El duelo, un proceso complejo

"..." de Pollobarba

El duelo -expresión de una gran pérdida- siempre da la palabra a infinidad de pequeñas y medianas pérdidas, materiales e inmateriales, que acompañan a ese desgarro principal, a ese gran titular que describe la gran separación. Por eso el duelo es tan largo: son tantas cosas, es tanto el material que, para vivirlo (ordenarlo, tomar conciencia de él, descubrirlo, darle una y mil vueltas), hace falta mucho tiempo.

En foros especializados se dice, por ejemplo, que el duelo de las personas adoptadas es un duelo “multifacético” o “multifactorial”: incluye muchas pérdidas y de diverso orden. Y así es, sin duda. Pero, en realidad, ¿qué duelo no lo es? ¿En qué duelo (cada uno con su especificidad) no se pierden miles de momentos (pasados, presentes y futuros), posesiones, perspectivas, identidad, relación, lo que se toca y lo que no se toca, lo que se ve y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se sabe, tantas caras de una misma pérdida? ¿Qué duelo es compacto, único, plano? El duelo siempre es multifacético, por eso decimos que es complejo. Ninguna pérdida significativa es una sola: todas vienen acompañadas de una infinidad de versiones parciales, daños colaterales de los que la persona va tomando conciencia durante su proceso.

El duelo, cuando es verdaderamente intenso y responde a una pérdida muy significativa, pone “en cuestión” nuestra estructura de la personalidad, nuestro marco existencial, nuestras creencias (sobre cómo funciona el mundo, sobre quiénes somos nosotros y los demás), nuestros valores (aquello a lo que damos importancia en nuestra vida: nuestra particular “agenda política” de prioridades), nuestros principios (las grandes líneas de actuación sobre las que regimos nuestro día a día y nuestras relaciones y que se nutren, por supuesto, de esos valores y creencias), nuestra red relacional (tan importante para nuestra supervivencia: el apoyo, la empatía, la ayuda recibidas).

En definitiva, nuestros grandes duelos ponen a prueba nuestro ser y estar en el mundo. Eso no significa, aunque a veces lo parezca, que nos desintegremos por completo y se nos vaya la cabeza definitivamente: la mayoría de las personas tenemos suficientes recursos como para resistir el embate de una gran pérdida sin por ello caer en una desintegración total de nuestro psiquismo y nuestra vida (recordemos que, incluso cuando es intenso, un duelo no deja de ser un proceso normal por el que pasamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida desde que el mundo es mundo). Pero ese cuestionamiento global sí nos indica la multifactorialidad del duelo, su complejidad.

Podríamos decir que el duelo es como un árbol robusto, alto, frondoso, con un tronco enorme y rugoso del que salen largas y poderosas ramas y de estas, otras ramas más finas y de estas, otras ramas más finas aún. Y todas ellas están cubiertas de cientos de hojas que, tintineantes, van cambiando de color, van cayéndose o dando lugar a flores, dejando espacio para los nidos de los pájaros, los saltos de los pequeños animalillos, la luz por unos lados sí y otros no, la sombra espesa. El duelo no es una columna lisa, es un árbol. Y un árbol nunca es solo un árbol: es un espacio enmarañado que cobija a otros seres y todos sus movimientos.

Foto: “…”. Pollobarba

 

 

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