El duelo desautorizado

"Stop" by Ulf Bodin

Los duelos desautorizados son aquellos que, por algún aspecto de la relación entre el doliente y lo que ha perdido, son deslegitimados por el entorno de esta persona o la sociedad en su conjunto, que le restan valor y “prohíben” sus manifestaciones. La persona en duelo deja, así, de recibir apoyo o reconocimiento por parte de los demás, lo que coarta el desarrollo “normal” de su proceso de duelo, al tener que vivirlo en mayor soledad.

En inglés se conoce a este tipo de duelos con el adjetivo de disenfranchised, que quiere decir “privado de voto o de derechos”. Se trata de un fenómeno que alude a la dimensión grupal, social y cultural del duelo: a la parte compartida, pública, esa parte de nosotros que es (o no) porque los demás la reconocen (o no). No olvidemos que no somos lobos esteparios sino que vivimos en sociedad, es decir, que nuestra conducta y nuestro mundo psíquico se hayan fuertemente condicionados por las pautas culturales que hemos aprendido y que nos vemos en la “obligación” de seguir.

Esta desautorización de la que hablamos opera a distintos niveles: puede ser más o menos sutil, más o menos explícita, más o menos compartida e, incluso, más o menos legal u oficial. A veces, por qué no, la desautorización tiene una parte más o menos autoimpuesta. Sutil es que a alguien que, en confianza, te dice que está triste porque X murió hace X tiempo le contestes: ¿todavía? Explícito es decirle a alguien que está triste por el final de una maravillosa relación de corta duración: “Venga, no es para tanto, que lo vuestro sólo era un ligue, ¿no?”. Compartido es que no solo tu familia, sino también tus amigos, conocidos, desconocidos, etc. opinan que como, al fin y al cabo, fuiste tú quien decidió abortar, no tienes por qué sentirte triste y echar de menos a ese hijo que no has tenido. Oficial es que, directamente, tu relación era ilegal y, por tanto, no ha existido y, por tanto, será mejor que te reserves para ti tu presunto dolor. Autoimpuesta es cuando uno mismo, por vergüenza o por anticipar la incomprensión y comentarios morbosos de los demás (es decir, por anticipar la “desautorización”) se inhibe de decir, por ejemplo, que su ser querido se ha suicidado.

En realidad, tarde o temprano, todos los duelos acaban siendo desautorizados en la medida en que los otros (y no uno mismo) “dan el alta” a la persona doliente porque consideran que ya ha pasado suficiente tiempo y ellos deciden cuándo ha llegado el momento de pasar página (sospechosamente, ese momento suele llegar mucho antes para los demás que para el doliente, es decir, suele llegar demasiado pronto: no damos tiempo a los demás, no respetamos su ritmo, su duelo es nuestro malestar y presionamos para que acabe).

Si nos paramos a pensar, duelos autorizados en realidad hay muy pocos pero potencialmente desautorizados hay muchos más. ¿Cuáles autorizamos? ¿Para qué nos damos permiso unos a otros y para qué no?

Enseguida pensamos que cuando se muere un hijo todo el mundo va a autorizar ese duelo, por la percepción tan extendida de que es “la peor” pérdida de todas. Pues ni siquiera esto es verdad. ¿Qué ocurre cuando alguien tiene un aborto espontáneo (o no) durante las primeras semanas de embarazo o se produce una muerte perinatal (al final del embarazo o justo poco después de nacer)? ¿Están autorizados estos duelos? No seamos ingenuos: muchos de ellos no lo están. De hecho, existe en el inconsciente colectivo la presunción de que un niño que no ha nacido no tiene el estatus de “hijo”, sino el de “niño/a que está en camino”, máxime cuando todavía es un feto de pocas semanas. Por lo tanto, si no tenías un hijo, no puedes haberlo perdido. Si has/habéis sufrido un aborto, o has/habéis decidido interrumpir un embarazo o has/habéis sufrido la muerte perinatal de vuestro hijo o del bebé que estabais esperando, es probable que de manera más o menos sutil, explícita o compartida hayáis recibido comentarios deslegitimadores de vuestro dolor por parte de vuestro entorno formal o informal.

También pensamos que cuando mueren los padres se producen duelos completamente autorizados. Qué menos, ¿no? ¡Un padre, una madre! ¿Quién se atrevería a desautorizar estos duelos? Pues ni siquiera esto es verdad. Cuando los padres que mueren son ancianos, la tendencia es a deslegitimar el dolor del doliente, bajo el presupuesto de que la muerte de personas ancianas es normal, natural y ley de vida. Se olvida, así, el derecho que cada uno tiene a su dolor y se obvian posibles factores de riesgo de duelo complicado que, incluso en las muertes más “naturales” pueden estar presentes.

También pensamos que, cuando mueren los hermanos, a todo el mundo se le autoriza un duelo adecuado, acorde a sus ritmos y a la relación que ha quedado interrumpida. Pues tampoco esto es siempre verdad. ¿Qué pasa cuando una persona de muy corta edad pierde a un hermano? Muy a menudo se le pierde de vista (se le desatiende) o bien se hacen las mil y una piruetas para distraerle, normalizar su vida y que actúe como si nada hubiera pasado. Ambos mecanismos son muy frecuentes cuando una familia tiene que afrontar el duelo de un niño y son una fuente muy poderosa de factores de riesgo de un duelo complicado. Por otro lado, ¿qué pasa cuando una persona adulta, o anciana, pierde a un hermano? Bueno, es un hermano, no es un hijo, no es un marido, ya eres mayor, total, con la cantidad de gente que se le ha muerto ya a esta persona tan mayor, pues es lo que hay

Uno de los grandes olvidados en el duelo, y concretamente en el duelo desautorizado, es el duelo de las personas adoptadas. Hay que tener en cuenta la tradicional tendencia que ha habido a presuponer que la persona adquiere una vida mejor en el momento de ser adoptada y todo son ganancias para ella, mientras que lo que deja atrás es solo un mal pasado que nadie echaría de menos. Presuponer que todo lo que la persona pierde en el momento de su adopción no tiene valor es una manera de desautorizar su duelo.

Y luego ya están los duelos oficial u oficiosamente desautorizados: cuando mueren los abuelos (no olvidemos que hay personas para quienes sus abuelos han sido los referentes principales, mucho más que los propios padres u otros parientes), cuando muere una mascota, cuando muere un amigo o amiga (es decir, alguien que no es de la familia), y el capítulo aparte de las relaciones de pareja. ¿Qué pasa cuando muere alguien de quien me divorcié, incluso cuando yo mismo decidí que nos divorciáramos? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja pero nuestra relación era oculta porque éramos amantes y nadie puede saber nada de mí ni yo puedo hacer, decir o decidir nada? ¿Qué pasa cuando muere mi pareja del mismo sexo, sobre todo cuando se trata de una relación oculta o en un contexto de no reconocimiento de derechos a nivel legal? ¿Qué pasa cuando me deja alguien con quien he tenido una relación muy corta –pero que para mí ha sido muy significativa– o muy discontinua y que, por tanto, nadie considera que fuera una relación “de verdad” o una relación “importante”?

En este blog hemos repetido en más de una ocasión que todos y todas tenemos derecho a nuestro dolor. Una sociedad acogedora, en cuyas relaciones priman la empatía, la solidaridad y la aceptación del misterio de aquello que no comprendemos del dolor del otro es una sociedad mejor, más sana e inclusiva.

Foto: “Stop” by Ulf Bodin

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