Los factores de riesgo

6117758317_ae922d94d1_b

Cuando se habla de duelo, ya sea desde la psiquiatría y la psicología, ya desde otros ámbitos menos especializados en el tema, siempre acaba apareciendo la cuestión del “duelo complicado” y del “duelo patológico” (no, no son la misma cosa). Esto tiene que ver, por un lado, con la creencia ampliamente extendida de que el duelo es una enfermedad mental o algo muy parecido a una enfermedad mental. Ya hemos explicado que, aunque el duelo pueda complicarse hasta derivar en una patología, a priori es sumamente incorrecto considerarlo como tal. Por otro lado, el interés que despiertan la complicación y la patologización del duelo obedece a causas más legítimas: la certeza de que, aunque la mayoría de los seres humanos elaboramos saludablemente la mayoría de los procesos de duelo por los que atravesamos en nuestra vida, a veces esa elaboración no es posible e, incluso, se observa la aparición o complicación de una patología mental u otras complicaciones asociadas de alguna manera con el proceso de duelo.

Desde el modelo integrativo-relacional se considera que el duelo se complica cuando la persona sigue empleando estrategias de afrontamiento que tuvieron una función en su momento pero que, pasado el tiempo, la han perdido y se han vuelto disfuncionales (es decir, generan costes para la persona que no compensan las ganancias). Por supuesto, para llegar a la conclusión de que dicho fenómeno se ha producido, debe hacerse una correcta y exhaustiva exploración del sistema de afrontamientos de la persona y tener en cuenta el imprescindible criterio temporal. Por último, conviene destacar que el hecho de que un duelo se complique o esté en camino de hacerlo no quiere decir que no pueda reconducirse adecuadamente, tanto en terapia como fuera de ella.

Por otro lado, un “duelo patológico” (expresión bastante ambigua y equívoca) aparece cuando el duelo complicado ha degenerado mucho sin haberse podido reconducir, de manera que la persona acaba desarrollando una patología mental o fisiológica u otras disfunciones graves o bien cuando el duelo se ha añadido a una patología mental latente o presente en la persona, de manera que ambos fenómenos se agravan mutuamente y acaba siendo difícil diferenciarlos.

Por razones de economía nos centraremos en el duelo complicado. Para ello, es necesario tener siempre presente el concepto de “factores de riesgo”, es decir, aquellas características del duelo que aumentan el riesgo de que el proceso se complique pero que en ningún caso determinan o aseguran que esto vaya a suceder. Existen diferentes clasificaciones de los factores de riesgo. Es habitual que los factores de riesgo se clasifiquen en tres grupos:

Los debidos a características del doliente: edad (muy joven o muy mayor), estructura de la personalidad (endeble o inmadura), vulnerabilidad psicológica previa (presencia de patología mental previa o predisposición), padecer otros estresores a los que la pérdida se añade (otras pérdidas presentes, como la del trabajo o la salud, o cargas familiares), etc.

Los debidos a las circunstancias de la pérdida: muerte violenta (asesinatos, torturas previas, gran sufrimiento real o imaginado por el/la doliente, desmembramiento o grave deterioro del cuerpo), suicidio (que es una muerte violenta pero que merece destacarse por sus peculiaridades), desaparición (incapacidad para encontrar el cadáver), muerte súbita, repentina o inesperada, aspectos pendientes aún no resueltos (juicios, sentencias, herencias), relaciones donde la naturaleza del vínculo predice un duelo fuertemente desautorizado, etc.

Los debidos a la relación entre la persona doliente y la fallecida: asuntos pendientes muy importantes (que generan mucho trauma), relación ambivalente o de dependencia, etc.

Por supuesto, a todo esto hay que añadir los debidos a características de la persona fallecida, entre los que destaca la muerte de niños/as.

Al margen de estas clasificaciones, que siempre serán incompletas e inexactas, no se debe confundir factores de riesgo de duelo complicado con motivos de desautorización del duelo o circunstancias que generarán trauma. Es evidente que estos tres grupos están íntimamente relacionados entre sí, pero no son absolutamente equivalentes, por lo que se deberá ser concreto y preciso al emplearlos. Por supuesto, hay que insistir en el hecho de que estamos hablando de riesgo, probabilidad, predictibilidad, etc. pero nunca de certeza o determinación (ni en duelo complicado, ni en trauma ni en desautorización del duelo).

A fin de cuentas, lo que importa es la experiencia única e indiscutible de la persona, no la etiqueta o prejuicio que el terapeuta le quiera adjudicar. Una vez más, debe ser la teoría la que se ajuste a la persona, no la persona la que deba encajar en un modelo teórico concreto.

Foto. Tacheles Haus, Laura Leal Martínez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s