paso para acompañar y acompañarnos en esos momentos.

A menudo, cuando hablamos de pérdida o duelo, imaginamos una situación concreta en que la persona ha perdido (hace mucho o poco tiempo) un bien, una relación, un “objeto” determinado que tanto él como los demás pueden delimitar y observar, identificando claramente el tronco de la pérdida, aunque después haya que tener en cuenta sus múltiples ramificaciones.

Sin embargo, en otras ocasiones, se hace obligatorio incluir en la idea de pérdida todas esas situaciones más abstractas, a menudo vinculadas a periodos fluidos de la vida que no se sabe bien cuándo empiezan o cuándo acaban pero que son fuente de pérdidas incalculables.

Pensemos, por ejemplo, en la vejez. Es una época de la vida que concluye con la muerte pero cuyo inicio cuesta identificar y conlleva por sí misma muchas pérdidas no concretas (al menos en su nombre): salud, presencia social, vulnerabilidad económica, soledad, miedo a un futuro que nadie conoce y un presente desconcertante… ¿Cómo debe ser estar al final, después de haber vivido tanto?

Pensemos en la pérdida “múltiple” de los niños y niñas que son adoptados -ya sea por las llamadas vías nacional o internacional- y que han perdido su contexto de origen: su familia, su hogar, su nacionalidad, su idioma, su nombre… Observemos a todos esos niños que han llegado a nuestro país desde puntos muy lejanos del planeta para ser protegidos y a aquellos que, habiendo nacido aquí, tienen que cambiar drásticamente de cuidadores por una medida judicial. Observemos también a esos adolescentes, jóvenes y adultos en los que se van convirtiendo con el paso de los años y planteémonos: ¿cómo debe ser estar dividido, sentir que una parte de quien eres viene de un “fuera” borroso o incierto?

Hablando de la separación y los orígenes, ¿qué ocurre con una persona inmigrante o alguien que vive en el exilio? ¿Cuántos colores tiene la pérdida de tu país? El desarraigo, la fragmentación entre la persona y su entorno, la vivencia de una brecha entre tu espacio actual y tu lugar de referencia describen una enorme pérdida en multitud de personas que pasa muchas veces desapercibida… Miremos a nuestro alrededor, a tantas personas que viven estas circunstancias de manera por razones muy diversas y planteémonos: ¿cómo es sentirse lejos?

Por último, parémonos a pensar en una persona homosexual. Es alguien que se ha criado (con suerte) en silencio, en un entorno sin referentes, con amenazas insidiosas de exclusión y mensajes explícitos de inadecuación. Eso si no viviendo situaciones de violencia, rechazo y falta de apoyo y aceptación por parte de las diferentes capas de su entorno a edades muy tempranas y comprometedoras para la formación de una identidad sólida y personalidad sana. Hagámonos una pregunta (o varias): ¿cómo es crecer sin tener claro qué otro tienes que ser?

Plantearse estas preguntas, además de un medio para ejercitar nuestra consideración amplia y diversa de la pérdida y el duelo, es sembrar semillas de compasión.

Foto. Colour: the spice of life, Peggy Reimchen

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Gotas de trauma

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A veces, muy a menudo, el entorno fracasa desde el primer momento -o acaba fracasando con el tiempo- en su tarea de dar apoyo a la persona en duelo. Esto puede obedecer a diversos motivos: el cansancio (la gente se cansa de atender el dolor pasado un cierto tiempo), la ignorancia (cree que no es necesario dar apoyo), la desidia (sabe que es necesario dar apoyo pero no encuentra el momento de darle prioridad) o la incompetencia (quiere dar apoyo pero no sabe cómo hacerlo y lo hace mal, es decir, de manera poco empática).

Otras veces, es la pura incapacidad la que hace que uno fracase en su tarea de proporcionar apoyo a la persona que sufre: puede que yo mismo también esté en duelo y no pueda atenderte (quiera o no). Puede, incluso, que las circunstancias nos impidan a ti recibir ese apoyo y a mí dártelo.

Con motivo de la llamada “crisis del ébola”, que atemorizó a muchos países en el verano y otoño de 2014, El País publicó un emocionante artículo sobre este último supuesto, en el que se narraba la terrible historia de una mujer que no pudo recibir el apoyo de su entorno justo cuando lo hubiera necesitado. Louise recibe la noticia de la muerte de su prometido y padre de su hijo, víctima del ébola. Además, tiene que ser aislada y puesta en cuarentena hasta que se descarte que ella misma también padece la enfermedad. Es decir: el momento de la comunicación de la noticia ¡y las semanas posteriores! tienen que hacerse “a distancia”, sin tocar, sin abrazar, sin comunicarse de manera in-mediata con el entorno familiar y social cercano, en los que recaería la tarea de acompañar y sostener en ese momento terrible. Además, con la incertidumbre de si tienes o no el mismo virus que acaba de matar a tu pareja.

Aquí, esta vez de manera involuntaria, también se está produciendo un fracaso del entorno, generándose lo que llamamos “trauma acumulativo” (pérdidas secundarias -en este caso la pérdida de apoyo social- que se añaden a la pérdida principal durante el tiempo posterior y van acumulándose en capas, a veces de manera sutil o insidiosa, cayendo sobre la persona en duelo como una gota malaya). Este trauma acumulativo y acumulado, sin duda, se convierte en un factor de riesgo de complicación en el proceso de duelo, como seguramente habrá sucedido en el caso de Louise.

A veces es muy difícil estar al lado de alguien que sufre (acompañarle en la medida exacta en que necesita). A veces es muy difícil pedir ayuda. A veces, entre unas cosas y otras, la casa del apoyo se queda sin barrer y el camino del duelo se vuelve más áspero de lo que ya es. No importa. Bueno, sí que importa, pero también importa que somos humanos, no ángeles. Otra cosa que importa es que aprendamos a apoyarnos en quienes tenemos cerca y son de nuestra confianza. Y a no despistarnos, a aguzar el ojo, el oído y la palabra: puede que a nuestro lado, de manera desapercibida, en silencio, haya una persona que no está recibiendo lo que necesita en su duelo.

Foto. La gota, Leonardo Dell’Aquila

Cuando el calendario es nuestro enemigo

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El primer día que entré a un grupo de duelo como voluntario era mediados de noviembre. La navidad (no ya la auténtica, la del calendario de verdad, sino la del calendario social, la de los adornos en los edificios y los polvorones en los supermercados antes de que llegue diciembre) estaba muy próxima. Con su constelación de señales luminosas y sonoras, su despliegue estridente lleno de ambivalencias, anunciaba la cercanía de unas fiestas muy señaladas y entrañables para todos.

Recuerdo a aquel grupo de hombres y mujeres, la mayoría de ellos de mediana edad, que habían perdido a sus parejas unos meses antes. Sentados en un gran círculo en aquella enorme sala iban compartiendo sus experiencias, como hacían cada semana. No olvidaré que aquel día el tema estuvo presente en muchas de sus intervenciones, por no decir en todas. Y lo que transmitían al hablar era un humo inequívoco, que quedaba flotando en la sala por encima de todos nosotros a medida que lo iban desgranando uno a uno, cada cual con sus palabras: miedo, rechazo y desgana frente a la Navidad que se aproximaba.

Con el tiempo, a medida que fui acudiendo a más y más sesiones, descubrí que lo que sucedió con la Navidad no sería un hecho aislado, sino que estaría presente a lo largo de todo el año. Después de la Navidad vendría San Valentín. Y después, la Semana Santa. Y después, Sant Jordi. Y después, las vacaciones de verano y el día de Todos los Santos… Y pronto vendría otra vez la Navidad. Y, mientras tanto, un cumpleaños tras otro, el suyo, el de ellos, el de los hijos, el aniversario de la boda, el aniversario de la muerte, el aniversario de la enfermedad, una comida familiar, un encuentro anual de amigos, las fiestas del pueblo… Así pasaban el año aquellos hombres y mujeres que habían perdido a sus parejas: de fecha en fecha, permanentemente señalados por un sinfín de acontecimientos sociales y privados, un rosario de primeras, segundas, terceras veces sin la persona con quien lo habían compartido todo hasta poco tiempo antes.

Lo mismo sucede con el resto de personas que han perdido a un ser querido, no importa cuál. Hay algo en la batalla del duelo que se va descubriendo poco a poco: que entre los muchos enemigos (la soledad, la incomprensión, el desconcierto, las cargas sobrevenidas…) hay uno igual de sutil pero siempre puntual, el calendario. Una especie de tela de araña a la que hay que ir acostumbrándose, de la que hay que aprender a desembarazarse o con la que hay que aprender a convivir. El tiempo, la medida pegajosa de las cosas. También en el duelo.

El día a día ya pone de manifiesto de manera más o menos evidente el malestar, pero las fechas señaladas son momentos de mucha tensión para las personas en duelo, incluso antes de que lleguen. Se asocian a una emotividad muy fuerte, a una gran incomodidad. Generan un gran miedo, especialmente cuando se viven por primera vez sin la persona fallecida (o por segunda vez, si la primera estuvo muy próxima a la muerte y pasó desapercibida o bien se hizo un gran esfuerzo para pasarla por alto). Las personas en duelo afirman, entonces: “Temo que llegue ese momento, no sé cómo reaccionaré, será un día muy duro”. He escuchado en más de una ocasión (y de dos…) un urgente deseo: “De buena gana me acostaría el día 20 de diciembre y me levantaría el 7 de enero”.

Las fechas importantes dejan al descubierto de manera simbólica toda nuestra añoranza y la pesadez de la ausencia, las cuales, en realidad, ya están muy presentes el resto de días aunque sean días cualesquiera. Por otro lado, muchas personas en duelo afirman, con posterioridad: “No fue tan horrible como esperaba” o “En realidad puedo decir que pasé un buen día” o, incluso, “Fue un día bonito, hicimos tal o cual cosa para recordar, fue duro pero nos ayudó…”. Lo cierto es que uno nunca sabe a ciencia cierta qué experimentará en una determinada circunstancia hasta que está en ella.

Se aproxima la Navidad y puede que estas fechas sean difíciles para ti. Quizá guardas muchos recuerdos de navidades felices junto a tu ser querido y es normal que este año (o que cada año desde que no está contigo) temas que vayan a ser días duros que quisieras evitar o tengas la certeza de que no son un buen momento y que quisieras ahorrártelo. ¡Tiene tanto sentido no querer pasar por todo ello o temer que vaya a suponer un mal trago! Sin embargo, esos días llegarán y puedes hacer algo para tu autocuidado mientras los vives y para el cuidado de aquellas personas con las que tienes que compartirlos. Aquí tienes una información útil que puede que te sea de ayuda.

Foto. Navidad, SebaC.

Los factores de protección

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La semana pasada hablamos sobre los llamados “factores de riesgo”: aquellas condiciones que favorecen un desarrollo del duelo más problemático de “lo normal”, incluso de que degenere en una patología.

Con ser interesante conocer lo que puede complicar las cosas, tanto más lo es el reflexionar sobre qué puede protegernos de pasarlo aún peor o de traspasar drásticamente los límites de la salud.

En las circunstancias de la pérdida pocas veces tenemos una “responsabilidad en primera persona”. No siempre podemos controlar el momento, el lugar, el “clima” en el que se produce una pérdida, sobre todo una muerte. Somos dueños de lo que decimos y hacemos nosotros pero no de lo que dicen o hacen los demás. La vida es caótica y salvaje y nosotros, aun con nuestras capacidades, somos incapaces de salvarlo todo.

Sin embargo, dentro de esas circunstancias, sí que hay cosas que se pueden cuidar. Un factor de riesgo de complicación (si no se elabora adecuadamente el trauma que genera) es no haber podido hacer algo que sí podía haber estado en nuestras manos pero que, por ejemplo, alguien nos impidió hacer una vez producida la muerte. Por eso es bueno permitir que, dentro de lo posible, cada persona se comporte frente a la pérdida como necesite (en relación con ver o no el cadáver, tener acceso o no a cierta información, participar en rituales, etc.).

Respecto a lo que depende de la persona doliente, lo que más previene el sufrimiento excesivo durante el duelo y más favorece la reconstrucción posterior de la persona es, a veces, lo más difícil pero también lo más cotidiano: llevar una vida plena, agradable y con sentido. ¿Qué significa eso? ¿Ser superhombres, supermujeres, gurús de la felicidad, de la sabiduría, del éxito? No, nada de eso. Lo malo de la vida, lo negativo, lo que no nos gusta, lo que nos preocupa o nos da miedo, lo que no queremos ver, quienes no queremos ser, lo que odiamos de nosotros, lo imperfecto, lo vulnerable… todo eso también forma parte de la vida con toda su naturalidad. Por eso no hablo ni de santos ni de ángeles, ni de superhéroes o superheroínas. Hablo de gente que toma su parte de responsabilidad en su bienestar.

Por eso, sin ser ángeles ni superhombres y asumiendo todo lo naturalmente negativo de la existencia humana, es posible acercarse a una vida razonablemente plena, relativamente agradable, con un cierto sentido. ¿Cómo? Siendo personas creativas, con iniciativa, intereses e inquietudes. Personas abiertas a la vida, conectadas con el entorno más próximo y también con el mundo. Fundamental: personas con una vida social satisfactoria. Personas con un propósito vital relativamente encauzado. Es decir, construyendo día a día una vida tal que, después del tortuoso viaje que supone el duelo, tengamos un sitio agradable al que volver, un puerto agradable al que regresar. Muy cambiados, de acuerdo. Puede que, incluso, sin reconocer muchas cosas de aquella antigua vida nuestra. Al principio frágiles, pero luego más fuertes que antes, siempre que hayamos ido integrando cada vez más aspectos de las experiencias por las que hemos pasado.

Al margen del duelo, está claro que la vida no siempre es fácil, que a menudo cuesta conseguir lo que se quiere o faltan los motivos para la alegría. Cierto: no todo depende de querer estar bien, de decidir sentirse bien. Pero es indudable que prestar atención a lo que nos hace sentirnos bien y estar bien en la vida, entrenarnos en ello, aporta una parte importante a esa prevención. A veces no apetece, no podemos o no sabemos, de acuerdo, ¡no somos perfectos! Pero después toca reponerse y poner lo que podamos de nuestra parte, aunque sólo podamos un poquito, hasta donde lleguemos. Tener un tono vital orientado a proyectos, ilusiones, relaciones, disfrute, aprendizaje, nos ayudará a combatir aquellos factores de riesgo que no dependen de nosotros.

Es (en parte) responsabilidad nuestra ir creando cada día un hogar agradable (nuestra vida) al que poder regresar después de los malos viajes. Es responsabilidad nuestra prevenir, crear esas condiciones que nos protegerán y nos harán menos duros el duelo y la reconstrucción. Por eso, independientemente de las pérdidas que podamos tener, en la medida de nuestras posibilidades y respetando nuestros ritmos y nuestras zonas de sombra, es “de vida o muerte” que cada día trabajemos nuestros intereses, nuestros gustos, que cuidemos a la gente importante de nuestro alrededor, que nos interesemos por este mundo y esta vida en los que estamos y a los que pertenecemos, lo queramos o no.

PD. Tanto si lo anterior falla como si no, hay otro factor de protección frente al duelo complicado: acudir a terapia de duelo.

Foto. Las Golondrinas, Oriol Salvador.

Los factores de riesgo

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Cuando se habla de duelo, ya sea desde la psiquiatría y la psicología, ya desde otros ámbitos menos especializados en el tema, siempre acaba apareciendo la cuestión del “duelo complicado” y del “duelo patológico” (no, no son la misma cosa). Esto tiene que ver, por un lado, con la creencia ampliamente extendida de que el duelo es una enfermedad mental o algo muy parecido a una enfermedad mental. Ya hemos explicado que, aunque el duelo pueda complicarse hasta derivar en una patología, a priori es sumamente incorrecto considerarlo como tal. Por otro lado, el interés que despiertan la complicación y la patologización del duelo obedece a causas más legítimas: la certeza de que, aunque la mayoría de los seres humanos elaboramos saludablemente la mayoría de los procesos de duelo por los que atravesamos en nuestra vida, a veces esa elaboración no es posible e, incluso, se observa la aparición o complicación de una patología mental u otras complicaciones asociadas de alguna manera con el proceso de duelo.

Desde el modelo integrativo-relacional se considera que el duelo se complica cuando la persona sigue empleando estrategias de afrontamiento que tuvieron una función en su momento pero que, pasado el tiempo, la han perdido y se han vuelto disfuncionales (es decir, generan costes para la persona que no compensan las ganancias). Por supuesto, para llegar a la conclusión de que dicho fenómeno se ha producido, debe hacerse una correcta y exhaustiva exploración del sistema de afrontamientos de la persona y tener en cuenta el imprescindible criterio temporal. Por último, conviene destacar que el hecho de que un duelo se complique o esté en camino de hacerlo no quiere decir que no pueda reconducirse adecuadamente, tanto en terapia como fuera de ella.

Por otro lado, un “duelo patológico” (expresión bastante ambigua y equívoca) aparece cuando el duelo complicado ha degenerado mucho sin haberse podido reconducir, de manera que la persona acaba desarrollando una patología mental o fisiológica u otras disfunciones graves o bien cuando el duelo se ha añadido a una patología mental latente o presente en la persona, de manera que ambos fenómenos se agravan mutuamente y acaba siendo difícil diferenciarlos.

Por razones de economía nos centraremos en el duelo complicado. Para ello, es necesario tener siempre presente el concepto de “factores de riesgo”, es decir, aquellas características del duelo que aumentan el riesgo de que el proceso se complique pero que en ningún caso determinan o aseguran que esto vaya a suceder. Existen diferentes clasificaciones de los factores de riesgo. Es habitual que los factores de riesgo se clasifiquen en tres grupos:

Los debidos a características del doliente: edad (muy joven o muy mayor), estructura de la personalidad (endeble o inmadura), vulnerabilidad psicológica previa (presencia de patología mental previa o predisposición), padecer otros estresores a los que la pérdida se añade (otras pérdidas presentes, como la del trabajo o la salud, o cargas familiares), etc.

Los debidos a las circunstancias de la pérdida: muerte violenta (asesinatos, torturas previas, gran sufrimiento real o imaginado por el/la doliente, desmembramiento o grave deterioro del cuerpo), suicidio (que es una muerte violenta pero que merece destacarse por sus peculiaridades), desaparición (incapacidad para encontrar el cadáver), muerte súbita, repentina o inesperada, aspectos pendientes aún no resueltos (juicios, sentencias, herencias), relaciones donde la naturaleza del vínculo predice un duelo fuertemente desautorizado, etc.

Los debidos a la relación entre la persona doliente y la fallecida: asuntos pendientes muy importantes (que generan mucho trauma), relación ambivalente o de dependencia, etc.

Por supuesto, a todo esto hay que añadir los debidos a características de la persona fallecida, entre los que destaca la muerte de niños/as.

Al margen de estas clasificaciones, que siempre serán incompletas e inexactas, no se debe confundir factores de riesgo de duelo complicado con motivos de desautorización del duelo o circunstancias que generarán trauma. Es evidente que estos tres grupos están íntimamente relacionados entre sí, pero no son absolutamente equivalentes, por lo que se deberá ser concreto y preciso al emplearlos. Por supuesto, hay que insistir en el hecho de que estamos hablando de riesgo, probabilidad, predictibilidad, etc. pero nunca de certeza o determinación (ni en duelo complicado, ni en trauma ni en desautorización del duelo).

A fin de cuentas, lo que importa es la experiencia única e indiscutible de la persona, no la etiqueta o prejuicio que el terapeuta le quiera adjudicar. Una vez más, debe ser la teoría la que se ajuste a la persona, no la persona la que deba encajar en un modelo teórico concreto.

Foto. Tacheles Haus, Laura Leal Martínez

¿Cuál es tu esperanza?

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Una vez participé como alumno en un ejercicio de meditación guiada en el que se formuló esta pregunta, como si se hiciera para la persona en duelo, aunque puede servir para cualquier ser humano. Y no la he olvidado, porque me parece crucial.
¿Cuál es tu esperanza?

Lo que esperas, deseas, anhelas para ti. Sí, para tu vida entera, pero sobre todo para ti aquí y ahora, en tu momento de desierto, en el mar de desesperanza, en el polo sur de las ilusiones. ¿Cómo te imaginas tu vida lejos de esto?, ¿cómo es la vida que quieres para ti cuando esto acabe? Si eres capaz de proyectarte unos meses, unos años más allá de este callejón oscuro, cuando puedas haberte separado del dolor, cuando ya estés tocando todo lo demás que tú también eres, ¿qué espera el corazón más profundo y más sabio de tu corazón humano?
La respuesta a esta pregunta va unida casi siempre a la respuesta a otra, más problemática y pegada al desierto: “Y esto, ¿cuánto dura?”. A la persona que lo está atravesando, sobre todo si es la primera vez que se encuentra en una situación como esta, le preocupa enormemente que su dolor vaya a ser eterno, que toda su vida vaya a ser, a partir de ahora, un transitar errático por el dolor, la melancolía, la desesperanza y la falta de ilusión. Y esto, ¿cuánto dura? ¿Esto va a ser así para siempre? Pero la gente… ¿la gente supera esto? La persona en duelo necesita información y necesita normalización para poder contener algunas de sus preocupaciones y, así, empezar a tener esperanza.

¿Cuánto dura el duelo? En efecto, esta es, probablemente, una de las preguntas que con mayor frecuencia aparecen en los grupos de ayuda mutua y en las consultas individuales sobre duelo. El criterio “coloquial” nos dice que dura para siempre. ¿Para siempre? Sí, una pérdida que es irreparable dura para siempre, luego algunos de sus efectos duran para siempre también. Siempre habrá un momento para la nostalgia, para la emoción, para la duda, para un nuevo recuerdo o comentario que nos descoloque y active en nosotros una punzada, vestigio de aquel dolor mayor por el que pasamos durante la peor época. Por otro lado, el criterio “técnico” nos dice que el duelo dura unos meses, un año, dos años, tres años… hasta que finalmente se procesa y podemos considerarlo como “concluido”.

¿“Concluido” quiere decir que todo volverá a ser como antes? No, nada puede volver a ser como era antes de la guerra, de la inundación, del incendio o del terremoto. Por mucha reconstrucción que se haga, el mundo, nosotros, siempre será otro. ¿Entonces? Entonces “concluido” quiere decir que la persona está fundamentalmente orientada a la vida, ha retomado en un alto grado sus actividades y sus proyectos (además de, quizá, haber emprendido otros nuevos), sus relaciones sociales no han desaparecido y siguen siendo razonablemente satisfactorias (aunque hayan cambiado) y tiene capacidad para ilusionarse y disfrutar de la vida más allá de los pequeños fogonazos de alegría que también existen durante el duelo duro. Cuando se ha dado una transformación “positiva” en su identidad, fruto de haber integrado los diferentes elementos de su pérdida.

Y, sobre todo, como dicen los maestros que saben mucho de esto, el final del duelo viene marcado no por la desaparición absoluta y permanente del dolor, sino por la capacidad para entrar y salir de él con fluidez cuando aparece sin quedarnos enganchados otra vez.

¿Qué es para ti el final, qué sería para ti estar bien? Es una pregunta que me gusta que se formule a la gente en duelo a la que se acompaña. A menudo, dentro de las turbulencias del dolor, nuestro organismo solo alcanza para lo más básico: no quiero estar mal, quiero estar bien, no quiero sufrir, quiero que esto acabe. Es decir, huir del dolor y buscar el bienestar, algo crucial para nuestra supervivencia. Pero debe llegar un momento en que la persona dé un paso más y ponga en palabras qué sería para ella estar bien, estar “más allá” del duelo. Puede que no se lo haya planteado hasta el momento en que otro le hace la pregunta. Sin embargo, aun en medio de su desierto, de su Polo Sur, prácticamente todo el mundo es capaz de tomarse un momento de reflexión y esbozar dos, tres frases sencillas que describen cómo sería para ellos que el duelo hubiera terminado, cuáles serían los indicadores de que están saliendo de él, de que comienza una vida nueva que, aun siendo otra, puede también ser una buena vida.

Es así como, más allá de los deseos difusos, la persona en duelo empieza a bosquejar, a plantearse a sí misma cuál es su esperanza… y no solo cuál es su anhelo desesperado.

 

Foto. La raíz cuadrada de lo que soy, Quique Pastor

Los aspectos culturales del duelo (III): los rituales

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Según la definición de la RAE, ritual significa “costumbre o ceremonia”.
Como costumbre, es algo que se repite de una manera más o menos estandarizada aunque, en realidad, hay rituales que sólo se realizan una vez y con eso basta (es decir, son más ceremonias que costumbres). Como ceremonia, es una “acción exterior” (por tanto, visible, aunque sea privada) “arreglada para dar culto a las cosas divinas o reverencia y honor a las profanas”.
Es decir, existen varios componentes esenciales en la idea de ritual: repetición (a veces), celebración, culto/honor/reverencia/homenaje, visibilidad… Habría que añadir aquí que el ritual es una conducta más o menos compleja que organiza parte del mundo simbólico de la persona para expresarla de forma concreta. En términos de proceso de duelo lo consideramos necesariamente una conducta, pero una conducta que no es nada sino como vehículo de expresión emocional, cognitiva y somática, al margen del componente relacional reducido (respecto a la persona o personas objeto del acto) o amplio (si es compartido).

En este post merecen nuestra especial atención este segundo tipo (no los rituales que cada uno hace en soledad o con sus seres allegados, en privado, diseñados especialmente para la ocasión, sino los compartidos, institucionalizados y que todos más o menos cumplimos de la misma manera). Entre ellos incluimos el visitar a la familia del fallecido en un tanatorio, celebrar un funeral y vestirse de negro, entre otras cosas. Como hemos estado diciendo, de una manera u otra estas costumbres y ceremonias en las que todos participamos en un momento u otro se construyen en nuestro contexto sociocultural y, por tanto, están configurados por importantes (aunque variopintas y cambiantes) constricciones geográficas y temporales.

Dichas constricciones, que son históricas, varían de un lugar a otro y de un momento histórico a otro, de manera que las personas nos vamos indicando mutuamente qué está bien o mal en el duelo, es decir, qué es socialmente aceptable y digno de reconocimiento y qué no lo es. Cuando decimos que el momento histórico importa nos referimos a que las costumbres y ceremonias socialmente permitidas ante la muerte de alguien en el Madrid de 2014 no son las mismas que las que estaban permitidas en el Madrid de 1930 ni en el Madrid del siglo XVIII. Cuando decimos que el lugar importa nos referimos a que, cuando alguien muere, no se hace lo mismo en Irak que en Suecia, ni en Etiopía que en China. Ni en una ciudad que en un pueblo. Todo tiene su sentido, su función, sus ventajas y desventajas prácticas. Lo más importante es ver qué efectos tiene sobre la persona en duelo, si responde o no a sus necesidades y si le hace más bien o más mal.

Hace poco hemos pasado por la festividad del 1 de noviembre, que en los países de mayoría oficial cristiana se llama “de todos los Santos”. Parecería que en un mundo tan secularizado como el nuestro una festividad así estaría desvaída y en desuso. Sin embargo, sigue marcada en el calendario como un día festivo, los medios de comunicación se hacen importante eco al respecto y, lo que es más significativo, sigue convocando a miles y miles de personas en torno a las costumbres y ceremonias esperadas. Aún en 2014 mucha gente acude a los cementerios, se reúne, se concentra, participa de un gigantesco ritual compartido que puede o no tener un significado profundo para ellos, pero que está relacionado con la muerte de sus seres queridos y con su participación en sociedad. En el día de todos los Santos se mezcla el recogimiento y la conexión con la historia de duelos de las personas que participan con la algarabía y movimiento de tanta gente concentrada a la vez en los cementerios e iglesias de pueblos y ciudades. Sobre todo en las localidades más pequeñas, la visibilidad social se hace máxima, tomando especial relevancia el componente de participación comunitaria y de vecindad (que, en ocasiones, puede llegar incluso a incomodar, ya que, como toda tradición muy arraigada, lleva consigo la presión social para formar parte de ella y no transgredir: los rituales nos definen como comunidad y, aquellos que tienen que ver con la religión y, por tanto, con una determinada gestión de la pérdida, tienen un arraigo ancestral tanto individual como sociológico del que no es fácil sustraerse).

Los aspectos sociológicos, psicosociales y antropológicos del duelo constituyen un extenso campo de estudio y reflexión que es difícil de trasladar a este blog. Sin embargo, dado que impregnan muchos otros temas de los que sí continuaremos hablando aquí, tendremos oportunidad de regresar a ellos.

Foto: Grief, Sonny Abesamis

Los aspectos culturales del duelo (II): el lenguaje

Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid). Foto. Felipe Gabaldón

El lenguaje es un vivo reflejo de las acotaciones socioculturales a la muerte y el duelo. No en vano, es el modo en que un grupo humano segmenta el mundo para poder nombrar cada uno de esos segmentos y comunicarse. El lenguaje pone de manifiesto cómo nuestro momento histórico y nuestro lugar condicionan nuestra vivencia privada y compartida de la pérdida.

Para empezar, hay que considerar las palabras que empleamos para referirnos al hecho de que una persona deja de vivir. Solo en español (y siguiendo las definiciones de la RAE) encontramos cinco términos al respecto: muerte, fallecimiento, defunción, deceso y óbito.

A ellas hay que añadir otras expresiones más o menos eufemísticas: desaparición, fin, faltar, perder, tránsito o trance. También algunas más coloquiales y vulgares: palmarla, estirar la pata, quedarse fiambre, quedarse tieso, pasar a mejor vida.

Por otro lado, igual que a menudo se confunde “duelo” con “tristeza”, otro error que se da con cierta frecuencia es confundir “duelo” con “luto”. Hagamos un paralelismo con los términos ingleses, por escoger un idioma no latino que, sin embargo, también diferencia entre estos tres conceptos. En inglés encontramos las palabras grief, bereavement y mourning. Como en español, aunque parezcan intercambiables, no lo son. La primera de ellas, grief, alude a la “aflicción”, es decir, a una emoción sinónimo de tristeza. La segunda, bereavement, expresa lo que en psicología llamamos “duelo”, es decir, el proceso psíquico, de carácter adaptativo, que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. La tercera, mourning, es lo que en español conocemos como “luto”: las manifestaciones culturales asociadas a la muerte de alguien (por ejemplo, en nuestra cultura, vestir de negro o poner una bandera a media asta). Sea en el idioma que sea, conviene ser exactos con el lenguaje y no confundir unas cosas con otras.

Al margen de la definición del término “duelo” que una y otra vez empleamos en este blog, cabe decir que la RAE nos aporta otra acepción de esa palabra que viene muy al caso de los aspectos socioculturales: “Reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio, o a los funerales”.

Las palabras y expresiones que empleamos para referirnos a la pérdida vienen marcadas por lo que en nuestra sociedad, en el momento actual, se considera aceptable o inaceptable. Importa tanto lo que decimos como lo que no decimos, pues muchas expresiones cumplen una función de ocultación, distanciamiento y minimización del hecho de la muerte. Una cosa es hablar de “morir” y otra es decir “nos ha dejado”, “cuando yo falte”, “falta desde hace X años”, “hemos perdido a…”, “se nos ha ido”. Estas expresiones no son 100% ocultadoras en sí mismas pues, si hablamos de “pérdida”, es normal que digamos “hemos perdido a Fulanito” en lugar de “Fulanito ha muerto” y todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, pasan a ser un mecanismo de evitación-negación propiamente dicho cuando sólo hablamos en estos términos y lo hacemos con la intención de sortear el impacto de la palabra “muerte”. No solo el individuo, sino también sociedades enteras se proveen de protecciones de este tipo, al coste de generar una desconexión del hecho de la pérdida.

También debemos prestar atención a los usos y costumbres lingüísticos que ponemos en marcha ante una muerte (por ejemplo, es paradigmático el pronunciar frases hechas como “te acompaño en el sentimiento” o ejecutar el ritual social compartido e institucionalizado de “dar el pésame”). De nuevo, es la palabra la que vehicula las costumbres compartidas y, mediante las etiquetas institucionalizadas, aporta una guía y una pauta, es decir, da estructura en los momentos relacionales y sociales de desestructuración (aquellos en los que hay un gran impacto, la gente duda de sus roles y necesita herramientas inmediatas para saber cómo relacionarse ante un acontecimiento doloroso).

Por último, no podemos olvidarnos de otro de los elementos lingüísticos por antonomasia en el ámbito de la muerte y el duelo: la esquela. Poner una esquela guarda un estilo muy característico en cada cultura y tiene la función social de comunicar un fallecimiento, a menudo de convocar al funeral y, en el caso de las esquelas religiosas, apelar a la conexión espiritual con los otros solicitando una “oración por el alma” del fallecido. Por otro lado, cuando se van reproduciendo periódicamente tiempo después de la muerte, las esquelas pasan a convertirse en un ritual en sí mismas.

El lenguaje, el medio a través del cual segmentamos el mundo para poder contárnoslo a nosotros mismos y entre nosotros, es inevitablemente el medio a través del cual segmentamos la pérdida para poder contárnosla.

Foto: Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid), Felipe Gabaldón

Los aspectos culturales del duelo (I): la socialización

Foto. "Human behavior". Procsilas Moscas

Todo lo relacionado con la muerte, como tantas cosas en nuestra vida, está fuertemente marcado por cuestiones socioculturales. El duelo no iba a ser una excepción.

Cuando hablamos del duelo desautorizado, dijimos que este concepto hace referencia a la dimensión compartida, pública, de nuestra vida. Es decir, que tiene que ver con la cultura a la que pertenecemos y en la que hemos desarrollado nuestro mundo psíquico a través de diferentes procesos de socialización que se dan con el tiempo.

Al principio, vivimos una socialización primaria. Se trata de lo que vemos en casa cuando convivimos con nuestra familia, que se encarga de cuidar de nosotros, de educarnos y de darnos normas y límites de comportamiento. Así, nos transmite los rudimentos necesarios para que nos manejemos en el lugar y el momento en el que hemos caído.

A este proceso se le une luego la socialización secundaria, que se da fundamentalmente en la escuela, donde convivimos con nuestros iguales (además de con otros adultos de referencia). Estos añaden información a la que hemos recibido en casa: normas, límites, el bien, el mal, lo que debemos y no debemos hacer. Sobre múltiples aspectos. También sobre cómo vivir el dolor.

Y así, sucesivamente, van coexistiendo en nosotros diferentes capas de socialización, pues es un proceso que nunca finaliza del todo: nunca dejamos de influirnos, controlarnos, moldearnos unos a otros.

Lo habéis adivinado: los diferentes escenarios y agentes de socialización con los que nos encontramos en nuestra vida no siempre nos transmiten los mismos contenidos, sino que, incluso, pueden entrar en graves contradicciones. Es en esas fricciones como se va forjando nuestra personalidad, nuestro marco de referencia para manejarnos por el mundo. Toda esa estructura psíquica, manifestada luego en nuestra conducta, es el resultado más o menos exitoso de nuestro intento por conciliar ese caos de mensajes que empezamos a recibir desde que nacemos.

Por eso, nuestras experiencias íntimas y compartidas de la pérdida, el dolor, la muerte, están fuertemente marcadas por lo que vemos en casa y, además, por lo que vemos que otros han visto en sus casas. Si en casa se expresan las ideas, acciones, emociones que siguen a una pérdida de manera más o menos abierta y libre, el niño tiene una oportunidad para aprender que puede expresarse: que el silencio, el misterio y la fragmentación no son los protagonistas. Puede que no lo aprenda, es cierto, pero se le da una valiosa oportunidad. Si en casa, en cambio, se excluye al niño, se impone la incomunicación, se desautorizan aspectos importantes que necesitan ser expresados o existe una vivencia demasiado desestructurada y desadaptativa ante una pérdida importante… el niño recibe un ejemplo diferente sobre lo que significa el dolor y sobre lo que puede hacer con él.

Si sumamos todas las casas, a lo largo del tiempo, vamos conformando lo que nos dice la cultura a la que pertenecemos sobre qué hacer y no hacer con el dolor y la muerte.

Por supuesto, en cada casa se hace lo que se puede: cada uno hace lo que ha aprendido y ha aprendido de lo que le han enseñado. Y es muy difícil que alguien aprenda lo que no se le enseña o que enseñe lo que no ha podido aprender. No entraremos ahora en eso. Simplemente tengamos en cuenta que cuando vivimos el dolor estamos viviendo, en parte, a través de los ejemplos que hemos recibido y a través de lo que, entre todos, en sociedad, vamos acordando que es lo deseable en este momento histórico que compartimos.

Dado que el tema incluye cuestiones antropológicas, sociológicas, psicosociales, etc., es demasiado amplio como para abarcarlo en un solo post. No obstante, por su importancia, seguiremos prestándole atención en próximas entradas.

Foto. “Human behavior”. Procsilas Moscas

10 mitos sobre el duelo

Ornickarr Greenbarrow

Como ya vimos en el post 5 cosas que el duelo no es, el duelo es todavía una experiencia muy desconocida y sobre la que persisten creencias erróneas que nos conviene ir reformulando.

Para completar lo que ya comentamos entonces presentamos a continuación 10 de esos presupuestos con los que la sociedad en general, incluyendo a menudo a las personas en duelo, se va moviendo dentro de la confusión:

MITO 1 El duelo se resuelve aproximadamente en un año. No es cierto. El duelo es un proceso complejo y muy personal, por lo que el periodo de tiempo para “resolverlo” satisfactoriamente varía en función de múltiples factores. En cualquier caso, dura tanto como cada persona necesita. Lo que sí es cierto es que en el duelo tienen una gran importancia las fechas, festividades y aniversarios, así como los diferentes periodos del calendario. Vivir cada ocasión por primera vez sin la persona fallecida son hitos importantes en el proceso y, para que eso suceda, hace falta (al menos) un año.

MITO 2 El duelo es como una depresión. De hecho, son términos prácticamente sinónimos. Ya dijimos que es un grave error confundir el duelo con una enfermedad, por ejemplo, con la depresión. Aunque ambos comparten en ocasiones ciertas manifestaciones (abatimiento, desilusión, tristeza profunda, llanto, desapego de la vida, apatía), conviene recordar que la depresión es una enfermedad mental con sus propias causas y criterios diagnósticos y hay que diferenciarla del duelo, que es una reacción normal y adaptativa ante la pérdida de algo o alguien significativo.

MITO 3 Dentro de los diferentes tipos de muerte, hay unas que son peores que otras. No podemos convertir el duelo en una competición de méritos para ver quién ha tenido la peor desgracia y quién está sufriendo más. Nadie está dentro de nuestra mente ni de nuestro corazón para comprobar cuánto nos importaba lo que hemos perdido. Sin embargo, en duelo podemos hablar de factores de riesgo de complicación que, como su nombre indica, apuntan al riesgo (no a la seguridad) de que ese duelo generará más sufrimiento y evolucionará peor que otros.

MITO 4 Cuando la muerte es “natural”, sobre todo de una persona mayor, no genera duelo. En el duelo, al final, quitadas todas las capas superficiales, lo que importa es la vinculación que yo tenía con quien he perdido: qué significaba para mí, por qué necesitaba a esa persona, quién era yo gracias a ella. Una muerte puede ser, aparentemente, muy “inocente”, con todos los componentes de naturalidad y normalidad y, sin embargo, estar acompañada de ciertos factores de riesgo que puedan complicar en un momento u otro ese duelo. Y, en última instancia, aunque no concurra ningún factor de riesgo, ya hemos dicho que nadie es quién para juzgar cuánto nos duele lo que hemos perdido.

MITO 5 Los hombres lo llevan mejor, para ellos es diferente, se recuperan antes. Durante años se ha hablado del duelo “en hombres” y el duelo “en mujeres”. Con la llegada de enfoques más modernos, ha empezado a hablarse de “duelo masculino” (más dado a la acción, orientado a “continuar con la vida”) y “duelo femenino” (más dado a la introspección, al hablar y compartir sentimientos, orientado a la pérdida). De esta manera, si bien es cierto que los hombres tienden a tener un cierto tipo de duelo y las mujeres tienden a tener otro, puede haber hombres que desarrollen un duelo más “femenino” y mujeres que desarrollen un duelo más “masculino”. O que cada uno, en diferentes momentos de su proceso, pasen por ambos tipos de duelo. Cada uno hace lo que puede con su pérdida y organiza su experiencia como puede y como sabe para poder soportarla.

MITO 6 Quien más llora es quien más dolor tiene. Ya hemos dicho que el duelo es un proceso complejo y misterioso, donde están presentes muchas emociones, muy alteradas, mezcladas, como en una explosión o ebullición muy desordenada. No reduzcamos duelo a tristeza y, por tanto, a llanto. En el duelo también hay culpa, rabia, miedo y vergüenza. Y, aunque parezca mentira, también hay alegría y sorpresas y momentos de paz y de estar en otras cosas. El llanto es solo una manera más de expresar el dolor y puede ser muy tramposo (hay gente con mucha facilidad para llorar y eso no significa que estén fatal; también hay gente que no llora nunca o casi nunca –o la que no vemos hacerlo porque ya viene “llorada” de casa– y eso no significa por sí mismo que sean más fuertes o se encuentren mejor).

MITO 7 Las personas jóvenes lo llevan mejor. Tienen toda la vida por delante, pueden tener más hijos, encontrar otras parejas… Si has leído hasta aquí podrás adivinar por dónde van los tiros: ser joven no significa ser más feliz, igual que ser hombre no significa ser más fuerte, ni ser mujer es ser más sensible. Las personas jóvenes, como las de más edad, tienen sus propios recursos pero también sus desventajas. No todos los jóvenes son iguales y también en la juventud están presentes los factores de riesgo para que el duelo se complique. En cualquier caso, como no nos vamos a cansar de repetir, el respeto siempre por encima: da igual tener toda la vida por delante (¿quién la tiene?) y con ello miles de oportunidades. Al final, todos somos seres humanos y a cada uno nos duele lo que nos duele.

MITO 8 Para resolver el duelo lo que hay que hacer es despedirse de la persona. Desgraciadamente, típico ejemplo de receta que los y las profesionales de la psicología que no saben mucho sobre duelo dan a las personas en duelo. Despedirse, dejar ir, soltar… Claro que todo esto está presente en el duelo y es necesario para dar pasos adelante. Pero todo en su justo momento (y el justo momento solo puede indicarlo la persona en duelo). A menudo, sobre todo al principio, hay una necesidad imperiosa, poderosa, ineludible y llena de contenido: la de no despedirse, no decir adiós, no dejar ir, no todavía. ¡Respetémosla!

MITO 9 Lo mejor que puede hacer una persona en duelo (y cuanto antes) para recuperarse es pasar página y orientarse a la vida. Centrarse en la pérdida es de depresivos. De todas partes le vienen a la persona en duelo consejos, sugerencias, ¡órdenes! que le indican que lo que le conviene es seguir adelante, que ya es el momento, que ya ha pasado mucho tiempo y que estar dándole vueltas a la pérdida no le hace ningún bien. No lo olvidemos nunca: el duelo es un proceso muy complejo y muy misterioso y, cuando aparece, parece invadirlo todo y ocupar toda nuestra vida, pero no olvidemos que ahí dentro cabe todo y que hay un momento para centrarnos en el dolor y otro momento para orientarnos a la vida. Y ambos momentos son necesarios.

Y MITO 10 El duelo es un proceso lineal de cinco fases (shock, negación, negociación, depresión y aceptación); vamos saltando de una en una hasta llegar a la quinta y, una vez ahí, todo habrá acabado. Durante décadas se ha consolidado la creencia simplista de que todo duelo tiene cinco fases por las que todo el mundo pasa, normalmente en el mismo orden hasta, felizmente, dejarlo correctamente elaborado. Cierto es que el duelo es un proceso dinámico (con cambios) por lo que a la fuerza tiene que poder dividirse en algún tipo de fases o etapas, pero de ningún modo todo el mundo pasa por todas ellas, ni en el mismo orden. De hecho, otras importantes aproximaciones teóricas más modernas no hablan de fases, sino de tareas, procesos duales, reconstrucción de significados… sin limitarse a reducirlo todo a una concepción clásica pero que se ha quedado obsoleta en algunos aspectos. Lo veremos en próximos posts.

Foto: Walls don’t cry, Ornickarr Greenbarrow