La mujer del vagón

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Madrid. Un día entre semana hacia las cuatro de la tarde. Una mujer de unos treinta y tantos años entra en el vagón del metro. Se sienta, cruza levemente los pies, que echa hacia atrás bajo el asiento, y se pierde a ratos tras la pantalla de su móvil, a ratos con la mirada en el cristal de enfrente, en silencio. Nada llama especialmente la atención en ella. Melena negra suelta sobre los hombros, americana blanca, camiseta de rayas, vaqueros ceñidos oscuros, bailarinas negras en los pies, cara de rasgos universales.

Al cabo del rato, por sorpresa, algo en ella empieza a llamar la atención. Sus ojos, ligeramente maquillados, comienzan a brillar. Poco después, ese brillo de sus ojos comienza a vibrar, hasta que una fina línea brillante empieza a caer desde ellos hacia abajo, surcando sus mejillas universales. El brillo, la vibración, la línea brillante son tan sutiles que hay que fijarse un poco primero para advertirlas y, después, otro poco para darse cuenta de lo que realmente son. La chica de unos treinta y tantos está llorando de una manera tan sutil, tan discreta, que parece mentira que la tristeza pueda estar envuelta de tanta templanza.

Pronto el brillo de sus ojos se hace más grueso, alimentando las líneas brillantes que descienden hasta su barbilla. La mujer parpadea, mira ahora hacia abajo, ahora otra vez a la ventanilla. Por un momento parece que la sutileza del principio va a convertirse en una tormenta, como si esta alegoría del silencio fuera a descomponerse en un mar de gestos y sollozos. Pero no. La mujer no se inmuta ni hace aspavientos, no se emborrona su cara de rasgos universales tocando sus lágrimas, sino que deja que vayan cayendo una a una por ese cauce recién abierto, con delicadeza y silencio, una tras otra, como si llorar fuera un acto tan presentable como respirar o sonreír.

Su cara está seria pero la cabeza está erguida: el vagón entero parece llenarse con la dignidad de esta mujer que llora sola, en silencio, parpadeando con un control tan profundo que ni una sola lágrima se derrama más allá del que parece que es su camino natural.

Tres, cuatro estaciones más allá, se levanta. Por fin pasa –en un gesto rápido y hábil que más parece una caricia que una corrección- una mano larga, blanca, por su cara universal y de líneas brillantes. Hace un leve gesto con la cabeza, como si quisiera que su melena negra se recolocara sobre los hombros en su lugar exacto. Da un par de pasos hacia la puerta, parpadeando despacio. Poco después de que el vagón se detenga, levanta con firmeza la pequeña palanca para que las puertas se abran.

La mujer sale al andén, camina hacia la derecha, alta, elegante, acorazada dentro de su americana blanca de entretiempo y sus vaqueros ceñidos. Las puertas del vagón se cierran, precedidas del silbato. El metro arranca, dejándola dentro de sus pasos allá, más allá, en mitad de la estación, que queda suspendida durante unos segundos en un fragante aroma entre compungido e impresionado.

Foto. Metro 4, Magdalena Roeseler.

La seguridad, en lo importante

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Muchas compañías aseguradoras -algunas de ellas importantísimas empresas de nuestro país- están especializadas en gestionar seguros médicos y seguros de vida, entre otros, como no podía ser de otra manera. Si hay algo en lo que toda persona quiere estar segura es en lo importante. Queremos que nos atiendan bien, en lo que más nos importa y que, además, sea fácil acceder a ello. En definitiva, cuando sentimos dolor, cuando se nos rompe algo, no queremos más problemas: queremos cuidados y soluciones.

No entraremos aquí en un debate sobre lo público o lo privado, sobre la gestión de la sanidad o sobre la utilidad o la “cara b” de este tipo de empresas y servicios. Esta manera de funcionar existe y, si se encarga de temas importantes, tiene que esforzarse por mejorar. No debemos olvidar que la seguridad es una necesidad básica que encuentra sus cauces de satisfacción a través del intercambio, la presencia y la cercanía, por lo que los servicios destinados a ofrecerla tienen que ir evolucionando con el tiempo. En el fondo, lo que estas compañías están gestionando es el cuidado de cada persona por sí misma y, a su manera, el cuidado de unas personas por las otras.

Mutua Madrileña y Adeslas comparten itinerario a través de La Caixa, indicándonos en el apartado decesos que “La vida tiene momentos maravillosos que queremos que disfrutes, y momentos duros en los que queremos que no te ocupes de nada”, a lo que añaden, con alguna variación, “Todos los trámites, gestión, servicios y toda la ayuda que necesites en estos duros momentos, la encontrarás en el Seguro Todo Previsto”. Allianz, por su parte, nos exhorta: “Cuida tu calidad de vida, cuida tu salud”. Además, “En DKV nos gusta cuidar tu salud… y también la de tu familia”. Todas estas frases y eslóganes están bien formulados, aunque solo sea en términos publicitarios, ya que apuntan a lo que más preocupa a cualquier ser humano, lo admita o no: primero su salud y, segundo, pero relacionado con ella, su dolor.

Me consta que los profesionales de la psicología ya se están introduciendo en este tipo de compañías y que alguna, incluso, ha hecho algún pinito de interés en cuanto al tema del duelo. Que las grandes, medianas y pequeñas aseguradoras tengan en cuenta estos perfiles obedece a su objetivo de ofrecer un servicio más completo a sus clientes, un servicio no solo basado en trámites o medicinas, sino estructurado en torno a una visión integral de la pérdida. Tiene mucho sentido que unas y otras empresas lo hagan pero, centrándonos sobre todo en aquellas con mayor capacidad de acción y experiencia, asalta la pregunta: ¿conocen de verdad las grandes aseguradoras la importancia de la atención al duelo cuando diseñan sus planes de acción y sus carteras de servicios? Y, si la conocen, ¿a qué están esperando para completar su trabajo con una atención a la pérdida y el duelo que está íntimamente ligada a la labor que ya desempeñan y que debe ir más allá de acciones puntuales o tímidas?

Cuidar la salud, cuidar la calidad de vida, proporcionar lo que se necesita en los momentos más duros pasa de manera indiscutible por dar a conocer, ofrecer y proporcionar a las personas que lo necesiten una atención psicológica en duelo especializada y cualificada.

Foto. Hinc Sanitas Edinburgh, Roel Wijnants

Las fuentes de la esperanza

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La vida a veces puede ser muy árida. Malas noticias, malas épocas, malos augurios o malos recuerdos nos salen al paso de manera a veces excesiva y siempre inoportuna. Cuando aparecen –y pueden hacerlo en el momento que menos esperamos, cuando mejor estamos o cuando ya habíamos empezado a encontrarnos bien- cuesta no solo encontrar el rumbo, sino también disfrutarlo. Faltan el sentido y la alegría y los nubarrones pueden llegar a generarnos mucha angustia.

En los momentos de desaliento, de desesperanza, cuando todo se ha complicado o ha vuelto a complicarse, cuando el bienestar que tanto nos había costado tejer se emborrona, se hace más urgente que nunca volver a las fuentes de inspiración: esas personas y actividades que nos refrescan y nos hacen descansar de nuestras heridas, aunque sea momentáneamente.

A veces no basta con recordar que el dolor pasará, a veces no basta con nuestra intuición proyectada hacia el futuro. Lo queramos o no, una realidad cotidiana que no deseamos se impone y toca estar en el dolor… a la espera de reencontrar una fuente que lo mitigue.

En esos momentos donde queremos que se abra el cielo celebramos lo poco o mucho que consigue hacerlo. El anhelo de esperanza se hace fuerte en nuestro corazón y, aun sin saberlo, parece orientar nuestros sentidos hasta encontrarla. El ser humano está programado no solo para separarse del dolor rehuyéndolo, sino también para mitigarlo provocando o buscando en la medida de sus posibilidades las circunstancias que lo compensen. Las fuentes que nos proporcionan luz, que nos inspiran y nos recuerdan incansablemente la belleza de la vida son necesarias en cualquier momento pero disponer de ellas, tenerlas cerca, saber discernir el camino que nos las devuelve es imprescindible cuando la soledad se convierte en desolación.

Puede ser escuchar a alguien en quien confiamos o que nos recuerda aquello para lo que nos estamos esforzando, o bien disfrutar de una actividad relajante que pueda aliviar nuestra agitación interior. A veces es solo reposar y esperar a que escampe adoptando una postura en la que lo que duele, duela menos.

Saber regresar a las fuentes de descanso o encontrarlas a nuestro paso es un don de ineludible entrenamiento y es, en sí misma, una habilidad de autocompasión: saber cuidar de uno mismo no solo porque sí, que ya es un buen motivo, sino porque cuando estamos mal lo merecemos más que nunca. Esto es lo que distingue el capricho del mimo, el autocuidado simpático del bálsamo solidario con uno mismo.

Foto. Pra lavar a alma e refrescar a cuca, Tiago Munch

Saber parar

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Nos hemos acostumbrado a un modo de vida frenético, estructurado en torno a la productividad, la rapidez y la inmediatez. Esto, combinado con una buena salud, nos hace funcionar cotidianamente con una ilusión de invulnerabilidad, es decir, movidos por la creencia de ser omnipotentes y tener una fortaleza física y anímica enormemente flexible.

Sin embargo, no somos omnipotentes: somos biología finita y corruptible. Esto, antes que la muerte, nos lo enseña la enfermedad. La enfermedad nos obliga a parar: es contraria a la productividad óptima, a la rapidez y a la inmediatez. Nos exige otro ritmo.

No hablo necesariamente de enfermedades graves, que ponen en tela de juicio nuestra supervivencia y nuestra funcionalidad, incapacitándonos para prácticamente todo aquello que no consista en estar en la cama. Romperse una pierna, coger una gripe, tener que someterse a una intervención quirúrgica más o menos aparatosa, pueden suponer también “grandes” experiencias de detención en las que nuestra fragilidad se manifiesta con una claridad irritante. ¿Qué mensaje nos llega de estas situaciones?

Las pequeñas y grandes experiencias de detención ponen a prueba nuestro ritmo frenético y poco ajustado al riesgo real de ruptura que caracteriza a la vida: cuestionan nuestra manera voraz de funcionar (más orientada al poseer y al hacer que al ser). A veces, estas experiencias de detención nos sobrevienen sin previo aviso y justo en el momento en que más ocupados estamos, más cosas tenemos que hacer, más compromisos tenemos que atender. Es bueno que nos demos cuenta de que la pérdida de la salud (aunque sea momentánea y sin graves consecuencias) es una pérdida importante y nos reclama su lugar.

Al principio nos resistimos, hacemos grandes esfuerzos por minimizarla (si podemos, continuamos trabajando con el mismo ritmo). Luego, la detención se va haciendo cada vez más y más inexcusable y no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que hay que parar. Nos desesperamos, porque una voz en nuestro interior, entre angustiada y cabreada, quizá la voz de la responsabilidad, nos martillea insistentemente con un lamento: “¡No puedo parar, tengo tantas cosas que hacer!”. Intentamos reorganizarnos mientras admitimos que ese gripazo, esa apendicitis, ese brazo roto, requieren de nosotros una nueva manera de estar y una mirada profunda (y crítica) a nuestra manera de funcionar. Entonces vivimos detenidos por un tiempo, reposando más o menos a regañadientes y encontrándonos más o menos mal, conviviendo con ese vacío de actividad, ese silencio de acción al que no estamos acostumbrados y del que se nos fuerza a huir.

Poco a poco (a veces de una manera demasiado progresiva para nuestro gusto), va llegando la recuperación y retomamos nuestra actividad. Por el camino hemos encontrado dolor físico, preocupación por nuestras múltiples responsabilidades desatendidas, deseablemente el cariño y la atención de algunas personas que, solícitas, se han encargado de cuidarnos o de interesarse por nuestro estado. Quizá no hemos extraído ningún aprendizaje de ello y tampoco pasa nada (limitarse a vivir plenamente la experiencia de detención, el parar, aunque sea refunfuñando, también está bien). Lo importante es, al menos, ser conscientes del contraste y de la importancia del saber funcionar a diferentes ritmos. Al fin y al cabo, lo queramos o no, vamos a seguir parando una y otra vez hasta el final.

Foto. Go through it, José Manuel Ríos Valiente.

¿Cuántos colores tiene la pérdida?

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En este blog hemos insistido varias veces en la necesidad ampliar la idea de pérdida para poder entender el concepto de duelo. Realizar este ejercicio, enriquecerlo, es el primer paso para acompañar y acompañarnos en esos momentos.

A menudo, cuando hablamos de pérdida o duelo, imaginamos una situación concreta en que la persona ha perdido (hace mucho o poco tiempo) un bien, una relación, un “objeto” determinado que tanto él como los demás pueden delimitar y observar, identificando claramente el tronco de la pérdida, aunque después haya que tener en cuenta sus múltiples ramificaciones.

Sin embargo, en otras ocasiones, se hace obligatorio incluir en la idea de pérdida todas esas situaciones más abstractas, a menudo vinculadas a periodos fluidos de la vida que no se sabe bien cuándo empiezan o cuándo acaban pero que son fuente de pérdidas incalculables.

Pensemos, por ejemplo, en la vejez. Es una época de la vida que concluye con la muerte pero cuyo inicio cuesta identificar y conlleva por sí misma muchas pérdidas no concretas (al menos en su nombre): salud, presencia social, vulnerabilidad económica, soledad, miedo a un futuro que nadie conoce y un presente desconcertante… ¿Cómo debe ser estar al final, después de haber vivido tanto?

Pensemos en la pérdida “múltiple” de los niños y niñas que son adoptados -ya sea por las llamadas vías nacional o internacional- y que han perdido su contexto de origen: su familia, su hogar, su nacionalidad, su idioma, su nombre… Observemos a todos esos niños que han llegado a nuestro país desde puntos muy lejanos del planeta para ser protegidos y a aquellos que, habiendo nacido aquí, tienen que cambiar drásticamente de cuidadores por una medida judicial. Observemos también a esos adolescentes, jóvenes y adultos en los que se van convirtiendo con el paso de los años y planteémonos: ¿cómo debe ser estar dividido, sentir que una parte de quien eres viene de un “fuera” borroso o incierto?

Hablando de la separación y los orígenes, ¿qué ocurre con una persona inmigrante o alguien que vive en el exilio? ¿Cuántos colores tiene la pérdida de tu país? El desarraigo, la fragmentación entre la persona y su entorno, la vivencia de una brecha entre tu espacio actual y tu lugar de referencia describen una enorme pérdida en multitud de personas que pasa muchas veces desapercibida… Miremos a nuestro alrededor, a tantas personas que viven estas circunstancias de manera por razones muy diversas y planteémonos: ¿cómo es sentirse lejos?

Por último, parémonos a pensar en una persona homosexual. Es alguien que se ha criado (con suerte) en silencio, en un entorno sin referentes, con amenazas insidiosas de exclusión y mensajes explícitos de inadecuación. Eso si no viviendo situaciones de violencia, rechazo y falta de apoyo y aceptación por parte de las diferentes capas de su entorno a edades muy tempranas y comprometedoras para la formación de una identidad sólida y personalidad sana. Hagámonos una pregunta (o varias): ¿cómo es crecer sin tener claro qué otro tienes que ser?

Plantearse estas preguntas, además de un medio para ejercitar nuestra consideración amplia y diversa de la pérdida y el duelo, es sembrar semillas de compasión.

Foto. Colour: the spice of life, Peggy Reimchen

La muerte sigue siendo escandalosa

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El pasado 9 de febrero la agencia de noticias Europa Press dio a conocer a través de su página de Facebook un artículo publicado en Infosalus.com con el titular Describen en pacientes con cáncer avanzado los signos clínicos antes de fallecer. Dicho artículo informaba de un estudio publicado en Cancer, revista revisada por la Sociedad Americana del Cáncer, que revelaba hasta “ocho signos físicos muy específicos que, si están presentes, sugieren fuertemente que un paciente va a morir dentro de tres días”. ¿No es increíble? ¿No te parece útil, curioso, interesante? ¿No te parece un gran avance en el conocimiento del hecho físico de la muerte, probablemente el hecho más inherente a todo ser viviente junto con el nacimiento? Pues lo sorprendente para mí fue descubrir que a mucha gente la noticia le pareció una aberración.

La muerte –como el nacimiento- es, desde hace algunas décadas, un acontecimiento férreamente medicalizado en las sociedades con gran desarrollo técnico y científico. No profundizaremos ahora en ello (aunque conviene apuntar que dicha medicalización ha contribuido a alimentar una ilusión de inmortalidad en gran parte de la población, una ilusión de omnipotencia en la profesión médica y, de ahí, un furioso rechazo y negación de todo lo que tenga que ver con la realidad inexorable de que, antes o después, la muerte biológica siempre va a vencer a la vida biológica).

Parecería, en cualquier caso, evidente, que esa medicalización quisiera generar un conocimiento profundo, técnico (objetivo, si se quiere) de las características y parámetros del hecho físico-químico de morir. De ahí que se pongan en marcha estudios como el publicado en la revista Cancer.

Recuerdo la primera formación que recibí sobre acompañamiento y relación de ayuda a “pacientes terminales” (entonces aún se llamaban así), hace aproximadamente diez años. Entre otras cosas, además de explicarnos cómo se cuida de una persona gravemente enferma, nos explicaron algunos signos físicos que indicaban que la muerte está muy próxima. El ejemplo más típico son los estertores (esa forma peculiar de respirar que tiene la persona justo antes de expirar). Conocer y saber reconocer este tipo de signos es necesario y conveniente cuando se cuida de alguien al que le queda poco tiempo de vida, para no ponerse nervioso y confundirlos con empeoramiento, caer presa del pánico y proporcionar una ayuda más deficiente de lo que seríamos capaces.

Los autores del estudio comentaban que, gracias a sus hallazgos, “vamos a poder ayudar a médicos, enfermeras y familias a reconocer mejor el proceso de la muerte y, a su vez, ofrecer una mejor atención a los pacientes en los últimos días de vida”. De hecho, en el artículo de Infosalus.com se expresaba que “Saber si el paciente va a morir inminentemente también puede resultar relevante para que los cuidadores familiares tomen muchas decisiones personales, como si el paciente quiere pasar la noche en el hospital o si un hijo aún tiene tiempo para viajar a ver a su padre”.

Pues bien, a la publicación de la noticia en Facebook por parte de Europa Press siguió un alud de comentarios escandalizados con el hecho de que se hablara de tal tema y mucho más con que lo hiciera un medio de supuesto prestigio. Unas cuantas personas dijeron que aquello era una vergüenza, algo asqueroso, desagradable “para empezar un lunes”, morboso, utilitarista; había personas que, agraviadas, pensaban dejar de informarse “desde ya” a través de Europa Press; afirmaban que la noticia no aportaba nada nuevo a la comunidad médica y que bastante tenían los enfermos con soportar su enfermad como para leer este tipo de noticias “tontas” e “insensibles”; había personas heridas en sus sentimientos, que acusaban a la publicación de frivolizar (!) con un tema tan duro, personas que creían que ese tipo de información es innecesaria (!) o que encontraban la noticia “de mal gusto” y poco empática… Y así uno tras otro, docenas de comentarios ofendidos y llenos de indignación.

Pensé inmediatamente en la doctora Elisabeth Kübler-Ross. Esta psiquiatra comenzó a prestar atención a los pacientes al final de vida y a conocer, gracias a ellos, las características de la muerte, acercándose a sus camas de hospital y conversando con ellos. Pensé en el tremendo escándalo que su trabajo generó a principios de los años 60, fruto de una mentalidad absolutamente horrorizada ante el hecho de que alguien, una doctora hecha y derecha, pareciera decirle a la cara a la sociedad: “Nadie lo quiere, veo todo el dolor que te supone, no me extraña que esto te deprima o te enfade… pero, te pongas como te pongas, te vas a morir como todo el mundo y ni toda tu evitación ni toda tu negación (legítimas y necesarias, a pesar de su coste, incluso cuando las expresas a patadas) van a cambiar eso. Probemos a conocer aquello que tememos, por si puede ayudarnos a soportarlo mejor”.

Nunca pensé que tendría que ver, en el año 2015, exactamente las mismas reacciones furibundas que hace cincuenta años. Eso no significa que no las entienda. Claro que las entiendo: nadie quiere morir, nadie quiere que su ser querido se muera, nadie quiere verse en esa situación en la que te puede ser útil saber en qué consiste morirse para que puedas vivir con mayor conciencia y serenidad tu propia muerte o la de que aquella persona a la que quieres. Pienso en qué duro debe haber sido para todas esas personas que han pasado o están pasando por una enfermedad mortal o que han visto a alguien querido fallecer por una enfermedad el haber leído un artículo como este justo cuando lo que necesitaban habría sido lo contrario. ¡Cuánto sentido tiene patalear, tirar de los pelos a aquel que te explica lo que no necesitas!

Me quedo con lo interesante que es tomarle el pulso a una parte de la sociedad a la que uno pertenece en cuanto a su tolerancia a hablar sobre la muerte. También me quedo con la lección que incluye: ser siempre cuidadosos con lo que decimos y escribimos (hay gente a la que le resulta intolerable que se quiera conocer y divulgar en qué consiste la muerte y estamos obligados a respetarlo) y ser cuidadosos con lo que leemos, con lo que nos dejamos ver o nos permitimos escuchar, con lo que buscamos (no sea que lo encontremos). Cuidarnos unos a otros es recordar que detrás del dolor expresado, quizá, hay otro dolor que está oculto, además de un tesoro por respetar.

Foto. Hospital, Jing

Gotas de trauma

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A veces, muy a menudo, el entorno fracasa desde el primer momento -o acaba fracasando con el tiempo- en su tarea de dar apoyo a la persona en duelo. Esto puede obedecer a diversos motivos: el cansancio (la gente se cansa de atender el dolor pasado un cierto tiempo), la ignorancia (cree que no es necesario dar apoyo), la desidia (sabe que es necesario dar apoyo pero no encuentra el momento de darle prioridad) o la incompetencia (quiere dar apoyo pero no sabe cómo hacerlo y lo hace mal, es decir, de manera poco empática).

Otras veces, es la pura incapacidad la que hace que uno fracase en su tarea de proporcionar apoyo a la persona que sufre: puede que yo mismo también esté en duelo y no pueda atenderte (quiera o no). Puede, incluso, que las circunstancias nos impidan a ti recibir ese apoyo y a mí dártelo.

Con motivo de la llamada “crisis del ébola”, que atemorizó a muchos países en el verano y otoño de 2014, El País publicó un emocionante artículo sobre este último supuesto, en el que se narraba la terrible historia de una mujer que no pudo recibir el apoyo de su entorno justo cuando lo hubiera necesitado. Louise recibe la noticia de la muerte de su prometido y padre de su hijo, víctima del ébola. Además, tiene que ser aislada y puesta en cuarentena hasta que se descarte que ella misma también padece la enfermedad. Es decir: el momento de la comunicación de la noticia ¡y las semanas posteriores! tienen que hacerse “a distancia”, sin tocar, sin abrazar, sin comunicarse de manera in-mediata con el entorno familiar y social cercano, en los que recaería la tarea de acompañar y sostener en ese momento terrible. Además, con la incertidumbre de si tienes o no el mismo virus que acaba de matar a tu pareja.

Aquí, esta vez de manera involuntaria, también se está produciendo un fracaso del entorno, generándose lo que llamamos “trauma acumulativo” (pérdidas secundarias -en este caso la pérdida de apoyo social- que se añaden a la pérdida principal durante el tiempo posterior y van acumulándose en capas, a veces de manera sutil o insidiosa, cayendo sobre la persona en duelo como una gota malaya). Este trauma acumulativo y acumulado, sin duda, se convierte en un factor de riesgo de complicación en el proceso de duelo, como seguramente habrá sucedido en el caso de Louise.

A veces es muy difícil estar al lado de alguien que sufre (acompañarle en la medida exacta en que necesita). A veces es muy difícil pedir ayuda. A veces, entre unas cosas y otras, la casa del apoyo se queda sin barrer y el camino del duelo se vuelve más áspero de lo que ya es. No importa. Bueno, sí que importa, pero también importa que somos humanos, no ángeles. Otra cosa que importa es que aprendamos a apoyarnos en quienes tenemos cerca y son de nuestra confianza. Y a no despistarnos, a aguzar el ojo, el oído y la palabra: puede que a nuestro lado, de manera desapercibida, en silencio, haya una persona que no está recibiendo lo que necesita en su duelo.

Foto. La gota, Leonardo Dell’Aquila

Lo que debí decirle a mi mente

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Una vez tuve un paciente con el que me equivoqué. En aquel entonces yo trabajaba como facilitador voluntario de grupos de ayuda mutua, en los que es necesario realizar previamente una entrevista de acogida individual para valorar si la persona puede incorporarse a ellos. Había quedado con un chico de poco más de veinte años que había perdido a alguien muy importante para él. Lo primero que pensé fue: ¿Varón?, ¿joven?, ¿duelo?, tendremos una conversación de lo más cognitiva (yo aún no utilizaba estas palabras pero el mensaje es el mismo). Le doy un cuarto de hora.

Me equivoqué. Nada más sentarse, aquel chico empezó a llorar y no dejó de hacerlo prácticamente en todo el rato que estuvimos juntos en aquel pequeño despacho. Su dolor, su rabia, su impotencia, su incapacidad para poner palabras a la tormenta que lo hacía sufrir de dentro afuera, ¡todo estaba tan presente, tan delante de mí! Estuve una hora presenciando cómo aquel joven en duelo compartía su experiencia con un desconocido (yo) de la única manera que en aquel momento podía hacer. Fue una entrevista de acogida maravillosa e interesantísima para mí y espero en mi corazón (nunca más volví a verle) que para él supusiera algún bien o, al menos, no supusiera un mal mayor.

¿Cuál fue mi error? Prejuzgar al paciente. No centrarme en el momento presente sino dejarme llevar ingenuamente por mis presuposiciones y mis juicios. No acudir a la entrevista de acogida (a la sesión de encuentro profundo y humano que es cualquier sesión terapéutica) con “mente de principiante”, plenamente dispuesto a descubrir a la persona que tendría delante, tal cual es, aceptándola más allá de lo que uno cree que hacen los hombres, las mujeres, los jóvenes, los viejos.

Mi error fue no tomarme un segundo para prestar atención y decirle a mi mente: guarda silencio, no es a lo que ya sabes a lo que debes aferrarte, contempla tu incertidumbre y acepta a ese chico.

Foto. Hombre en las rocas, Gustavo Miranda

¿Dónde están los hombres?

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Muchos de los profesionales y voluntarios que atendemos a personas en duelo, ya sea en consultas privadas o asociaciones, nos hemos hecho alguna vez esta pregunta. Ello se debe a que, indefectiblemente, los grupos a los que atendemos, nuestras consultas, así como los cursos en los que nos formamos, están ocupados en una medida muy significativa por mujeres, siendo la presencia masculina más bien una excepción, cuando no pura ausencia. De aquí la curiosidad (¿dónde están los hombres?) y también la inquietud: ¿por qué las mujeres acuden más a terapia?

A estas le siguen otro tipo de dudas, siempre en busca de una explicación. ¿Tienen las mujeres un peor pronóstico en duelo y por eso acuden más a terapia? ¿Lo que caracteriza a las mujeres es su tendencia a hablar y compartir -también en el duelo- y por eso los GAM están llenos de mujeres?

Habrá quien dirá: Ellas son más frágiles, necesitan más ayuda, por eso acuden a terapia. Los hombres, como son más fuertes y prácticos, en seguida se reorganizan, miran hacia delante. Otros dirán, en cambio: Ellas son más sensibles, se responsabilizan más de su pérdida, les encanta compartir. Ellos huyen del dolor y se refugian en la evitación, por eso casi nunca acuden a terapia.

Pero siempre, también cuando repasamos las estadísticas de salud mental que informan de incidencias y prevalencias, frecuencias, tratamientos, abandonos… vuelve a aparecer la pregunta, al menos en lo que se refiere a la elaboración de la pérdida:

¿Dónde están los hombres?

Dicho de otra manera, ¿qué están haciendo los hombres en duelo mientras sus madres, esposas, hermanas, amigas, hijas acuden a la consulta de un psicólogo o a un grupo de ayuda mutua? ¿Están desatendidos? ¿Evolucionarán peor? Detrás de estas cuestiones se esconde otra mucho más insidiosa pero que no debe pasarnos desapercibida entre la palabrería sobre hombres y mujeres: ¿es acudir a terapia de duelo la mejor estrategia de afrontamiento de un duelo?

Los hombres son diferentes a nosotras, ellos van más a su bola, no les gusta compartir, no se les da bien hablar de sus sentimientos. Estos son comentarios reales que he escuchado en sesiones de grupo a mujeres en duelo. Pero, ¿son los hombres tan diferentes a las mujeres? En algunas cosas sí, por supuesto. En otras (las importantes) me temo que no tanto como a muchos y muchas les gustaría defender. Detrás de algunos comentarios, sin duda fruto de la escasa reflexión, lo que hay es un gran prejuicio: los hombres son diferentes a nosotras (son peores); ellos van más a su bola (nosotras nos ocupamos más de las cosas, de nosotras, de los demás); no se les da bien compartir sus sentimientos (en cambio, aquí estamos nosotras, exponiendo y compartiendo semana tras semana nuestro mar de lágrimas).

Por eso es tan importante entender que en el duelo hay diferentes estilos de afrontamiento y diferentes necesidades en cada momento del proceso. Además, deberíamos dar gracias porque, cuando algo terrible sucede, cuando alguien querido muere, cuando las familias, los grupos a los que pertenecemos, se desestabilizan por una pérdida importante, haya alguien que se mantiene firme en los primeros momentos, días, semanas, que no se derrumba, que no llora desconsoladamente [una conducta maravillosa y sanísima, pero muy difícil de combinar con tareas prácticas o que exijan concentración], alguien que mantiene la serenidad y la frialdad y es capaz de organizar, tomar decisiones, sostener a los que sí se han derrumbado… Deberíamos dar gracias a todos esos hombres.

Y a todas esas mujeres. Porque lo que se olvida es que muchas veces, ¡muchas! son ellas las que adoptan esa postura que critican más o menos veladamente. De acuerdo: han pedido ayuda, están sentadas en las butacas de nuestras consultas, o camufladas entre sus compañeras del grupo de ayuda mutua, pero eso no significa que todas estén llorando o que lo hagan siempre, que tengan una gran conexión con sus sentimientos, que sean capaces de identificarlos y dejárselos sentir, que les guste hablar de ellos y lo hagan con profusión…

Hay tantas mujeres que se comportan en sus duelos de la manera tradicionalmente atribuida a los hombres… Y viceversa. ¡Y es perfecto tal como es! ¿Acaso no tener delante a diez señores en duelo exponiendo su experiencia quiere decir que ellos no están elaborándola adecuadamente a su manera, que no están hablando de ello, compartiéndolo con sus personas de confianza o sintiéndolo en soledad? Los habrá que no, naturalmente, pero cuántos habrá que sí, aunque las estadísticas no lo recojan.

Hablar, llorar sin parar, volver una y otra vez sobre los mismos temas, dejarse embargar por el dolor y hacer todo esto fácilmente con cualquier persona o delante de muchas, son estrategias de afrontamiento tan legítimas como callar, no llorar, reservarse, compartir solo de vez en cuando y con ciertas personas escogidas, orientarse a la acción. Ninguna de ellas es mejor ni peor que otras, ninguna de ellas indica por sí misma una elaboración sana del duelo. Dependerá siempre de la intensidad, duración y frecuencia con que se lleven a cabo y, sobre todo al hablar de duelo, de su función y del momento del proceso en que se produzcan. Y lo más importante: tanto hombres como mujeres utilizan –en mayor o menor medida- cualquiera de esas estrategias.

Foto: Men at church, Tojosan