Los factores de protección

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La semana pasada hablamos sobre los llamados “factores de riesgo”: aquellas condiciones que favorecen un desarrollo del duelo más problemático de “lo normal”, incluso de que degenere en una patología.

Con ser interesante conocer lo que puede complicar las cosas, tanto más lo es el reflexionar sobre qué puede protegernos de pasarlo aún peor o de traspasar drásticamente los límites de la salud.

En las circunstancias de la pérdida pocas veces tenemos una “responsabilidad en primera persona”. No siempre podemos controlar el momento, el lugar, el “clima” en el que se produce una pérdida, sobre todo una muerte. Somos dueños de lo que decimos y hacemos nosotros pero no de lo que dicen o hacen los demás. La vida es caótica y salvaje y nosotros, aun con nuestras capacidades, somos incapaces de salvarlo todo.

Sin embargo, dentro de esas circunstancias, sí que hay cosas que se pueden cuidar. Un factor de riesgo de complicación (si no se elabora adecuadamente el trauma que genera) es no haber podido hacer algo que sí podía haber estado en nuestras manos pero que, por ejemplo, alguien nos impidió hacer una vez producida la muerte. Por eso es bueno permitir que, dentro de lo posible, cada persona se comporte frente a la pérdida como necesite (en relación con ver o no el cadáver, tener acceso o no a cierta información, participar en rituales, etc.).

Respecto a lo que depende de la persona doliente, lo que más previene el sufrimiento excesivo durante el duelo y más favorece la reconstrucción posterior de la persona es, a veces, lo más difícil pero también lo más cotidiano: llevar una vida plena, agradable y con sentido. ¿Qué significa eso? ¿Ser superhombres, supermujeres, gurús de la felicidad, de la sabiduría, del éxito? No, nada de eso. Lo malo de la vida, lo negativo, lo que no nos gusta, lo que nos preocupa o nos da miedo, lo que no queremos ver, quienes no queremos ser, lo que odiamos de nosotros, lo imperfecto, lo vulnerable… todo eso también forma parte de la vida con toda su naturalidad. Por eso no hablo ni de santos ni de ángeles, ni de superhéroes o superheroínas. Hablo de gente que toma su parte de responsabilidad en su bienestar.

Por eso, sin ser ángeles ni superhombres y asumiendo todo lo naturalmente negativo de la existencia humana, es posible acercarse a una vida razonablemente plena, relativamente agradable, con un cierto sentido. ¿Cómo? Siendo personas creativas, con iniciativa, intereses e inquietudes. Personas abiertas a la vida, conectadas con el entorno más próximo y también con el mundo. Fundamental: personas con una vida social satisfactoria. Personas con un propósito vital relativamente encauzado. Es decir, construyendo día a día una vida tal que, después del tortuoso viaje que supone el duelo, tengamos un sitio agradable al que volver, un puerto agradable al que regresar. Muy cambiados, de acuerdo. Puede que, incluso, sin reconocer muchas cosas de aquella antigua vida nuestra. Al principio frágiles, pero luego más fuertes que antes, siempre que hayamos ido integrando cada vez más aspectos de las experiencias por las que hemos pasado.

Al margen del duelo, está claro que la vida no siempre es fácil, que a menudo cuesta conseguir lo que se quiere o faltan los motivos para la alegría. Cierto: no todo depende de querer estar bien, de decidir sentirse bien. Pero es indudable que prestar atención a lo que nos hace sentirnos bien y estar bien en la vida, entrenarnos en ello, aporta una parte importante a esa prevención. A veces no apetece, no podemos o no sabemos, de acuerdo, ¡no somos perfectos! Pero después toca reponerse y poner lo que podamos de nuestra parte, aunque sólo podamos un poquito, hasta donde lleguemos. Tener un tono vital orientado a proyectos, ilusiones, relaciones, disfrute, aprendizaje, nos ayudará a combatir aquellos factores de riesgo que no dependen de nosotros.

Es (en parte) responsabilidad nuestra ir creando cada día un hogar agradable (nuestra vida) al que poder regresar después de los malos viajes. Es responsabilidad nuestra prevenir, crear esas condiciones que nos protegerán y nos harán menos duros el duelo y la reconstrucción. Por eso, independientemente de las pérdidas que podamos tener, en la medida de nuestras posibilidades y respetando nuestros ritmos y nuestras zonas de sombra, es “de vida o muerte” que cada día trabajemos nuestros intereses, nuestros gustos, que cuidemos a la gente importante de nuestro alrededor, que nos interesemos por este mundo y esta vida en los que estamos y a los que pertenecemos, lo queramos o no.

PD. Tanto si lo anterior falla como si no, hay otro factor de protección frente al duelo complicado: acudir a terapia de duelo.

Foto. Las Golondrinas, Oriol Salvador.

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