Los aspectos culturales del duelo (II): el lenguaje

Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid). Foto. Felipe Gabaldón

El lenguaje es un vivo reflejo de las acotaciones socioculturales a la muerte y el duelo. No en vano, es el modo en que un grupo humano segmenta el mundo para poder nombrar cada uno de esos segmentos y comunicarse. El lenguaje pone de manifiesto cómo nuestro momento histórico y nuestro lugar condicionan nuestra vivencia privada y compartida de la pérdida.

Para empezar, hay que considerar las palabras que empleamos para referirnos al hecho de que una persona deja de vivir. Solo en español (y siguiendo las definiciones de la RAE) encontramos cinco términos al respecto: muerte, fallecimiento, defunción, deceso y óbito.

A ellas hay que añadir otras expresiones más o menos eufemísticas: desaparición, fin, faltar, perder, tránsito o trance. También algunas más coloquiales y vulgares: palmarla, estirar la pata, quedarse fiambre, quedarse tieso, pasar a mejor vida.

Por otro lado, igual que a menudo se confunde “duelo” con “tristeza”, otro error que se da con cierta frecuencia es confundir “duelo” con “luto”. Hagamos un paralelismo con los términos ingleses, por escoger un idioma no latino que, sin embargo, también diferencia entre estos tres conceptos. En inglés encontramos las palabras grief, bereavement y mourning. Como en español, aunque parezcan intercambiables, no lo son. La primera de ellas, grief, alude a la “aflicción”, es decir, a una emoción sinónimo de tristeza. La segunda, bereavement, expresa lo que en psicología llamamos “duelo”, es decir, el proceso psíquico, de carácter adaptativo, que sigue a la pérdida de algo o alguien significativo. La tercera, mourning, es lo que en español conocemos como “luto”: las manifestaciones culturales asociadas a la muerte de alguien (por ejemplo, en nuestra cultura, vestir de negro o poner una bandera a media asta). Sea en el idioma que sea, conviene ser exactos con el lenguaje y no confundir unas cosas con otras.

Al margen de la definición del término “duelo” que una y otra vez empleamos en este blog, cabe decir que la RAE nos aporta otra acepción de esa palabra que viene muy al caso de los aspectos socioculturales: “Reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio, o a los funerales”.

Las palabras y expresiones que empleamos para referirnos a la pérdida vienen marcadas por lo que en nuestra sociedad, en el momento actual, se considera aceptable o inaceptable. Importa tanto lo que decimos como lo que no decimos, pues muchas expresiones cumplen una función de ocultación, distanciamiento y minimización del hecho de la muerte. Una cosa es hablar de “morir” y otra es decir “nos ha dejado”, “cuando yo falte”, “falta desde hace X años”, “hemos perdido a…”, “se nos ha ido”. Estas expresiones no son 100% ocultadoras en sí mismas pues, si hablamos de “pérdida”, es normal que digamos “hemos perdido a Fulanito” en lugar de “Fulanito ha muerto” y todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, pasan a ser un mecanismo de evitación-negación propiamente dicho cuando sólo hablamos en estos términos y lo hacemos con la intención de sortear el impacto de la palabra “muerte”. No solo el individuo, sino también sociedades enteras se proveen de protecciones de este tipo, al coste de generar una desconexión del hecho de la pérdida.

También debemos prestar atención a los usos y costumbres lingüísticos que ponemos en marcha ante una muerte (por ejemplo, es paradigmático el pronunciar frases hechas como “te acompaño en el sentimiento” o ejecutar el ritual social compartido e institucionalizado de “dar el pésame”). De nuevo, es la palabra la que vehicula las costumbres compartidas y, mediante las etiquetas institucionalizadas, aporta una guía y una pauta, es decir, da estructura en los momentos relacionales y sociales de desestructuración (aquellos en los que hay un gran impacto, la gente duda de sus roles y necesita herramientas inmediatas para saber cómo relacionarse ante un acontecimiento doloroso).

Por último, no podemos olvidarnos de otro de los elementos lingüísticos por antonomasia en el ámbito de la muerte y el duelo: la esquela. Poner una esquela guarda un estilo muy característico en cada cultura y tiene la función social de comunicar un fallecimiento, a menudo de convocar al funeral y, en el caso de las esquelas religiosas, apelar a la conexión espiritual con los otros solicitando una “oración por el alma” del fallecido. Por otro lado, cuando se van reproduciendo periódicamente tiempo después de la muerte, las esquelas pasan a convertirse en un ritual en sí mismas.

El lenguaje, el medio a través del cual segmentamos el mundo para poder contárnoslo a nosotros mismos y entre nosotros, es inevitablemente el medio a través del cual segmentamos la pérdida para poder contárnosla.

Foto: Memorial del 11-M en la Estación de Atocha (Madrid), Felipe Gabaldón

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